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Tela marinera

Tres foramontanos en Valladolid 14 Dic 2018 - 07:22 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Niño con tirador. 1953. Óleo de Antonio López. 94,5×130) (*)

¡Tela marinera! Con estas palabras, acompañadas por una sonrisa pícara, nuestro nieto nos haría partícipes de su descubrimiento. Se lo enseñó según creo, su “señorita”, y parecía encantado de conocer lo que con la exclamación se sobreentiende. Quiero decir con ello que el niño había comprendido lo que en realidad quería decir esta expresión castiza. Entonces me di cuenta de la importancia de un acontecimiento banal en apariencia.

Porque el niño, de apenas cinco años, demostraba una sutileza quizás impropia de su edad. Ya de entrada era consciente de que la expresión nada tenía que ver con una tela por otra parte inexistente y menos aún con un ambiente relacionado con el mar, pero que sin embargo no era absurda ya que significaba algo concreto: algo aplicable a una situación que así quedaría descrita mejor que con otra expresión más ajustada en apariencia. Claro que el niño había nacido en Londres y se crió en Mozambique antes de recalar en un barrio madrileño. Y también conoció Estados Unidos y París, y ha visitado Suazilandia, Johannesburgo y hasta Ciudad del Cabo, en donde incluso tiene casa. O sea que ya estuvo expuesto a otras culturas y otras lenguas y ya tiene un caldo de cultivo que podría explicar esa capacidad que ahora demuestra para entender más allá de los sonidos.

Comprendí así, sin casi darme cuenta, que estaba ante un fenómeno tan curioso como interesante en el que nunca había pensado seriamente: que entender el sentido de una expresión que nos podría parecer absurda constituye un primer paso para llegar a comprender cosas tan importantes como el humor o el gozo de la música. O incluso para entrar en la filosofía. En resumen, para entender algunos importantes componentes – o quizás, ingredientes – de la vida.

O sea que un rasgo de humor, como una pincelada o un acorde, o un pensamiento evanescente, pueden ser la expresión de un sentimiento, una emoción, una alegría o un dolor que nos hace sentir alguna cosa; en resumen, un estado de ánimo concreto que buscando la palabra exacta la encuentra finalmente de esta forma para algunos quizá descabellada. Y lo hace mejor sin las palabras justas que sabiamente aconseja el diccionario.

Porque, ¿en qué consiste la poesía? Pues en encontrar una expresión no literal pero en el fondo más exacta que las propias para la descripción de lo que vemos y sentimos. Y que nos abre nuevos horizontes o nos traslada a un plano diferente; tan es así que la poesía moderna ha llegado a buscar el alma de las cosas en palabras escogidas al azar pero que nos hacen descubrir lo que uno siente en sus entrañas. ¿Y la música? ¿Puede alguien explicarnos su lenguaje exento no sólo de palabras sino también de lógica aparente?

Importante es, por tanto, para un niño, saber que no basta con conocer las letras para formar palabras y así describir cosas concretas; que también existen lenguajes misteriosos que precisamente por no seguir estrictamente los mecanismos ”oficiales” son al final más eficaces que éstos en la intención de acomodarse a lo que aspira de verdad el ser humano.

Es más, que estos caminos arbitrarios, bien aprovechados por la imaginación o por la fantasía, pueden abrirnos nuevos horizontes que explicarán lo que hay de verdadero o de irreal en nuestro desilusionado pensamiento: aquél que busca pero que aún no encuentra.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4845/31252432897_340345ef50_b.jpg

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