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Una anécdota poco conocida

Tres foramontanos en Valladolid 21 Oct 2018 - 07:27 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Cartel de la película First Man -El primer hombre-)

Si existe de verdad un improbable lector mío, le supongo al tanto de que fue mi sino vivir de cerca momentos singulares de la aventura del espacio, y muy concretamente del programa que permitió que el hombre conquistara la luna. Así que si usted realmente existe sabrá de mi asistencia en 1960 en San Antonio, Tejas, a la campaña electoral del presidente Kennedy; aquélla en que anunció que su país pondría un hombre en el satélite antes de que concluyera aquel decenio. Y que cuatro años más tarde sería vecino, en el Redstone Arsenal de Huntsville, Alabama, de las instalaciones de la NASA donde el programa Apollo preparaba la materialización de esa promesa.

Quizá recuerde el aludido lector mío que tuve la ocasión de conocer algunos personajes importantes, como aquellos dos asesores del programa que en Hollywood probaron suerte participando en un film de Stanley Kubrik titulado “2001 Una Odisea del Espacio” y dando luego vida a las primera aventuras de “Star Wars” (“Guerras de las Galaxias” ), cosa que ocurrió el 77. O que años más tarde – en el 81 – yo mismo tendría el privilegio de contemplar el lanzamiento de la primera lanzadera del espacio: desde Cabo Cañaveral, Florida. Fue aquélla – recordarán ustedes – a la que se bautizó como “Columbia”, y que tras una activa y larga vida de trabajo se destruyó en un vuelo de regreso veintidós años más tarde con la muerte de sus tripulantes al entrar en la atmósfera terrestre. También que mi mujer y yo fuimos comisionados para acompañar una semana al astronauta Vance, un norteamericano que viajó en la mítica Soyuz-Apolo y que sería varias veces – hasta cuatro que yo sepa – comandante de vuelos espaciales.

Pues bien, como ahora vemos, acaba de salir a colación el tema de aquel vuelo en el que un ser humano llegó a pisar la superficie de la luna – el del Apollo 11. Esto ha ocurrido con ocasión de una película sobre la figura de Neil Amstrong y de una entrevista realizada por un periodista a dos ingenieros españoles que siguieron el acontecimiento desde su propio puesto de trabajo: una estación de control que recogía desde España las conversaciones entre Houston y los astronautas.

Varias son las anécdotas curiosas, mas una de ellas, por cierto no incluida en la película, me parece especialmente relevante y merecedora de un comentario por mi parte. Se trata de una ceremonia íntima realizada por Buzz Aldrin, el segundo hombre que llegó a pisar la Luna y que, por cierto, sigue vivo. Trátase de un astronauta de prestigio, con buen nivel intelectual y una excelente preparación aeronáutica; un hombre valiente y arrojado que prestó sus servicios en Vietnam, donde realizó sesenta y seis misiones de combate y derribó dos aviones enemigos. Un hombre que más tarde orbitaría la Tierra durante cuatro días, y así daría cincuenta y nueve vueltas al planeta. Pero que, sobre todo, sería uno de los dos únicos hombres que, el 20 de julio de 1969 caminarían por la Luna mientras Collins, el tercero, les esperaba orbitando en torno a ésta para asegurar el regreso del equipo.

Pues bien, la anécdota que ahora he llegado a conocer es que Buzz Aldrin quiso, antes de dar el paso para hollar la Luna, añadir un gesto de espiritualidad a aquel momento inmemorable, y que para ello, siendo como era a la sazón, cristiano, sacó de su escondido lugar del módulo lunar un trozo de pan y unas gotas de vino que habían sido previamente bendecidas para comulgar con ellas. Hay que decir que pidió permiso para hacerlo, y que no salió de la mayor intimidad. Sí que retrasaría unos instantes su salida para orar a solas y en silencio.

El astronauta, que a la sazón pertenecía a la Iglesia Presbiteriana Webter del estado de Tejas – una de aquellas iglesias “reformadas” de estricto estilo calvinista que eran gobernadas por tribunales de presbíteros laicos – perdería según dicen su condición de cristiano practicante tras de sufrir una fuerte depresión y de pasar un episodio de alcoholismo, y de evolucionar en sus creencias hacia una simple espiritualidad que al parecer conserva.

Pero esta desconsoladora circunstancia, parte de una aventura personal e intransferible, no desmerece un gesto que, como éste, deseó poner a Dios como testigo de lo que para la Humanidad sería “un paso de gigante”.

PS: Hablando de otra cosa, recordarán ustedes que en mi anterior artículo recogí el panorama de las malas noticias transmitidas por la radio una mañana cualquiera de este mes de octubre; por ejemplo, la de aquel mismo día 9. Y ahora caigo en la cuenta de que lo que aquella mañana fue una previsión de lluvias torrenciales sería aquella misma noche una noticia de terribles pérdidas y muertes.

Tres foramontanos en Valladolid

Los autores nos cuentan… Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Aunque de raíces castellanas, nuestra formación, como se indica en los resúmenes biográficos que siguen, tiene lugar más allá de las […]

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