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Veintisiete años en blanco

Tres foramontanos en Valladolid 11 May 2019 - 07:27 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( En el hospital. Foto en Getty Images)

He aquí una noticia sorprendente; un récord Guinness por antonomasia pero no directamente voluntario: una mujer que había permanecido en coma nada menos que veintisiete años seguidos ha despertado de su sueño de repente.

La escena es más o menos la siguiente: una señora yace inconsciente desde hace casi diez mil días sumida en un sueño continuado, cuando su hijo, que se hallaba cerca, cree oír un sonido procedente del lugar en que se encuentra y acude allí pero no aprecia novedad alguna. Luego, días más tarde el hombre se enzarzaba con alguien en una discusión por un malentendido, cuando ya – oh milagro – oía como alguien pronunciaba su nombre y sería testigo de un hecho sorprendente: su madre acababa de volver a la conciencia después del accidente que la dejara en tan lamentables condiciones. Lo cual prueba que el amor materno había seguido latiendo en su cerebro sin que nadie supiera que existía como lo estuvo en su día al protegerle con su cuerpo; algo digno de ser considerado cuando se trata de poner sobre el tapete la moralidad o no moralidad de deshacerse de quienes no pueden con la vida. O cuando se propugna en cambio la aplicación de apoyos paliativos; un debate relacionado con el interés de las izquierdas por introducir la eutanasia entre las opciones aceptables.

¿Imagina usted, improbable lector mío, lo que debe ser permanecer casi diez mil jornadas alimentado por goteo? ¿Cuántas gotas de vida habrán caído por ese tubo hospitalario en espera del momento en que, ya definitivamente, se detuviera el corazón del ser enfermo? ¿Quién mantendría la fe en éste retorno? Porque son veintisiete años completos, minuto a minuto – con sus interminables noches – manteniendo al enfermo bien cuidado, reponiéndole el suero, y tratando de evitarle las escaras y las llagas.

Permitirá el lector en este punto algunas pocas preguntas importantes: por ejemplo, si existió un padre tan amoroso como el hijo: alguien que mantuviera la esperanza del retorno. O quién decidió pagar el alto coste de los enfermeros, residencias y hospitales durante tan largo tiempo y el transporte primero a Londres y más tarde a una ciudad de su país – los Emiratos -, o el tratamiento posterior en Alemania que provocó el apoyo del príncipe reinante. Demasiadas preguntas sin respuesta que no nos apartan del asombro.

Téngase en cuenta que en esos veintisiete años de espera – supongo que ya sin esperanza para la inmensa mayoría – pasaron no menos que cinco presidentes norteamericanos, cayeron las Torres Gemelas, se produjeron varios maremotos, cesaron los atentados de ETA, se definió el genoma humano, se identificó el bosón de Higgs y se confirmaría la existencia de agua en el planeta Marte. Como también se inventaron artificios informáticos que hoy ya conoce y usa todo el mundo, como Facebook, YouTube, Skype o el Instagram. Y es que en un lapso tan largo hay tiempo para casi todo. En realidad para una vida entera: para nacer, echar a andar y a hablar, frecuentar la guardería y completar los estudios del colegio y del bachillerato, hacer una carrera universitaria y ejercerla. Y enamorarse, y casarse, y hasta formar una familia numerosa.

Supongo que a estas alturas del artículo usted se encontrará impaciente preguntándose cómo se encuentra la mujer. Pues bien, una vez buscada la información que hay al respecto, puedo decirles que doña Murina, que protagoniza en cierta forma el ancestral desiderátum de viajar en el tiempo saltando de una fecha a otra como lo hiciera en su película “Regreso al futuro” el joven Michael Fox, se desenvuelve ya en silla de ruedas, cosa natural teniendo en cuenta que habrá olvidado cómo utilizar sus piernas después de tanto tiempo sin moverse.

PS: El antecedente más cercano corresponde a un periodo de “sólo” diecinueve 19 años seguidos. En aquella ocasión el superviviente fue un obrero polaco de nombre Jan Grzebski,

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