Por Javier Pardo de Santayana

( Vineta de Tomás Serrano en El Español el pasado día 25 de mayo) (*)
¿Recuerdan ustedes aquella recomendación que inducía a pellizcarse cuando se quería asegurar que lo que estaba uno viviendo, viendo u oyendo, era algo real; que no se trataba de un mal sueño? Pues habría que volver a utilizarla. Por ejemplo cuando, como hoy mismo, en plena campaña electoral, oímos el mensaje de uno de los partidos que solicitan nuestros votos invitándonos a convertirnos en república como si esto se tratara de un avance que prometiera todas las venturas.
Y digo yo que no son sino ganas de enredar, porque muy mal debe andar nuestro sistema educativo para que alguien se trague la incitación propuesta. Bastaría con conocer un poco de nuestra propia historia para echar a correr despavoridos ante la propuesta. Bastaría, sí, que se conociera simplemente lo que sucedió a nuestros padres o a nuestros abuelos en su día para pensar que quien propone poner las cosas boca arriba no se halla en sus cabales.
Se trata de los llamados “populistas”, o sea comunistas de nuevo cuño que debieran sentirse fuera de servicio a tenor de los funestos resultados obtenidos por sus predecesores el pasado siglo, pues ya les conocemos y sabemos que nadie en su sano juicio desearía atender su petición de voto para volver a una situación que ya vivimos y conocemos de corrido.
En efecto, “los nuevos comunistas” que ahora pretenden medrar en la política siguen siendo más o menos lo que fueron siempre: revolucionarios a los que si se les dejara hacer su voluntad se llevarían todo por delante y acabarían instaurando una ideología conocida ya de antiguo y que acabó como acabó: fracasando tan rotundamente que hasta sus propios promotores renegarían de ella abiertamente.
No es de extrañar, por tanto, que los países que cayeron en sus garras se “liberaran” de sus asesinatos, deportaciones y persecuciones – y de sus gulags y de sus checas – en suma, de la tiranía del poderoso Kremlin, tan pronto como fue posible hacerlo tras su derrota en la llamada “Guerra Fría”. De ahí mi asombro al recontar los votos y ver cuántos de nuestros ciudadanos aún confían en las nuevas hordas y en sus compadres independentistas, que ésta es otra. Porque, ¿cómo es posible que después de vivir lo que vivimos veamos todavía a gente que plantea soluciones contraproducentes y felizmente fracasadas a los problemas de una “sociedad del bienestar” que sólo fue posible en un contexto de unidad, de libertad y de respeto mutuo? ¿Cómo pueden quedar aún tantos españoles que parecen dispuestos a morder de nuevo en el anzuelo?
Pero se ve que en el programa educativo no debe entrar el conocimiento matizado de la Historia, no ya sólo de España sino también de Europa. O que si entra lo hace con ella falseada: ahí tienen ustedes el mejor ejemplo en esa Ley de la Memoria – o más propiamente, “desmemoria” histórica – que no quiere que nadie nos recuerde a qué lugares nos llevó en los años treinta la formación de un ominoso “Frente Popular” en que los socialistas formaron equipo con los comunistas y aplicaron las prácticas soviéticas. Funesta decisión en tiempos de la expansión de una ideología a la sazón empeñada en conquistar el mundo, para lo cual España era una presa propicia y deseada.
¿Cómo se explica entonces que después de aquella experiencia insoportable, y cuando somos ya parte de una Europa unida y solidaria que vivió la experiencia de tres guerras y decidió evitarlas para siempre, volvamos, como si no pasara nada, a las andadas?
Cierto es que estos tiempos son distintos de aquéllos, pero el programa de los nuevos comunistas del puño en alto y la amenaza en grupo no es esencialmente diferente del que tuvieron sus predecesores mas cercanos, como sucede con los independentistas, que no parece que se hayan dado cuenta de que el mundo está ya globalizado. Y sin embargo hay gente que les vota.
Sí; parece totalmente incomprensible que en una “sociedad del bienestar” que, como la española, ha alcanzado tal consideración gracias a un sistema de libertades, derechos y deberes propio del pensamiento occidental – una sociedad soñada como modelo que es por toda clase de emigrantes que se juegan la vida por llegar a ella – vuelva a oírse la voz desafinada de los viejos vendedores de quimeras.
Y parece mentira, sobre todo, que haya aún quienes compren sus ideas: unas propuestas desacreditadas por tanta sangre y dolor como causaron, y que ya parecían relegadas al rincón de los más siniestros pasajes de la Historia.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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