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Para que la trabajara y custodiase.13. Riberas del Duero

Tres foramontanos en Valladolid 17 May 2019 - 07:26 CET
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Por Carlos de Bustamante

( Río Duero cerca de Tordesillas. Acuarela de Paco Roldán) (*)

“El mundo está bien hecho”, dijo el señor cura del pueblo desde el púlpito. Y se quedó tan oreado. De vuelta a caballo al caserío tras oír Misa en el pueblo, bajó el adolescente la cuesta del Sotillo ensimismado por las palabras de don Urbano dichas con aparente ingenuidad. Dejó atada a duras penas la cabalgadura en el primer álamo de la ribera, y con unas palmadas en el cuello de la Estrella, calmó un poco la querencia hacia la cuadra donde, libre del peso, la esperaba el pesebre repleto de extraordinario forraje.

Bastante le importaba -o sea nada- al animalejo, chopos, álamos o riberas. Quería sólo lo que por instinto le pedía el cuerpo. Qué se le daba a la irracional Estrella, brisas, aguas, riberas ni vientos … Con tal de llenar la panza, poco le interesaban esas monsergas. Pero al adolescente, humano y muy humano, las riberas del padre Duero no le eran indiferentes. Los susurros y el silencio del valle nemoroso sí le decían y mucho. Sin ser un anacoreta como san Genadio en tierras de los montes Aquilianos, todo cuanto contemplaba ensimismado le invitaba a silenciosas meditaciones: el vuelo pendular de las oropéndolas, de los pico-carpinteros en suaves ondulaciones -barquichuelas a merced de la mar oceana- hacían que viajase al mundo de lo sobrenatural. No; tanta belleza no puede ser obra de la casualidad.

Y recordó: “el mundo está muy bien hecho”. Mientras se adentraba en la espesura de la ribera, entre álamos, zarzales y bálago abundante -alfombra natural-, meditó: ¿hecho por quién…? Lo he dicho ya en esta serie y no me importa tripitir lo que, entre otras cosas, le vino envuelto en el susurro de la brisa: que el mundo está bien hecho. ¿Cómo no estarlo si es obra de Dios? Sin más pensamiento que éste, y en la umbría que cobija el embarcadero, donde la barca espera pasajeros para la travesía hacia el pueblín que hoy es Peñalba, tomó asiento en uno de los escalones de bajada y se perdió en las laderas que se derrumban espectaculares en las cortaduras que denominan Derroñadas. Y en las hondonadas de nombre Caveñas. En ellas, al agrego de carrascas, tomillos y romero, las raposeras. Más arriba en la línea que, nítida en el horizonte dibuja el cerro donde muere el páramo, los cabañuelos, antiguo castro celta. Parapetos de piedra que el señor Silviano, oriundo de Villabáñez, ocupa a diario para cazar “a la espera”. Lugares todos que saben de sus pisadas una y mil veces, y que por el momento no le dicen más que “el mundo está bien hecho” para la caza, trabajo en él -objetivo éste de las consideraciones que siguen- y custodiar obra tan perfecta.

Han tenido que pasar muchas lunas, primaveras, veranos, otoños e inviernos, para que, llegada sin prisa ni pausa la edad provecta, además de reconocer la hechura tan bella de ése su mundo, bendijera y diera las gracias al verdadero Amo y Señor de riberas, laderas, caveñas, Derroñadas y cuanta flora y fauna sólo admiró y disfrutó en edades – ¡ay! -, ha tanto tiempo que pasaron.

No se tuvo que inventar ningún dios entonces ni ahora, porque recibida en su casa primero de sus padres y continuada luego en el colegio las enseñanzas y prácticas de las verdades fundamentales del cristiano, ha sabido reconocer la voz de Dios en la brisa que enreda entre la arboleda en suaves en siseos que hablan de su presencia en tantos y tan bellos lugares.

Hay algo, mucho, en esto que me gustaría destacar para mis amigos y probables únicos lectores: reconocida la voz en su obra creada, ¿por qué no hablar y contestarla como se hace con un amigo? Si en la adolescencia sólo lo barruntó, en la madurez lo hizo. ¿Y qué es sino oración ver, oír y hablar con Dios presente en éste su paraíso? ¿Acaso no es posible que igualmente lo haga el pintor al plasmar en el lienzo lo que ven sus ojos? ¿Y el carpintero al desbastar la madera en bruto, que con el trabajo hecho a conciencia puede convertirla en sillería preciosa? ¿Y el tractorista labrando la tierra, que, de campo de espinas y abrojos, la revierte en campo labrado apto para producir alimentos? Y…, y…

Para no inventar en lo que no estoy muy ducho, lean mejor, si les pete, lo que al respecto opina el “santo de lo ordinario”, san Josemaría Escrivá: Al llamar a cada persona a una vocación a la santidad, Dios le está proponiendo un modo específico de realizar su fin humano y sobrenatural en la tierra, no solo en la contemplación, sino precisamente a través del trabajo, de la vida ordinaria, porque «el Señor nos ha dado a cada uno cualidades y aptitudes concretas, unas determinadas aficiones; a través de los diversos sucesos de vuestra vida se ha ido perfilando vuestra personalidad y habéis visto, como más propio, un cierto campo de actividades. Al trabajar después en ese campo concreto, se ha ido configurando progresivamente vuestra mentalidad, adquiriendo las características peculiares de ese oficio o profesión. Todo eso -vuestra vocación profesional- habéis de conservarlo, puesto que es cosa que pertenece también a vuestra vocación a la santidad.»

Pero el trabajo es más que eso: es también colaboración en la obra creadora de Dios, una llamada a reconciliar la creación con Dios, después del pecado, y un medio para hacer presente y para actualizar en el tiempo la redención que Cristo llevó a cabo. «El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la humanidad. Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían”.

`Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo bendijo diciendo: «Procread y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la tierra”. Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora”.

Será en el próximo D. m., una vez que baje de la nube, cuando vuelva a los diversos cultivos del valle.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm8.staticflickr.com/7921/33434358468_3fbbd13dd2_b.jpg

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