Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Esteban en La Razón el pasado día 2) (*)
¿Qué fue de aquel mayo francés? me preguntaba yo el otro día recordando que en este mes se cumple su cincuenta aniversario. Y en esto estaba cuando cayó en mis manos un excelente artículo de Guy Sorman, una firma que raramente me defrauda. “Un bonito mes de mayo” era su título, y el adjetivo prometía.
Pensaba yo que, dadas su edad y su nacionalidad había cierta posibilidad de que el autor fuera uno de los protagonistas de esta historia – de aquel “mayo francés” que parecía sugerir el título – y así resultó ser, hasta el punto, según confesión propia, de declarar abiertamente que él mismo llegó a ser uno de aquellos líderes del movimiento estudiantil y que llegó incluso a recibir una patada en el trasero.
Supongo que en tan significada circunstancia ustedes supondrán que el artículista se esforzaría en resaltar la trascendencia del acontecimiento como factor que fue del cambio de la historia. Y en hacer ver que el tiempo transcurrido desde entonces sirvió para mitificar aquellos días tan sonados. Pero precisamente aquí reside mi primera sorpresa: el título de “Un bonito mes de mayo” respondería según declaración propia a que aquello sería precisamente lo sugerido por el título: esto es, un buen rato de diversión y de buen lío. Pues según Sorman la raíz del problema fue sencillamente el insufrible aburrimiento que sentían tanto él como sus compañeros universitarios.
Así que, la pregunta clave sería algo así cómo: Bueno, ¿pero por qué estaban aburridos los franceses? Y la respuesta de nuestro hombre es ésta: por algo con lo que usted seguramente no contaba; por haber vivido demasiado tiempo sin que no pasara nunca nada; por vivir una vida de “una comodidad confortable, paz en las fronteras y normalización de los espíritus”. Algo que a cualquiera parecería deseable y que era fruto del largo gobierno del conocido general De Gaulle. Lo cual demuestra algo que me parece bastante interesante: que la gente se cansa de la paz y la tranquilidad; o sea que el ideal no está, como creíamos, en Suiza – ese país en el que nunca pasa nada – sino allá donde hay cierto follón que anime al personal más joven.
La segunda conclusión podría ser definida en los siguientes términos: por ejemplo, que la juventud peca bastante de ignorancia de lo que es en realidad la vida; o sea que no es cierta la percepción de que los universitarios están al tanto de todo cuanto ocurre. Tan es así que otra de las razones esgrimidas por los estudiantes “revolucionarios” era que el futuro no estaba en París sino en otras latitudes diferentes: en los excesos y modas norteamericanas que entonces personalizaban Bob Dylan y Joan Baez, o – agárrense que viene curva – en la revolución china, calificada como “cultural” pero de cuyos desmanes los fascinados muchachos parisinos no tenían la menor idea. Y digo parisinos porque según nos cuenta el autor del mencionado artículo la cosa no pasó mucho de Saint-Germain-des-Prés y calles aledañas pese a su repercusión universal.
Lo que es ya el colmo de la historia, hasta el punto de provocar la risa, es que el chispazo que hizo que se levantaran algunos adoquines de la “Ville Lumière” sería simplemente un altercado entre el ministro de la Juventud y un estudiante, no con motivo de una discusión sobre un asunto trascendente relacionado con los estudios universitarios, ya que las chispas saltaron cuando el imberbe Cohn-Bendit protestó por la prohibición del acceso de los chicos a los dormitorios de las chicas: un tête-à-tète en el que quien verdaderamente se lució fue aquel ministro cuando, ante la llamada del alumno a la “revolución sexual”, sugirió que el estudiante “fuera a refrescarse a la piscina”, cosa que no parece, por cierto, mala idea. El resultado principal de todo el lío que se armó – ay estos jóvenes, siempre obsesionados con lo mismo – fue la fama que a partir de entonces adquirió aquel muchacho de tan curioso nombre para los franceses.
Mas lo que dio el conocido tono revolucionario del suceso, ese que tanto gusta a algunos, fue que, como suele ocurrir cuando se huele un lío, los líderes del movimiento, carentes de imaginación en aquel punto, acudirían a los especialistas – partido comunlsta y sindicatos – que, en expresión literal del autor del artículo, si disponían de “tropas organizadas” para armar una buena y ocupar las calles.
¿Que cuál fue el resultado de aquella revolución que duró tan sólo un mes? Pues que, según Guy Sorman, la cosa terminó cuando De Gaulle, seguro del apoyo de la izquierda y del Ejército, “pitó el final del recreo” (expresión literal). De alguna otra opinión de hace ya bastante tiempo también conservo en la memoria el comentario de que el mayo francés se diluyó en el tiempo tan pronto como los estudiantes se hicieron mayores y formaron sus familias respectivas.
Sí que quedaron, sin embargo, además de las sabias lecciones que recojo en este artículo, algunas frases ingeniosas como aquel “prohibido prohibir”, “la imaginación al poder”, o cosas parecidas que hoy salen a colación de cuando en cuando. Y añadiría que quizás haya un recuelo de algunos vicios asentados ahora en nuestra sociedad desorientada, como la facilidad con que los jóvenes ponen en solfa la autoridad de sus mayores.
Por lo que yo deduzco del articulo, lo que sí quedó seguro en el recuerdo de sus protagonistas – y en concreto en el recuerdo de su autor – es un cierto regusto como de haber hecho novillos y degustado una aventura juvenil que conoció mañanas y tardes luminosas de jarana, o sea una especie de “bonito mes de mayo” en aquel tiempo en que París era una fiesta.
PS: Y, naturalmente, la memoria de la patada recibida. Por cierto, uno de los resultados más visibles de lo acontecido fue la desaparición de los revolucionarios adoquines, sustituidos definitivamente ya por el asfalto del bulevar de Saint-Germain-des-Prés”.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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