Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

Ante una generación de zascandiles

Tres foramontanos en Valladolid 01 Jun 2018 - 07:24 CET
Archivado en:

Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Sansón en El Norte de Castilla, el pasado día 17 de mayo) (*)

Hay una cosa que me preocupa y de la que no se habla mucho que yo sepa: de dónde proceden los políticos. Cuando se pregunta a un niño qué quiere ser cuando llegue a mayor, dirá que preferentemente bombero, o futbolista, militar, ingeniero o incluso periodista o cosa parecida. ¿Y por qué? pues porque imagina que la profesión que elige tiene algo de divertido o de aventura, o que exige ser fuerte, o hábil, o valiente. Mas si el niño respondiera que deseaba ser político, estoy seguro de que se oirían carcajadas.

Esto me induce a preguntarme cómo es que nadie se interesa, que yo sepa, en indagar sobre el origen de la vocación política si es que tal cosa existe y no se trata de algo, más que natural, sobrevenido; si en el extremo no será muchas veces un recurso interesado en el que predomina la ambición; es decir, una inversión rentable. O que proceda, más que de un ideal de vida, de la reacción contra algo que no gusta, como pudiera ser la contemplación de una injusticia o el mal funcionamiento de algún aspecto de la sociedad vigente.

En resumen, me extraña que no exista – o no se conozca suficientemente – algún estudio del proceso que conduce normalmente a la elección de la carrera de político; y me refiero a aquellos que lo son en ejercicio permanente. Me interesaría de veras conocer el porcentaje de éstos que proceden de la disciplina universitaria que se conoce como “ciencias políticas”. Pues no sería malo sino todo lo contrario que esta elección de gremio viniera de una prioridad por el buen funcionamiento de las cosas como consecuencia de la percepción de desajustes evidentes en los mecanismos que ordenan y dan vida a cualquier sociedad organizada. Sería entonces, quizás, el resultado de una especie de descubrimiento fruto de la madurez y por tanto infrecuente entre los niños, como sucede con la filosofía: una elección que exigiría visión pero también capacidad tanto para la acción como para convencer al prójimo: un planteamiento de vida de los que exigen seguridad en uno mismo a la hora de exponer el propio pensamiento y hacerlo convincente. Pero a la vista de cómo están las cosas no parece que éste sea precisamente el caso en estas latitudes, donde todas estas suposiciones, orientadas a definir lo aconsejable, brillan frecuentemente por su ausencia.

Lo procedente sería, desde luego, que, en coherencia con lo que parece conveniente, la constatación de la propia capacidad intelectual y la existencia de un deseable bagaje cultural – más la posibilidad de expresarse con soltura y otras cuantas cualidades esenciales – movieran a quienes sienten la necesidad de aportar su grano de arena al logro de una más perfecta marcha de las cosas a entrar en liza en la política teniendo en cuenta que, por añadidura, ésta demanda visión pero también gestión, o viceversa.

En todo caso lo que parece insoslayable es que, ante la posibilidad – o más bien certeza – de que la propia idea no coincidiera con la de otras personas igualmente interesadas en su empeño, y habida cuenta de que la política exige no sólo tener un criterio formado, sino ponerlo finalmente en práctica, el político tendrá que contrastarlo aunque para él la solución soñada esté ya medianamente clara. Y tendrá que hacerlo incluso para desarrollar el “cómo”, que se determinará según convenga o sea posible según la circunstancia. Y así deberá ser, pues el desideratum entre personas razonables es el contraste del parecer de responsables coincidentes en cuanto a sus fines últimos: es decir, en cuanto al bien y al bienestar de la comunidad a la cual sirven y representan.

El problema está en que no parece que sea así la realidad a la que me refiero, donde la práctica política instaurada en el procedimiento, que debería ser no cruento, es visto por la mayoría como una lucha a muerte que debe culminar con la descalificación moral y personal del adversario, ya descaradamente convertido en “enemigo”. Y en esta pugna todo se permite.

Así lo que debiera ser un fructífero trabajo entre personas ilustradas y pacíficas – un juego entre caballeros educados representantes de gentes ilustradas – pasa a ser un paradigma de bajeza moral y mala educación, una refriega de Campo de Agramante, una pugna de patio de vecinas: una pelea de rufianes en las que veremos aflorar el odio, el desprestigio mutuo, la falsedad y todas cuantas maniobras subterráneas puedan dar como resultado la destrucción del adversario; que en esto se convierte el compañero con el que se convive y se trabaja se supone que desde la discusión intelectual y para el bien común y el interés de la nación en su conjunto.

Quiero decir con esto que se ha producido la tergiversación de un planteamiento constructivo como corresponde a un país civilizado y que se tiene por culto y avanzado pero en el que hoy toda bajeza tendrá asiento. Así distorsionada la cuestión política, ha llegado un punto en el que, ante el ambiente circundante creado por esta generación de zascandiles que hoy alardean desde los escaños de su zafiedad moral intelectual e incluso física, uno se llega a preguntar cómo teniendo por modelo a estos sujetos podremos formar a nuestros nietos en lo que siempre conocimos como una “buena educación”.

No es de extrañar por tanto que los educandos se enfrenten agriamente a sus maestros y acogoten sin piedad a quienes ven de algún modo diferentes o no les gustan por cualquier motivo. Porque, con esa cultura que, con la inestimable ayuda de los tontos útiles pretenden extirpar los nuevos bárbaros, desaparecen también muchas de las virtudes que con la fe nos legaron nuestros padres. No se dan cuenta – pobres ignorantes – de que el desprestigio que pretenden causar al adversario desprestigia también a la nación y a todo un sistema de convivencia en paz y libertad que ya nos había demostrado su eficacia después de de un largo siglo de sufrimientos y de guerras.

—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c2.staticflickr.com/2/1758/27500319917_955b596f08_b.jpg

Tres foramontanos en Valladolid

Los autores nos cuentan… Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Aunque de raíces castellanas, nuestra formación, como se indica en los resúmenes biográficos que siguen, tiene lugar más allá de las […]

Más en Tres foramontanos en Valladolid

Mobile Version Powered by