Por José María Arévalo

( Joven. Acuarela de Ted Nuttall en Facebook) (*)
“El ser humano biológico: los instintos y la supervivencia. El lamentable olvido de la ideología de género” es el título del capítulo 8 del libro “Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres. Para entender como nos afecta la ideología de género”, de Alicia V. Rubio – titulada en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca y profesora de educación física en un centro público de Madrid durante veinticinco años-, editado en 2016 por la digital Titivillus, que estamos reseñando en esta serie.
“El ser humano –comienza Alicia V. Rubio este capítulo-, con independencia de las teorías filosóficas y religiosas que le dan una transcendencia mayor, es eminentemente un animal y, como tal, está sujeto a todas las características propias de los seres vivos y a todos los instintos y pulsiones que determinan el comportamiento de éstos, independientemente de que posteriormente se tomen en consideración otros factores individuales o colectivos, sociales o culturales, filosóficos o morales, para explicar el comportamiento humano. Los seres humanos son producto de una herencia biológica que impregna toda su existencia y, como consecuencia, portadores de los signos de su «animalidad».
Las características físicas esenciales, los procesos emocionales y mentales así como las características conductuales, se han desarrollado en un proceso gradual de evolución biológica. Ya hemos visto que la base fisiológica de los procesos mentales es un hecho aceptado a través de la moderna neurofisiología cerebral.
Por otro lado, el hecho esencial de la evolución no se cuestiona en la comunidad científica. Existen diferentes teorías que discrepan sobre los posibles mecanismos capaces de regular el proceso evolutivo, pero no en el hecho de que existe un proceso adaptativo a través de cambios más o menos lineales en las especies.
Es verdad que el papel que juega la evolución en la determinación de nuestro comportamiento es un tema abierto al debate, al igual que la difusa línea entre las conductas instintivas y adquiridas. Parece claro que nuestra capacidad cultural es un producto de la evolución biológica y que, en ese sentido, la cultura humana es descendiente directa de nuestra biología. No es menos cierto que existen unos comportamientos comunes a los hombres que son diferentes de los de las mujeres y a la inversa, las mujeres tienen comportamientos comunes entre sí y distintos a los varones. Tras tratar de explicar todos estos hechos por causas culturales o educacionales y tratar de variarlos cambiando esos aprendizajes, continúan apareciendo para desesperación o sorpresa de quienes establecen esos orígenes conductistas y de adquisición cultural para cierto tipo de comportamientos. […]
La supervivencia como tal no deja de ser una lucha despiadada por prevalecer sobre otros individuos, otras familias, otras especies… y en una lucha tan seria, la vida no invierte medios de forma banal, sino que sus mecanismos de selección y supervivencia emplean métodos de reconocida efectividad.
Entre estos métodos mencionados me refiero en especial al instinto de supervivencia, mediante el cual el individuo utilizará todos los medios a su alcance para preservar su propia vida, y al instinto de conservación de la especie, mucho más poderoso que el anterior, que los genetistas actuales describen como supervivencia de los propios genes y que nos descubren como máquinas programadas para perpetuar la existencia de los genes de nuestras células. Desde ese punto de vista, la lucha por la propia supervivencia no sería sino una consecuencia lógica de ese afán por perpetuar nuestra herencia genética y que con nuestra desaparición no sería posible transmitir, aunque la preservación de la propia vida tiene, para otros estudiosos, una explicación racional sencilla como mero egoísmo individual. […]
Dejando aparte casos individuales que contradicen esa pulsión instintiva por un extremo y por el otro (la búsqueda de la pervivencia individual frente a la descendencia, y la defensa de seres de la misma especie genéticamente no relacionados) parece indiscutible que la naturaleza ha establecido una serie de mecanismos que facilitan la supervivencia de la especie y la preservación de la reproducción y que en el caso humano nos hace tener una serie de comportamientos que sólo son explicables desde ese punto de vista y que están inextricablemente unidos a nuestra genética, nuestra anatomía, nuestra fisiología y nuestras adaptaciones evolutivas.
Los animales a los que solemos referirnos como superiores en la cadena evolutiva han desarrollado una serie de estrategias para sobrevivir como especie que, hasta el momento, les han funcionado razonablemente bien.
Las consideraciones que a partir de ahora se van a realizar acerca del papel del hombre y la mujer en la defensa de la supervivencia de la especie y que derivará en comportamientos sociales, se enfocarán desde un punto de vista puramente biológico, sin condicionamientos éticos, filosóficos, morales, de estereotipos sociales o de roles de género.
Así mismo, el hecho de tomar como motor principal del comportamiento animal la supervivencia de los genes propios y de la especie por encima de otras variables, supone cuantificar la procreación como fin fundamental de la vida animal en tanto que es la forma de preservar la especie y los propios genes. Este enfoque viene determinado por un punto de vista científico, basado en las teorías genéticas y evolutivas actuales.
La naturaleza, y entiéndase como naturaleza el desarrollo evolutivo genéticoadaptativo a fin de alcanzar mayor eficiencia en la supervivencia, generó una división de funciones en los individuos de una especie. La existencia de seres con diferentes funciones en una misma especie no es algo extraño en los seres vivos y parece dar buenos resultados en especies con sociedades organizadas (hormigas, abejas…). De hecho, el paso a organismos más complejos desde los primeros seres vivos unicelulares se desarrolló por especialización de diversas células y asunción de funciones específicas para el funcionamiento y supervivencia común. En el caso del ser humano, al igual que en otras especies cercanas evolutivamente, la división de funciones se desarrolló en torno a la diferenciación sexual. Esta estrategia reproductiva suponía una serie de ventajas respecto a otras: el hecho de que hubiera una mezcla genética de individuos diferentes facilitaba la generación de individuos distintos con una carga cromosómica nueva o se posibilitaba la aparición de mutaciones, con lo que se enriquecían los rasgos genéticos y se facilitaba la aparición de mejoras adaptativas. La diferenciación sexual, con sus ventajas, salió adelante y dio paso a la probabilidad de que, por selección natural, fueran sobreviviendo los mejores de todas esas mezclas. Por otro lado, el hecho de que hubiera dos individuos de una especie implicados en el desarrollo y cuidado de una prole, también facilitaba la supervivencia de ésta respecto a la implicación de uno solo. Esto no significa que otras formas de reproducción no hayan podido ser efectivas y exitosas desde el punto de vista de la supervivencia. Hay especies asexuadas y nada nos impide pensar que si los caminos de la evolución hubieran ido por otro lado no hubieran aparecido formas de vida con tres sexos. Lo cierto es que la implicación de dos seres en la reproducción parece lo más efectivo en tanto que resulta suficiente para conseguir variedad genética y facilita los contactos reproductivos respecto a la hipótesis de tres o más seres implicados.
En un punto evolutivo concreto, la existencia de una diferenciación en el papel de los dos individuos implicados en la reproducción, sobrevivió a otras formas hasta llegar al desarrollo de especies animales en las que uno de los seres mezclaba sus genes con el otro y era este segundo el encargado de desarrollar a ese nuevo ser con carga genética diferente. El hecho de portar en el interior durante su desarrollo al nuevo individuo, resultó más efectivo en aras de su supervivencia como especie para un determinado grupo evolutivo por preservarse más fácilmente la supervivencia individual de la cría. Los mamíferos triunfaban en su lucha por la adaptación con ese tipo de estrategia reproductiva que implicaba diferentes roles para machos y hembras al asignarles distintos papeles, si bien esto implicaba otra serie de aspectos que podían perfeccionar esa forma de reproducción facilitando la supervivencia como especie. Vayamos a ellas.
El medio al que los animales superiores debían adaptarse presentaba diversos peligros surgidos de la necesidad de sobrevivir frente a las agresiones de otras especies o de otros grupos de la propia especie. Es evidente que, en tales circunstancias, resulta positiva la figura del guerrero defensor del grupo, individuos con mayor fuerza y envergadura, lo que posibilita la defensa de los nuevos miembros que deben perpetuar los genes de los progenitores. El hecho de que uno de los individuos porte en su interior a la cría, perpetuación genética de la especie, lo hace más valioso desde un punto de vista biológico (siempre en referencia al objetivo último de supervivencia genética), y su vida más preservable que la del otro individuo que solamente ha colaborado genéticamente en la reproducción. Por ello, por la posibilidad de que en la defensa de la prole se pueda perder la propia vida, es más efectivo que ese papel lo realice el individuo que no porta otras vidas en su interior y cuya desaparición no comprometería la pervivencia como especie. De esta forma, el macho de la mayoría de las especies es físicamente más fuerte y poderoso que la hembra puesto que ese diseño facilita las labores defensivas que se le asignan.
No sólo está diseñado físicamente para la defensa del grupo y la búsqueda de alimentos que pueden implicar competencia o lucha. Su mente también está diseñada para ello. La testosterona se encarga de que, desde sus primeras descargas, el macho tenga más propensión a conductas temerarias e irreflexivas que facilitan esa labor. La ya mencionada menor relación entre el cerebro racional y el emotivo le hace que en sus comportamientos haya siempre un alto componente racional, salvo cuando las circunstancias le despiertan sentimientos muy poderosos y prevalece la parte emotiva del cerebro. Entonces, el grado de racionalización es menor que en la hembra, lo que le permite asumir conductas de riesgo personal. Esto es muy efectivo para luchar y defender.
Desde su pubertad, el macho humano tiende a conductas competitivas, de lucha… que le preparan para la función que a su especie le resulta más eficaz desde el punto de vista de la supervivencia. De hecho, la naturaleza, ante la posibilidad de una reducción de machos por esta causa antes de ejercitar su función reproductiva, sobreproduce embriones macho para reforzar su población. Tampoco la desaparición de una gran mayoría de machos compromete la supervivencia genética en tanto que, con la existencia de escasos individuos de sexo masculino, se puede producir la necesaria reproducción sustitutiva, siempre y cuando haya hembras.
La curiosa mayor capacidad masculina para la orientación, que muchos estudios ligan a la testosterona hasta el punto de determinar su disminución asociada a la pérdida de hormonas en la edad anciana, estaría determinada por su ancestral función de vigilancia del territorio y la búsqueda de alimentos y caza. Millones de años dedicados a esa importante función social acabaron favoreciendo a los machos con mayor capacidad de orientación. Y fueron sus genes los que se transmitieron con mayor éxito.
La hembra, por el contrario, está diseñada para su función de reservorio de la prole. De tamaño menor al del macho humano, sus capacidades físicas son también inferiores. Su organismo tiene tendencia a la acumulación de reservas alimentarias que facilitarían su supervivencia y la del embrión en caso de hambrunas y, además, suponen un colchón defensivo para éste en caso de golpes o caídas.
Sus articulaciones son más laxas, lo que le hace ser más flexible para facilitar el paso del embrión a través del canal pelviano pero presenta más facilidad para sufrir esguinces, luxaciones y subluxaciones así como una mayor propensión a recidivas. Su mayor grado de lordosis le hace tener más sobrecarga en la espalda.
Su físico está menos adaptado a los recorridos de largas distancias puesto que la mayor anchura de las caderas, a fin de permitir la salida del feto, da como resultado que sus extremidades inferiores presenten un ángulo más pronunciado en su prolongación hacia la rodilla, lo que supone una mayor incidencia en dolores pelvianos, de espalda, bursitis del trocanter mayor y problemas en las rodillas. Sus hombros, al ser más débil el manguito de los rotadores, sufren más probabilidades de lesión puesto que también presenta una media del 40% menos de masa muscular respecto al macho, lo que además supone una menor fuerza y potencia. Su conducta, al igual que la del macho, se guía por el instinto primordial de pervivencia de la especie. Desde su pubertad, la hembra reserva su integridad física evitando confrontaciones y situaciones de peligro. Y no lo hace por interiorización de estereotipos, como ya se ha demostrado, ni por pereza o vagancia, ni por imposición de unos roles sociales: lo hace porque quiere, porque se lo pide cada una de sus neuronas irrigadas con progesterona y encargadas de dictar las conductas que llevarán a sus genes y a su especie a tener las mejores estadísticas y probabilidades de perpetuarse.
Su permanencia en los poblados, ya sean trashumantes o estables, le hace menos necesaria la orientación en tanto que sí le resulta imprescindible la comunicación con sus congéneres, así como la empatía. La facilidad verbal de las hembras y su mayor facilidad para aprender a hablar pueden tener como fundamento esta función social de sedentarismo dedicado al cuidado de la prole y la relación social. Posiblemente la creación de alianzas con otras hembras era beneficioso y facilitaba sus funciones. Eso explicaría la mayor propensión a la verbalización y el trabajo cooperativo.
Igualmente, la mayor relación entre sentimientos, racionalidad y capacidad verbal que le proporciona un cerebro con un cuerpo calloso más desarrollado, le permite una mayor empatía, capacidad de comprensión de otros seres y una mayor posibilidad de comunicación de sentimientos y vivencias.
Todos estos comportamientos biológicos e instintivos dan lugar, en relación con la práctica deportiva, a una falta de interés por medirse y confrontarse propia de los varones a causa de la testosterona, que le evita riesgos improductivos y le induce a no tener excesivo interés por los deportes de contacto. Tampoco le son propias las actitudes de violencia ni se siente empujada a la lucha y el enfrentamiento. No por ellos son sumisas, sino que no encuentran ventaja en actitudes más agresivas, que para el varón son consustanciales para defenderse, defender al grupo, o luchar por la supervivencia. La lucha por la supervivencia femenina es otra, no mejor ni peor, simplemente es más exitosa para su función antropobiológica y su constitución. La constatación y la aceptación de que la función biológica de la mujer, su rol vital en la evolución, para la que está perfectamente acondicionada tanto en su anatomía, su fisiología, sus procesos cerebrales y sus comportamientos instintivos es la maternidad, es algo inasumible por algunos. Sin embargo, así es y así se demuestra en este estudio.
De ninguna forma se afirma que sea una obligación personal para las mujeres actuales el ser madres, pero entender esto puede ayudar a la verdadera mujer, no a la construida socialmente, a situarse en el mundo, a comprenderse, a ser comprendida, y a elegir libremente, entendiendo su origen, su función y sus deseos.
Acerca de la elección de trabajos y estudios, es evidente que la mayor empatía de la mujer con sus congéneres y su innata capacidad de cuidado de las crías, así como su mayor capacidad verbal y relacional a efectos de transmitir sentimientos y percepciones le empuja a sentirse más competente y más cómoda en actividades de cuidado de personas, de trato humano, de enseñanza y trabajos cooperativos. Muchas mujeres eligen el cuidado de sus hijos frente a una carrera profesional que consideran menos atrayente y demasiado competitiva. No ceden ni transigen frente al varón sino que, en su fuero interno, sienten que la felicidad no siempre está donde les han dicho. La biología tiene poderosas estrategias que han hecho que las necesidades para la supervivencia de la especie tengan compensaciones emocionales poderosas que garanticen que determinados comportamientos se van a realizar.
Actualmente no parece haber riesgo de extinción, pero nuestra biología es la misma que cuando todas las catástrofes diezmaban la población humana y su supervivencia dependía de la conjunción de diversos factores, entre ellos los comportamientos instintivos y los roles biológicos. No se trata de imponer ahora roles biológicos, sino que sepamos de dónde nos vienen muchos de nuestros gustos, deseos comportamientos, habilidades, intereses, percepciones y capacidades, y aceptarlas o tratar de variarlas sin que se nos engañe con teorías sin base científica alguna.
Esta destrucción de los roles biológicos que garantizan la supervivencia y que es, en último extremo, la esencia de la ideología de género coincide plenamente con la estrecha asociación que siempre se ha hecho entre los lobbies malthusianos, multinacionales abortistas y los defensores de esta falacia.
También es importante que los varones, tan cuestionados y demonizados por sus comportamientos más competitivos entiendan, al igual que la sociedad, que es parte de su biología. Y conociéndose en su esencia, puedan comprenderse y actuar sobre ello. Los varones son más agresivos y responden más comúnmente con actos físicos porque la biología les encomendó durante millones de años unas funciones nada envidiables en las que se dejaban la vida. Pueden, y durante toda la existencia de la humanidad lo han hecho, ser sensibles y respetuosos con los débiles a los que protegen. La especie humana no hubiera sobrevivido en caso contrario. La actual deriva de la ideología de género que los considera maltratadores congénitos por su naturaleza masculina, no solo es injusta, sino arbitraria y solo obedecería a una elaborada destrucción de la masculinidad y de su imprescindible rol biológico de protección.
Respecto a la elección de trabajos y estudios, los varones eligen por gusto actividades donde también haya fuerza física, más competitivas y más arriesgadas, y no se sienten tan atraídos por algunos empleos típicamente femeninos. Ni los unos ni las otras están incapacitados para realizar actividades tradicionalmente del otro sexo pero, en general, no les atraen. Manipularles es injusto y no tiene ninguna razón sólida.
No cabe duda de que las diferentes cualidades de unos y otras pueden enriquecer los distintos ámbitos humanos con la participación en ellos de ambos sexos. Siempre y cuando se elija libremente. Y si no se igualan ratios no pasa nada. Lo que es inadmisible es la manipulación de esa elección de estudios y empleos frente a los gustos personales en aras de una igualdad externa, impostada, falsa y regada con fondos públicos.
Pasemos de los pies sujetos a esa tortuga que es la evolución biológica a la cabeza de la liebre: el ser humano cultural.”
Lo veremos en el próximo capítulo, el 9 del libro que reseñamos, titulado “El ser humano cultural: buscando el equilibrio y la felicidad”
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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