Por José María Arévalo

( Portada del libro “Cuando nos prohibieron ser mujeres…”) (*)
Me sorprendió mucho, cuando me llegó este libro, primero el impactante título, pero además, enseguida, que se trataba de un tema del que por unas razones u otras venimos abordando en este blog. Me introduje en sus páginas y enseguida me enganchó por la novedad de sus enfoques y claridad de exposición. El título completo del libro es “Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres. Para entender cómo nos afecta la ideología de género”, editado en 2016 por la digital Titivillus. Así que enseguida pensé en hacerme eco de él en estas páginas; y más aún, a medida que avanzaba en su lectura, en reseñar algunos capítulos, los más impactantes. Lo que me propongo hacer en sucesivos artículos, empezando por la Introducción, que no tiene desperdicio, y les recomiendo lean completa en el libro.
Encabeza su a modo de presentación con una significativa frase de Ralph W. Emerson: “Toda violación de la verdad no es solamente una especie de suicidio del embustero, sino una puñalada en la salud de la sociedad humana”. Pero olvidaba descirles que Alicia Verónica Rubio Calle, la autora, es riojana, titulada en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca y profesora de educación física en un centro público de Madrid durante veinticinco años; casada y con tres hijos de 22, 20 y 16 años, incluye la biografía que se recoge al final del libro, y que explica mucho de lo que escribe: “La enorme discrepancia que constató entre la percepción de la realidad en el campo del rendimiento físico y la llamada ideología de género determinaron su interés por el estudio de este planteamiento constructivista”.
“Corría el año 2005 –escribe Alicia V. Rubio- y todo el colectivo de profesores participantes en los Campeonatos Escolares de la Comunidad de Madrid, reunidos en una asamblea, lamentaba la imposibilidad de hacer que las chicas participaran con el mismo entusiasmo, en los mismos deportes y en la misma cantidad numérica que sus compañeros varones en los citados campeonatos deportivos. Lo achacaban a los roles sociales impuestos a las chicas, al empeño social de que éstas no practicaran deportes masculinos (pese a que ya por entonces se hacía todo lo contrario y se incentivaba a las chicas a participar en deportes como el fútbol, el rugby…) y a una difusa «vagancia femenina» fruto de esos roles inculcados. Y, naturalmente, a ninguno se le ocurría que únicamente fuera porque hombres y mujeres somos diferentes. Simplemente era impensable hablar de diferencias intrínsecas entre ambos sexos y mucho menos se podía verbalizar semejante hecho. Los hombres y las mujeres debíamos ser iguales ante el hecho deportivo y cualquier variación en los comportamientos sólo podía deberse a factores educativos. La ideología de género había calado hasta en un estamento profesional que pasa sus días constatando y midiendo diferencias físicas entre alumnos y alumnas a los que debe examinar utilizando distintos baremos según su sexo.
Posteriormente he tenido muchos otros contactos, a mi pesar, y no deja de sorprenderme cómo una teoría tan falaz, descabellada y continuamente rebatida por la realidad, es asumida por personas de muy distinta condición intelectual sin que una sombra de duda enturbie esa arquitectura ideológica basada en una hipótesis. Quizá sería más exacto decir basada en una mentira.
Como indica Dale O’Leary, investigadora de la asociación Médica Católica de EEUU y autora de diversos libros sobre el tema, la ideología de género es un sistema cerrado contra el cual no hay forma de argumentar. No puede apelarse a la naturaleza, ni a la razón, la experiencia o las opiniones y deseos de las mujeres normales. No importa cuántos argumentos y datos se acumulen contra sus enunciados: todo ello se deberá siempre a las construcciones sociales. Y a esos roles impuestos por una educación que nos empuja y obliga a ser como somos pero que en realidad, según los ideólogos del género, no es como realmente somos.
Y es que la ideología de género, pese a no tener bases científicas ni reales en que fundamentarse, se hace invulnerable por el sistema de no permitir el análisis, ni la confrontación con esa realidad, como sería exigible para cualquier teoría. No puede apelarse a la naturaleza humana, porque los ideólogos del género no creen en ella y en la existencia de una base biológica que afecta al comportamiento y al resto de los planos que conforman al ser humano. No puede apelarse a la razón porque sus fundamentos exigen la fe incondicional de sus adeptos puesto que no hay bases científicas que los demuestren. No puede apelarse a la experiencia cotidiana que muestra las diferencias de gustos y comportamientos entre los sexos desde la infancia, porque dicen que toda esa experiencia está manipulada y es fruto de una imposición de estereotipos mediante la educación. No puede apelarse a las opiniones y deseos de las mujeres actuales, que se encuentran en una situación de igualdad en dignidad y derechos con el varón y no están de acuerdo con esa deriva del feminismo que las desprecia por sus diferencias con el hombre porque, según esta ideología, esas mujeres están alienadas y no saben lo que les conviene. Y lo que les conviene, según los ideólogos del género, es ser exactamente como hombres.
Esta extraña argumentación sobre el ser humano en la que la parte biológica y genética no tiene peso sobre nuestros comportamientos, sino que es la educación la que nos convierte en hombres y mujeres, pudo defenderse, a duras penas, en épocas no demasiado lejanas en las que se estimulaban los valores masculinos, los juegos masculinos y los comportamientos masculinos en los hombres y, de forma análoga, todo lo femenino en las mujeres. Incluso ambos sexos recibían una educación diferente en función de los roles sociales que habrían de desarrollar en el futuro. Sin embargo, en la actualidad, con hombres y mujeres educados en la igualdad, no se cumplen los parámetros de igualitarismo absoluto que los defensores de la ideología de género creen que sería lo esperable y lo deseable en una sociedad «igualitaria» según sus criterios. Esta igualdad implicaría el mismo número de hombres y mujeres en todos los ámbitos de la sociedad como trabajo, formas de ocio, representación política… Y también implicaría iguales gustos, deseos e intereses, igual sexualidad, las mismas formas de realización personal… Pero como eso no llega a suceder, continúan apelando a esa educación sexista hasta llegar al ridículo. Y digo al ridículo porque explicar con una teoría que nunca puede terminar de probarse, unas consecuencias evidentes como que hombres y mujeres somos y nos comportamos de forma diferente y tratar de achacarlo a algo ajeno a la biología, excluyendo ésta de forma taxativa, es un sinsentido.
Es decir, los ideólogos del género afirman que somos diferentes, no por lo evidente, la biología, sino por algo que sucede, aunque creemos que no es así y hacemos todo lo posible para erradicarlo. Y ese algo que sucede de forma sigilosa e inevitable es la educación sexista. En sociedades igualitarias donde la supuesta causa de las diferencias, la citada educación sexista, se ha reducido a la mínima expresión, cuando se evidencia que las cosas no son como los defensores de la ideología de género creen que deberían ser, es decir, con hombres y mujeres idénticos en gustos, percepciones, comportamientos, intereses, deseos y capacidades, insisten en que eso es porque la causa de las desigualdades no ha desaparecido del todo. Y encuentran un anuncio sexista, un mal ejemplo inconsciente de los progenitores, un chiste, un juguete culpable que empuja al niño a esos roles sociales indeseables pero malignamente perdurables… cualquier cosa, para afirmar que esa es la causa de que la sociedad no haya alcanzado la perfección igualitaria. Lo lógico sería empezar a pensar que, erradicadas las causas educativas, pudiera haber otros factores que nos hacen comportarnos, desear e interesarnos por cosas diferentes.
De hecho, efectivamente, la causa de nuestras diferencias no ha desaparecido y es muy posible que no desaparezca nunca: la biología no parece muy dispuesta a plegarse a la ideología de género. Pero esa evidencia no les vale a los activistas del género y, contra cualquier argumento, siguen buscando algún lugar oscuro donde su causa favorita de la diferencia entre sexos, la educación y los estereotipos sexistas, se parapeta para seguir haciendo el mal.
Sin embargo, la lógica más elemental muestra que insistir en que, aunque la causa de la diferencia entre hombres y mujeres ha desaparecido, sigue oculta en algún anuncio, juguete o mal ejemplo porque las diferencias siguen dándose, es algo parecido a afirmar que los niños que nacen con pelo oscuro lo hacen porque hay personas cerca que, en el momento de su nacimiento, tienen malos pensamientos. Y si un niño nace con el pelo oscuro, aunque se explique que no había nadie cerca, que nadie tuvo malos pensamientos, el color de su pelo demuestra que sí. Y ya no hay más que hablar.
Y afirmo, de nuevo, que se llega al ridículo porque intentar convencernos de que un anuncio esporádicamente visto por los menores, o unos cuentos infantiles de príncipes y princesas, van a incidir más en los comportamientos de los niños que una machacona educación en la igualdad, es dar una excesiva importancia a cosas puntuales para explicar lo que nada tiene que ver con la educación y que es mucho más fuerte y determinante que ésta. […]
Aunque sea importante, la educación no tiene, ni tendrá nunca, el peso específico de los comportamientos programados por los genes. Aunque sólo sea porque el educador de la ideología de género ha de desprogramar y reprogramar, uno por uno, los nuevos seres que vienen «de fábrica» con los datos que, a través de la herencia biológica, lo hicieron exitoso.
En esta guerra ideológica en la que, sin darnos cuenta, nos vemos metidos y en la que el factor educativo trata de imponer gustos, percepciones, deseos, intereses y comportamientos idénticos a hombres y mujeres para alcanzar una hipotética felicidad social basada en la igualdad y que, al no ser posible la igualación de ambos sexos, ha derivado en la neutralización de los mismos, los dos salen malparados. Pero quizá son las mujeres, por ser las presuntas beneficiadas, quienes resultan ser más estafadas en este timo de envergadura planetaria. Respecto a la infelicidad individual que produce alegando vender felicidad, todos perdemos, y mucho.”
Lo veremos en los próximos días, si Dios quiere, cuando reseñemos los capítulos del libro.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c2.staticflickr.com/2/1799/43074853205_a0fef39e93_b.jpg
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