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Dos ejemplos de fallos garrafales

Tres foramontanos en Valladolid 08 May 2019 - 07:27 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Los Reyes, en Argentina, cuando pudieron bajar del avión)

Garrafales, espectaculares, y en el fondo, tontos. En efecto, tenemos que reconocer que a veces cometemos fallos tan ridículos que producen una gran conmoción a quienes caen en ellos, pero que también dan incluso algo de risa. Fallos para el astracán o la comedia.

Un ejemplo lo tenemos en dos meteduras de pata en las que median personajes expuestos a la crítica y que fueron cometidas casi simultáneamente. Se refieren a situaciones muy mediáticas y ambas tienen su causa en la imprevisión o en el olvido, motivos ciertamente perdonables teniendo en cuenta la naturaleza humana, pero que no dejan de tener también su miga. Se lo dice a usted alguien que, como un servidor de ustedes, pasa ya de los ochenta y cinco y se encuentra muchas veces a sí mismo preguntándose “¿pero a donde iba yo?” por un pasillo.

De entrada hay que decir que para que a uno se le olvide algo no es obligado ser un anciano venerable. Quizás ustedes hayan visto, por ejemplo, a algún aspirante al título de “master chef” que olvidó meter en su cesta el principal producto para confeccionar su propio plato. Yo sí que lo recuerdo, como también que se tiraba de los pelos.

Mas lo que resulta especialmente chusco es olvidar alguna cosa cuando el fallo en cuestión tiene que ver con actos oficiales o de gran cobertura de los medios y que afecta de lleno a personajes públicos. A ambas situaciones se refieren los dos casos a los que a continuación quisiera referirme.

Visualicen ustedes la situación siguiente: el presidente de Argentina se desplaza a un aeropuerto para recibir al Rey de España a su llegada. Y el avión aterriza y se detiene, pero a la hora de abrir la puerta alguien cae en la cuenta de que, asombrosamente, no se dispone de escalera. ¿Lo imaginan ustedes?¿Imaginan el papelón del Presidente y de su esposa? Horror. ¡Trágame, tierra! Hay que buscar de dónde sacar ese adminículo, ordenar que lo traigan, y esperar a que al fin llegue. Ante lo cual, mientras tanto, todos se mantienen tensos y sin atreverse a hacer un comentario. Una hora completa es una eternidad que no parece que se acabe nunca.

Segundo caso, sólo días después. Ahora la noticia se refiere a otro ámbito distinto pero tan aparatoso como excelso: el de la conquista del espacio, nada menos.

Les contaré. Conocen ustedes el desmadre actual de la ofensiva feminista, tan entusiasta que supera cualquier límite medianamente razonable. Pues bien, precisamente en este caldo de cultivo se la ocurrió a la Nasa una maniobra consistente en sacar a dos mujeres al espacio abierto para realizar una operación de ingeniería. Es decir, algo que en las presentes circunstancias adquiriría gran valor mediático por mucho que el motivo pudiera haber surgido sin la intención expresa ni conexión con dicho ambiente, ya que sería la primera ocasión de una salida extravehicular estrictamente femenina y no como antes compartida por el hombre, con lo cual la iniciativa de salir fuera del vehículo reforzaría la reivindicación de la mujer por mucho que su incorporación a los programas espaciales estuviera ya instalada en la rutina.

Pero mire usted por donde, la operación se frustraría por un detalle aparentemente intrascendente: que al ser la talla de las mujeres astronautas inferior a la del traje disponible para realizar estas salidas extravehiculares, y no haber tiempo ya para atender a la nueva circunstancia, había que renunciar a aquel desideratum. Nuestro gozo en un pozo, nuevamente.

Y díganme ustedes si no resulta chusco que tal cosa ocurriera, habida cuenta de la meticulosidad y precisión con que se trata cuanto concierne a las actividades y maniobras de una nave como ésta – la Estación Espacial – en la que todo son exigencias tecnológicas y no se admite fallo alguno. Sí. efectivamente, no deja de ser curioso que, en una operación como la que les expongo, las expectativas de un ejemplo de actuación igualitaria se frustren por una imprevisión tan tonta como la insuficiencia de tallas femeninas.

Tres foramontanos en Valladolid

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