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Antaño y hogaño. (VI). 9. Período de la juventud

Tres foramontanos en Valladolid 01 Abr 2018 - 07:29 CET
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Por Carlos de Bustamante

( La Institución de la Eucaristía. Tabla de Paolo di Dono Uccello)

Aunque excepto en épocas de vacaciones o permisos -denominados así en la milicia-, el joven cadete que permanecía nueve meses largos en una u otra Academia, también hubo cambios en él de comportamiento afectos y actividades en los veranos, Navidades o Semana Santa en la Dehesa o en la capital donde, repito, no por casualidad pasa el Pisuerga.

Comentado largo y tendido en este mismo blog años ha las peripecias del joven en lo que hoy es novela –Baoanerges (Hijos del Trueno)- pasaré de puntillas sobre ello por conocido únicamente supongo de algunos amigos lectores. Sólo indicar un detalle que, por considerarlo importante, me pete recordar y dar a la tecla por nuevo. Sabida la atracción por el campo, la naturaleza, la caza y el medio más apropiado para ella, sintió por vez primera, o al menos con nueva visión transcendente, el misterioso secreto que vio en montes, páramos, fuentes, río, riberas… No sé con certeza si fue en aquella época cuando nuestro joven vivió lo que con maestría proverbial dijo al respecto el poeta Bartolomé Llorens, porque a ciertas edades se confunde a veces lo pasado con el presente: “Dejó mi amor la orilla/ y en la corriente canta/mas no volvió a la ribera/que su amor era el agua//. Hasta vivir inmerso en este período, simplemente usaba de lo que era su afición y despensa de las piezas con las que competía en el combate singular de la caza y pesca. Más aquélla que ésta.

En plena euforia de juventud desbordante, hubo ocasiones buscadas y encontradas, para haciendo un alto en actividades frenéticas, ensimismarse en la contemplación de tanta belleza. La que le llevó de la mano a amarla. Amor, que por vez primera tuvo un protagonista sin par: el Creador de ella. ¿Sería presuntuoso que fue allí donde Le encontró? Pues sea como fuere fue así como sucedió.

Posiblemente algo de “culpa” pudieron tener las charlas escuchadas con gusto creciente en el Colegio Mayor Miraflores de Zaragoza. El que además de estudio intenso, el director espiritual u otros miembros del Opus Dei que conoció allí, las impartían como medio extraordinario de formación humana y cristiana. Más tarde y en la misma línea de éstas tuvo el privilegio de escuchar de viva voz, palabras del fundador de la Obra que se le quedaron tan grabadas, que aún las puede recordar textuales y que no me resisto a transmitírselas luego, porque como el joven dijo y lo confirmo, no tienen desperdicio.

Nada de extraño que el nuevo e importante donde les haya Amor, tuviera repercusión inmediata en el valor y virtud inmensos de la “justicia”. Porque si la belleza del medio le proporcionaba afectos e inspiraciones de suma importancia, de justicia era, y fue, que nuestro protagonista sintiera la muy grata obligación, por justicia, de cuidarla sin maltrato alguno. Al mismo tiempo surgieron en sus adentros ansias fortísimas de cultivarla en servicio de los que de alguna forma dependían del fruto y del trabajo en la naturaleza que tantas satisfacciones le proporcionaban. Si bien no por necesidad como ya saben, sino por afición tan costosa de mantener como la caza, trabajó en todos los oficios y esfuerzos que los cultivos requieren.

Creo haber leído en el libro de los libros como para el cristiano es la Biblia, que, sin queriendo, el hombre recién creado cumplió así el mandato divino, que no castigo, de trabajar y custodiar (cuidar) la tierra. Sólo la metedura de pata de nuestro padre Adán que cayó junto a su mujer Eva -por orgullo, mal asunto, digo, éste de la soberbia- de querer ser como dioses, nos legó en el trabajo la mala herencia “con el sudor de tu frente”. Y ¡Vaya que si recibió tan penoso legado! Aró la tierra con yuntas, pares o tractores; sembró, escardó y fumigó con insecticidas las plantas en los diversos cultivos; de regadío la Dehesa, también hizo lo propio como uno más de los avezados regadores; extrajo agolpe de azadón o pico patatas y remolachas. Y fruto de la formación recibida en casa y en Miraflores, amó la tierra donde dejó amores y sudores. ¡Qué bien cuadran aquí y desde entonces las bellas palabras versificadas del poeta y santo Juan de la Cruz dirigidas a la “Esposa”! (quien lea entienda): “Mi amado, las montañas/,los valles solitarios nemorosos/,las ínsulas extrañas/,los ríos sonorosos/,el silbo de los aires amorosos/la noche sosegada/,en par de los levantes de la aurora/,la música callada/,la soledad sonora/,la cena que recrea y enamora”/…

Y cómo no, las palabras que entendió divinamente en Miraflores de Zaragoza y que tuvo después el privilegio, como queda dicho, de escucharlas de viva voz del “santo de lo ordinario” en el campus de la Universidad de Navarra tras la lectura del Evangelio de la Santa Misa:

“Considerar unos instantes el hecho que acabo de mencionar. Celebramos la Sagrada Eucaristía, el sacrificio sacramental del Cuerpo y de la Sangre del Señor, ese misterio de fe que anuda en sí todos los misterios del Cristianismo…

Esta verdad tan consoladora y profunda, esta significación escatológica de la Eucaristía, como suelen denominarla los teólogos, podría, sin embargo, ser malentendida: lo ha sido siempre que se ha querido presentar la existencia cristiana como algo solamente espiritual –espiritualista, quiero decir–, propio de gentes puras, extraordinarias, que no se mezclan con las cosas despreciables de este mundo, o, a lo más, que las toleran como algo necesariamente yuxtapuesto al espíritu, mientras vivimos aquí. Cuando se ven las cosas de este modo, el templo se convierte en el lugar por antonomasia de la vida cristiana; y ser cristiano es, entonces, ir al templo, participar en sagradas ceremonias, incrustarse en una sociología eclesiástica, en una especie de mundo segregado, que se presenta asimismo como la antesala del cielo, mientras el mundo común recorre su propio camino. La doctrina del Cristianismo, la vida de la gracia, pasarían, pues, como rozando el ajetreado avanzar de la historia humana, pero sin encontrarse con él. En esta mañana de octubre, mientras nos disponemos a adentrarnos en el memorial de la Pascua del Señor, respondemos sencillamente que no a esa visión deformada del Cristianismo. Reflexionad por un momento en el marco de nuestra Eucaristía (el Campus) de nuestra Acción de Gracias: nos encontramos en un templo singular…;¿No os confirma esta enumeración, de una forma plástica e inolvidable, que es la vida ordinaria el verdadero lugar de nuestra existencia cristiana?

Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres. Lo he enseñado constantemente con palabras de la Escritura Santa: el mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yahveh lo miró y vio que era bueno. Somos los hombres los que lo hacemos malo y feo, con nuestros pecados y nuestras infidelidades. No lo dudéis, hijos míos: cualquier modo de evasión de las honestas realidades diarias es para vosotros, hombres y mujeres del mundo, cosa opuesta a la voluntad de Dios. Por el contrario, debéis comprender ahora –con una nueva claridad– que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir”… Nuestro joven lo descubrió y lo sigue, digo, descubriendo sin llevarlo nunca del todo a la práctica, como iremos viendo, si Dios es servido, aún en éste y otros nuevos períodos.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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