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Memoria familiar. 12. El padre Duero

Tres foramontanos en Valladolid 02 May 2018 - 07:22 CET
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Por José María Arévalo

( Aceñas de Olivares, en Zamora. Acuarela de J. M. Arévalo) (*)

Lo que tardé mucho tiempo en olvidar fue cómo casi me ahogo en el Duero. Habíamos salido en barca con una familia amiga, la de Moncho Iglesias, compañero de trabajo de mi padre, su mujer Conchita y sus hijas Julita y Manolita, en una barca de las más grandes, a los niños nos parecía un barco de verdad, no como aquellas otras más pequeñas de suelo plano. Así que en cuanto la encallaron en la playa de una islita que formaba el río poco más arriba de los Tres Árboles, nos pusimos los niños a jugar en la barca, mientras los mayores charlaban al sol, en bañador unos y otros. No se por qué, se me ocurrió bajarme de la barca por la proa. Resulta que la playa caía en picado, allí cubría, perdí pié. El Duero bajaba con bastante corriente, tanta que se me llevó.

Aun tengo la impresión de los segundos, quizá un minuto, que pasé sumergido, arrastrado por la corriente, sin que mis padres se dieran cuenta. Los niños avisaron a gritos a los mayores. Enseguida vieron que aparecía con la cabeza fuera del agua, unos cincuenta metros más abajo, agarrado a la maleza de la orilla. El padre Duero, impulsándome hacia ella, me había perdonado la vida.

O, dicho de otra manera, que le debo la vida la vida al padre Duero. Bueno, es un decir, en realidad fue la Providencia. Ya conté en una de la primeras Memorias cómo, y las razones que lo motivaban, decía mi padre que debía la vida a Dios y a la Guardia Civil. Pues así yo se la debo a Dios y al padre Duero.

( 1950. Con mis padres en el Duero) (*)

Moncho Iglesias, después lo supimos, cuando ya se había trasladado a Madrid, era tío de Julio Iglesias, nada menos. Qué pequeño es el mundo. Era el mejor amigo de mi padre en Zamora, fue su casa a la que nos llevaron a los niños cuando murió mi abuela Antonia. Lo ví por última vez cuando dormimos en su casa para gestionar al día siguiente una entrevista que consiguió mi padre cuando me presenté, ya acabada la carrera, a una plaza en La Gaceta Regional de Salamanca, Prensa del Movimiento a cuyo jefe conocía Moncho. Fue un éxito, allí ejercí de periodista tres años, ya les contaré. Aquella noche me la pasé tosiendo, hasta que mi padre me dio una aspirina para que la masticara, mano de santo; alguna vez después he vuelto a usar el remedio. Me contaba mi padre los problemas que tenía Moncho en la oficina porque trabajaba a toda velocidad y después no hacía nada. Menos mal que mi padre era el jefe, el único que lo entendía. Lo recuerdo muy nervioso, lleno de tics, un fuera de serie. Clavado a otro gallego que también saldrá después, en mi estancia en el Mayor San Bartolomé, José Ramón Parrilla. Delgaditos los dos, incisivos y la mar de simpáticos.

Como la caricia del Duero me dejó traumatizado, mi padre se empeñó en que aprendiera a nadar cuanto antes, poniéndome un cinturón de corchos con los que no flotaba, tenía él que sostenerme tirando para arriba de la cuerda que los cerraba. Hasta se fue unos días al campamento del Frente de Juventudes, al que se empeñó que yo asistiera, y en el que lo pasé fatal porque era de los pequeños y no sabía jugar al futbol – bueno, sobre todo porque era “de piso” y los demás “de barrio”-. El campamento estaba en San Pedro de las Herrerías, en la zona de Sanabria, con enormes praderas, un paisaje de castaños impresionante. Tenía piscina, allí practicó mi padre su empeño por que aprendiera a nadar. Y vaya si aprendí, ya les contaré.

( 1950 En el Duero con Julita Iglesias) (*)

Lo cierto es que el Duero llegó a ser después uno de los compañeros más importantes de mi juventud, además de padre en la infancia, como queda dicho, porque en él transcurrieron buena partes de nuestros días –junto con Toñín Moneo- de adolescentes, sobre todo, claro, en verano, con el que pasábamos casi todas las mañanas, nadando corriente arriba y corriente abajo, a veces dejándonos llevar por ella tumbados sobre unas balsas de juncos que montábamos orillas arriba y que ya eran, por nuestra habilidad natatoria, más seguras que las barcas. Entonces sus aguas, tan marrones como ahora, era limpias, no había llegado la polución y preferíamos el río a las piscinas, era mucho más divertido.

( Aceñas de Los Pisones. Acuarela de J. M. Arévalo) (*)

Ahora he vuelto al Duero pero no a nadar, sino a pintarlo, que tiene Zamora unas vistas impresionantes en torno al río, tanto del paisaje urbano que se alza sobre este, con la vista clásica de murallas y Catedral, afeadas últimamente con el mamotreto que han instalado en la trasera del teatro Ramos Carrión –a lo que dediqué un artículo en estas páginas hace un año- como de las aceñas del río, desde las de Cabañales a las de los Pisones. Cuatro o cinco veces nos hemos acercado a ellas estos últimos años, el grupo de acuarelistas vallisoletanos que salimos a pintar al campo, a orillas del Duero. En mi infancia las aceñas no contaban mucho, estaban bastante destartalas, ni podíamos acercarnos, pero después las han reconstruido y están que da gusto verlas, al menos las de la ciudad, porque la de los Pisones, más allá del Campo de la Verdad, sigue en ruinas y se está desmoronando, una pena. Me dice mi amigo Manolo Prieto, que es el que más insiste en que vayamos a pintar por allí, y que tiene todavía casa y familia en Zamora, con lo que disfruta de ella en Semana Santa y pasa sus vacaciones veraniegas, que un día habló con el propietario de la aceña del Pisón, que le explicó se había desestimado una petición de subvención para arreglarla y evitar al menos que desparezca. Lamentable. Así que ilustro este artículo con alguna de las acuarelas que pintamos en esa aceña, que ya no podríamos reflejar igual si volviéramos ahora. Seguro que nuestro padre Duero está muy apenado.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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