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Aniversario de san Josemaría

Tres foramontanos en Valladolid 30 Jun 2019 - 07:22 CET
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Por José María Arévalo

(En http://opusdei.org/es-es/ puede verse información sobre algunas de las misas organizadas por la festividad de san Josemaría) (*)

Llevamos 43 años celebrando en Valladolid –como en muchas otras ciudades del mundo- el 26 de junio una misa, si mal no recuerdo siempre en nuestra Catedral, los primeros por el alma de Josemaría Escrivá de Balaguer, que falleció en Roma el 26 de junio de 1975, y después en acción de gracias por su beatificación – por Juan Pablo II, que tuvo lugar el 17 de mayo de 1992- y diez años más tarde por su proclamación como santo, el 6 de octubre de 2002. San Josemaría nació en Barbastro (Huesca) el 9 de enero de 1902 y fundó el Opus Dei el 2 de octubre de 1928.

No creo haberme perdido, en los 43 años, esta misa del 26 de junio, salvo en una ocasión que me cogió de viaje. Siempre estuvo la Catedral abarrotada y lo más llamativo para mí fue el gran número de jóvenes que asistía; quizá al principio como yo era de ellos lo notaba menos, me parecía normal, pero con el paso de los años he caído en la cuenta de que a pesar de que aquellos jóvenes iniciales nos habíamos hecho mayores, seguía nuestra Catedral llena de gente joven, como ocurrió el pasado miércoles una vez más. Y cada vez más llena, supongo, como es lógico, porque las defunciones son muchas menos que las nuevas incorporaciones de jóvenes.

Yo conocí al fundador del Opus Dei en el año 1965, en Pamplona, a donde fui para asistir a una de las tertulias que se celebraron, con ocasión de la Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra, en el teatro Gayarre, abarrotado. Pero antes, por la mañana, me pasé por el Colegio Mayor Aralar, donde me dijeron que podía estar y a lo mejor verle. Un amigo me coló y me indicó que esperara en el pasillo próximo al oratorio, por el que podía pasar el Padre –como le llamábamos cariñosamente-. Y, en efecto, unos minutos después apareció junto con un matrimonio, y se metió en el oratorio. No me atreví a acercarme a él, a su paso, porque, del brazo del marido, iba hablando con la señora, hecha un mar de lágrimas, a la que decía palabras de consuelo. Entré tras ellos en el oratorio, y allí asistí a la bendición con el Santísimo que ofició el Padre. Creo que dijo, una vez abierto el sagrario y volviéndose a los que asistíamos, unas breves palabras, no recuerdo cuales pero sí que se dirigió al Señor, tratándolo, hablando con Él, como si estuviese presente con su Humanidad santísima, con una absoluta confianza y enorme delicadeza. Nunca había visto yo cosa igual. Creo recordar dijo primero “con vuestra licncia, soberano Señor sacramentado”, para después dirigirse unas veces a Él y otras a nosotros. Fue solo un minuto, pero para fortalecer mi fe en la presencia real del Señor en la Eucaristía, fundamental.

Hablaba con el Señor y con nosotros con una naturalidad fenomenal. Igual que, por la tarde, en la tertulia del Gayarre, a pesar de que estaba rodeado de miles de personas. Dijo unas palabras de introducción y después pidió que le preguntáramos. Y así, durante algo más de una hora, tuvimos una de las famosas tertulias con él –yo asistiría después a varias más de estas multitudinarias en Pamplona, ese año y dos más en 1967, y en el Colegio Tajamar de Madrid en 1972- que eran igual que las que tenía con grupos pequeños, como en la que tuve la suerte de participar en el centro de información de la Obra en Madrid, con unos cuarenta periodistas como yo entonces. Recuerdo que le hice dos preguntas, al principio la clásica “Padre, cuando va a venir a Valladolid”, a lo que siempre contestaba que cuando le llevaran, que él no mandaba, y al final una más personal, que me preocupaba, sobre como escribir de Dios sin que quedara clerical, a lo que me contestó que él escribía mucho sobre Dios y no creía que resultara clerical. Era totalmente cierto, pero me pareció no me servía en la práctica porque es natural que un sacerdote escriba de Dios, pero yo no soy sacerdote. Sin embargo con el tiempo le saqué partido, porque era de admirar la naturalidad con que se expresaba, por escrito y de palabra, san Josemaría.

Precisamente sobre ello he leído hace poco un artículo que no me resisto a reproducir, sobre cómo escribía san Josemaría igual que hablaba, con viveza coloquial, y como hablaba igual que escribía, con la misma riqueza de expresión. Está en la voz ´Predicación´ del Diccionario de san Josemaría, en el apartado “4. El estilo de la predicación de san Josemaría”. Firma el artículo José Antonio Loarte:

“La predicación de san Josemaría fue innovadora. En primer lugar, por el contenido, ya que al predicar el espíritu del Opus Dei difundía aspectos del Evangelio en muchos ámbitos poco conocidos o incluso ignorados (la llamada universal a la santidad, la santificación del trabajo, el amor al mundo, la comprensión del matrimonio como vocación cristiana, etc.). Pero también por el modo como la propuso. A juzgar por los testimonios que poseemos, la predicación de san Josemaría sonaba a sus oyentes muy distinta de la retórica sagrada en uso. Lo sintetizaba en el consejo que daba a los sacerdotes: que, al predicar, trataran de hacer oración personal. Lo mismo enseñaba a los oyentes: la oración ha de ser, ante todo, diálogo personal con el Señor. “Cuando me dirijo a vosotros –decía, por ejemplo, al comenzar una meditación–, cuando conversamos todos juntos con Dios Nuestro Señor, sigo en alta voz mi oración personal: me gusta recordarlo muy a menudo. Y vosotros habéis de esforzaros también en alimentar vuestra oración dentro de vuestras almas”.

( San Josemaria en Argentina en 1974) (*)

Mons. Álvaro del Portillo, en el prólogo a Es Cristo que pasa, resume en tres las características de la predicación de san Josemaría: profundidad teológica; conexión inmediata entre la doctrina del Evangelio y la vida del cristiano corriente; lenguaje directo, sencillo, de una amenidad inconfundible (cfr. ECP, pp. 12-14). Preparaba las meditaciones y homilías teniendo en cuenta los destinatarios concretos, para adaptarse a su situación. Y pedía al Espíritu Santo el “don de lenguas” para hacerse entender; un “don de lenguas” que no consistía en el carisma sobrenatural de que habla el Nuevo Testamento, sino en la capacidad de hacer llegar su mensaje a las almas de los que le escuchaban.

Al exponer las ideas y consejos que eran fruto de su oración y de su vida, imitaba el modo de proceder de Nuestro Señor: la parábola. Quizá sea éste “el recurso literario y espiritual más característico de Josemaría Escrivá como predicador”, apunta un estudioso, que añade: “El hombre no puede pensar sin imagen (…). De acuerdo con nuestra constitución humana, entendemos mejor la idea (…) cuando es «idea encarnada», tropo, ejemplo, idea-imagen (…). El hecho se refuerza por la modalidad precisa de la predicación de Cristo mismo: hablaba a las muchedumbres en parábolas. Los más altos misterios del Reino eran revelados por su boca en el lenguaje de los sucesos cotidianos de sus oyentes (…). Josemaría Escrivá se conmovía ante esta condescendencia verbal de Jesús, comentaba sin cesar sus parábolas, y… discurría las suyas propias” (Ibáñez Langlois, 2002, pp. 95-96).

El P. Cornelio Fabro, en un libro que lleva por título “El temple de un Padre de la Iglesia”, comparó a san Josemaría con los antiguos predicadores y escritores cristianos, por la profundidad de su doctrina y la claridad con que la exponía en su predicación y en sus escritos. “El estilo ha sido siempre un medio de esencial eficacia para la homilética, la pastoral y la apologética. Las obras de los grandes santos –escribe el P. Fabro– suelen ser precisamente obras de gran altura literaria (…). El estilo de Escrivá de Balaguer es de gran valor. Es un estilo suelto y claro, a la vez conciso e imaginativo, que usa de la gran prosa para exponer los principios, y de las delicadas alusiones a los más íntimos movimientos del alma. En el plano literario, considero estos escritos, y especialmente los dos volúmenes de homilías, un modelo del género, que puede compararse con los grandes escritos del Siglo de Oro español, leídos y admirados por él” (Fabro, 2002, p. 59).

A la misma conclusión llega José Miguel Ibáñez Langlois, que fue testigo de la predicación de san Josemaría en Roma. Después de advertir que el discurso oral y el discurso escrito poseen diferentes reglas de construcción, el crítico literario chileno señala: “En virtud de esa dualidad, son contados los hombres de letras que «escriben como hablan» –con viveza coloquial–, y contados son también los que «hablan como escriben»: con rigor a la vez sintáctico e intelectual. Menos aún –contadísimos– son los que cumplen ambas proezas a la vez: escribir como hablando y hablar como escribiendo” (Ibáñez Langlois, 2002, p. 94). Y, exponiendo su directa experiencia en la tarea de transcribir las palabras del fundador del Opus Dei, en la que participó durante su estancia en Roma, añade: “Como tantos otros, me asombré siempre con auténtico pasmo del rigor sintáctico, formal e intelectual del resultado transcrito: un lenguaje perfecto –y un pensamiento orgánico– sin dejar por eso de ser coloquial y espontáneo. Aun los más letrados suelen hablar «en borrador»: él hablaba «en limpio». Siempre” (Ibáñez Langlois, 2002, p. 95).

Esa facilidad para llegar a los oyentes, cualesquiera fuesen su formación cultural y religiosa, era fruto de la gracia divina, pero también del empeño por expresarse con claridad y de manera agradable. Se trataba, ciertamente, de una cualidad otorgada por el Señor, pero san Josemaría se esforzó por desarrollarla desde joven mediante lecturas de los clásicos castellanos y de los Padres de la Iglesia. Este binomio –invocación confiada al Paráclito y exigente preparación– da razón de los abundantes frutos espirituales que cosechaba en su predicación. Su palabra, engarzada en expresiones certeras de la lengua, producía “una serie de efectos de cercanía y viveza que ponen de relieve, por una parte, la claridad y la fuerza de las cosas que se dicen; y, por otra, la normalidad, la referencia a la gente corriente, aunque el tema sea siempre santidad heroica. La aplicación personal es entonces más profunda, íntima, exigente, concreta” (Alonso Seoane, 2002, p. 165).

Lo atestigua el P. Félix Carmona, O.S.A., a propósito de los ejercicios espirituales a los que asistió en El Escorial, de los que ya se ha hablado. Escribe: “Las anécdotas y ejemplos tremendamente gráficos con que ilustraba su exposición doctrinal quedan más en mi recuerdo que en mis apuntes. Empleaba un estilo directo, muy bíblico, y con interpretación muy práctica de la Palabra de Dios. Solía hablar en singular y ayudaba a fijar la atención con el reclamo al planteamiento personal o el recurso a la anécdota” (Félix Carmona, “Un santo de nuestro tiempo”… cit.: Serrano 1992, p. 44).

Esta descripción es un eco fiel del modo de predicar de san Josemaría, como se pone de manifiesto en el siguiente párrafo de una de sus homilías. Tras hacer una serie de preguntas comprometedoras para el auditorio, explica: “Es necesario empezar por convencerse de que Jesús nos dirige personalmente estas preguntas. Es Él quien las hace, no yo. Yo no me atrevería ni a planteármelas a mí mismo. Estoy siguiendo mi oración en voz alta, y vosotros, cada uno de nosotros, por dentro, está confesando al Señor: Señor, ¡qué poco valgo, qué cobarde he sido tantas veces! ¡Cuántos errores!: en esta ocasión y en aquélla, y aquí y allá. Y podemos exclamar aún: menos mal, Señor, que me has sostenido con tu mano, porque me veo capaz de todas las infamias. No me sueltes, no me dejes, trátame siempre como a un niño. Que sea yo fuerte, valiente, entero. Pero ayúdame como a una criatura inexperta; llévame de tu mano, Señor, y haz que tu Madre esté también a mi lado y me proteja. Y así, possumus!, podremos, seremos capaces de tenerte a Ti por modelo”.

Para concluir, recojo el comentario de uno de los obispos españoles que fueron testigos de la predicación de san Josemaría a los sacerdotes. “Mons. Álvaro del Portillo –refiere el actual Prelado del Opus Dei– recordaba un comentario de don Luciano Pérez Platero, que sería con el tiempo Arzobispo de Burgos. Cuando era Obispo de Segovia, asistió a un curso de retiro para el clero y, al final, se sintió obligado a pronunciar unas palabras de agradecimiento al predicador. Entre otras cosas dijo: «Don Josemaría siempre hiere; unas veces con espada toledana; otras, con bomba de mano»” (Javier Echevarría, “Conferencia al clero de Valencia”, 5-II-2010, Romana. Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, 50 [2010], p. 108).

Es un modo muy acertado de expresar la eficacia de la palabra de san Josemaría. Esa palabra sigue viva, gracias a sus escritos y a las filmaciones de sus reuniones con tantas personas.”

Así que la contestación del Padre a mi pregunta, en aquella tertulia con periodistas, tenía mucha razón, como pude descubrir después, con gran satisfacción. Me ha hecho ilusión recordarlo ahora, en su fiesta, y pedirle ayuda de nuevo, ahora para esta afición de jubilado que mantengo.

Con todo, no ha sido eso lo más importante que aprendí de san Josemaría, sino el emplear esa naturalidad en el trato con el Señor y un montón de cosas más que enseñaba para afrontar la vida, como el olvido de uno mismo –“no os miréis el ombligo”, les inculcaba yo a mis hijos desde pequeños, aunque creo que entonces no entendían mucho y se levantaban la camisa para ver si lo tenían-, que todo es para bien – el “omnia in bonum” de san Pablo-, que el amigo más cercano es el ángel custodio, las miradas a las imágenes de la Virgen que tenemos en casa, que la vida interior es comenzar y recomenzar –el arte de aprovechar nuestra faltas-, la importancia de vivir las normas del plan de vida espiritual ajustado a nuestras circunstancias, y un largo etcétera del que está lleno el espíritu del Opus Dei y que recomiendo vivamente.


(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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