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Virgen Guadalupana. 6

Tres foramontanos en Valladolid 03 Feb 2019 - 07:23 CET
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Por Carlos de Bustamante

( Nuestra Señora de Guadalupe) (*)

Según avanzamos en los acontecimientos de este relato, llegamos al culmen de la belleza y del prodigio que encierran. Satisfacción en parte porque siendo la Virgen de Guadalupe la Madre de Dios, lo es también Madre nuestra; y no siendo una divinidad, sino de carne y hueso como nosotros, fue- y es- tan sumamente bella, guapa, hermosa…que puesto que Dios lo quiso desde la eternidad, la eligió así, llenándola de todas las gracias habidas y por haber.

Se preguntaba un santo de nuestros días (san Josemaría) a quién hubiéramos elegido como madre nuestra de tener esa facultad; a buen seguro -se decía- habríamos elegido a la que tenemos (o tuvimos), pero dotándola de las mayores perfecciones que son posibles a un ser humano. Es lo que precisamente hizo Dios con su Madre la siempre Virgen, que lo es en todas y cada una de sus advocaciones. Lo más de lo más. Humana -no divina-, pero “divinamente” perfecta. ¿Cómo, pues, no enamorarse de Ella y relatar con emoción incontenida e incontenible éstas todas sus maravillas?

Muy afectivo desde niño, aún recuerdo cómo me conmovían los cánticos a la Virgen; y no digamos los que, dirigidos por nuestra madre -que cantaba como los ángeles- entonábamos los cinco hermanos en nuestra capilla de la Dehesa. Impresionantes también los que en el coro de la Academia General dedicábamos a la Purísima.
Ahora me perdonarán, si de memoria les transcribo íntegra, creo, la letra de la plegaria a la Virgen Guadalupana de la que les vengo dando la tabarra en esta miniserie de artículos que ya cuasi… finaliza. El espacio reducido del Land-Rover con el que recorrí una y mil veces la carretera “de Soria” que separaba la capital de la Dehesa, es el único testigo de la voz potente y posiblemente “curiosita” con que oraba a Nª Sª de Guadalupe y que muchos recordarán:

Plegaria guadalupana

Postrados ante tus plantas,
cual hiciera el indio Juan Diego,
venimos hoy virgen santa,
a alzar ante ti nuestro ruego.

Traemos dentro del pecho,
bien henchido el corazón
para darte a ti las gracias
en esta humilde canción:

Virgen guadalupana,
deja llorar de emoción,
pues ya mi madre está sana,
gracias a tu bendición.

Patroncita mexicana,
hoy traigo otra petición,
haz que mi patria esté salva,
de la maligna ambición.

Yo vengo de la huasteca,
hasta aquí en peregrinación,
nuestra gente allá también peca,
y quiere implorar tu perdón.

Aunque mi huasteca es lejana,
somos siervos de tu devoción,
y hasta allá me llamó la campana,
que festeja tu coronación

Virgen guadalupana,
deja llorar de emoción …

Patroncita mexicana,
hoy traigo otra petición.
haz que mi patria sea salva,
de la maligna ambición.

Yo vengo de la huasteca,
hasta aquí en peregrinación,
nuestra gente allá también peca,
y quiere implorar tu perdón.

Aunque mi huasteca es lejana,
somos siervos de tu devoción,
y hasta allá me llamó la campana,
que festeja tu coronación.

Virgen guadalupana,
deja llorar de emoción …

Patroncita mexicana,
hoy traigo otra petición.
haz que mi patria sea salva,
de la maligna ambición.

En fin, continúo el relato del bellísimo “Nicán mopohua”, siguiendo la misma fuente, José María Iraburu en Catholic.net.

-Casa del Obispo, de mañana. Aparición de la imagen.

«Desenvolvió luego su blanca manta, pues tenía en su regazo las flores; y así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la Siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyácac, que se nombra Guadalupe. Luego que la vio el señor obispo, él y todos lo que allí estaban, se arrodillaron: mucho la admiraron; se levantaron a verla; se entristecieron y acongojaron, mostrando que la contemplaron con el corazón y el pensamiento. El señor obispo con lágrimas de tristeza oró y le pidió perdón de no haber puesto en obra su voluntad y su mandato.

«Cuando se puso en pie, desató del cuello de Juan Diego, del que estaba atada, la manta en que se dibujó y apareció la Señora del Cielo. Luego la llevó y fue a ponerla en su oratorio. Un día más permaneció Juan Diego en la casa del obispo, que aún le detuvo. Al día siguiente, le dijo: “¡Ea!, a mostrar dónde es voluntad de la Señora del Cielo que le erijan su templo”. Inmediatamente se convidó a todos para hacerlo».

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4897/31398732067_7938cc6783_o.jpg

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