Por José María Arévalo

( Jóvenes en la barra. Acuarela de Álvaro Castagnet en Facebook) (*)
Tras analizar, en el capitulo anterior “El ser humano biológico: los instintos y la supervivencia”, dedica Alicia V. Rubio – titulada en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca y profesora de educación física en un centro público de Madrid durante veinticinco años- el capítulo 9 a “El ser humano cultural: buscando el equilibrio y la felicidad”, en el libro, que estamos reseñando en esta serie, “Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres. Para entender como nos afecta la ideología de género”, editado en 2016 por la digital Titivillus.
Comienza este capítulo con una cita de Giovanni Pico de la Mirandola tomada de “De dignitatis hominis”: “Dios tomó al hombre como criatura de naturaleza indeterminada y, asignándole un lugar en medio del mundo, le dijo así: «Adán, no te he dado un cuerpo concreto ni una forma que te sea característica, con el fin de que puedas asumir la forma y las funciones que desees de acuerdo a tu propio juicio. La naturaleza de todos los demás seres está limitada y constreñida por los límites de las leyes que he prescrito. Tú, que no estás constreñido por límites… establecerás por ti mismo los límites de tu naturaleza… como hacedor y modelador de ti mismo en la forma que prefieras, tendrás la capacidad de degenerar hacia formas de vida inferiores, que son bestiales, pero también tendrás la capacidad, por tu espíritu y por tu juicio, de renacer en formas superiores, que son divinas».”
“No hay duda –continúa Alicia V. Rubio- de que nuestra herencia biológica lo impregna todo y que nuestro cuerpo y nuestra mente se han desarrollado en un proceso gradual de evolución biológica. Es evidente, también, que nuestra capacidad cultural es producto de nuestra evolución biológica. […]
Sin embargo, constatar, como se ha hecho en anteriores capítulos, que la cultura humana es descendiente directa de nuestra biología y que la herencia genética tiene un peso específico en el comportamiento humano, no supone dejar de valorar, en su justa medida, el otro puntal que conforma al ser humano: la cultura, que ha desarrollado su propia iniciativa siguiendo un camino bastante independiente del proceso natural que inicialmente la había generado. Y esto es debido a que, al contrario que la evolución biológica, la evolución cultural tiene la capacidad de desarrollarse por sí misma, reproducirse y mutar mucho más rápida y eficazmente que cualquier sistema natural. Nuestra naturaleza biológica avanza lentamente, pero nuestra cultura corre a toda velocidad.
Por ello, como decía Pascal: somos animales, sí, pero somos mucho más que eso. Somos producto de la evolución biológica que es un proceso lento y natural, pero también somos producto de ese otro tipo de evolución, nuestra propia evolución cultural, que es un proceso mucho más rápido y «antinatural». De hecho, la evolución biológica desde los hombres-mono y hasta el hombre actual ha durado cuatro millones de años, mientras que en los últimos 200 años hemos conseguido unos logros científicos que hacen que el hecho de tener que vivir anclados a nuestra biología, tan semejante a los neardenthales, con un modo de vida tan diferente y con necesidades tan ajenas a ellos, nos produzca una serie de contradicciones de compleja solución.
Y esa dicotomía entre la cultura y la biología, produce un conflicto en los humanos que nos hace sentirnos seres con un pie atascado en el pasado biológico y otro en el presente cultural.
Según el antropólogo Edward B. Taylor, la cultura sería esa unidad compleja en la que se incluye el saber, las creencias, el arte, la moral, las costumbres y cualquier otra capacidad o hábito adquirido por el hombre como miembro de una sociedad. Gracias a esa capacidad cultural hemos creado una serie de «extensiones culturales» sin las cuales seríamos incapaces de vivir y que van desde las herramientas a las leyes, desde el lenguaje a la penicilina… Curiosamente, esta evolución cultural es independiente de la evolución biológica y puede darse en un solo individuo, como sería el caso de la adaptación al mundo actual de un aborigen de una tribu ignota, o en un grupo humano, capaz de heredar y aprender la evolución cultural de cientos de años de otros grupos humanos, como fue el caso de los japoneses que, de ser una sociedad medieval, pasaron en pocos años a superpotencia industrial.
Esta capacidad es así porque utiliza un mecanismo de transmisión diferente al de la biología: un individuo puede adquirir características que otros obtuvieron. Digamos que, mientras la evolución biológica es darwiniana, la evolución cultural es lamarckiana: por herencia de caracteres adquiridos por otros.
Por otro lado, la evolución cultural podría subdividirse en dos componentes principales: la evolución social y la evolución tecnológica. La evolución social puede tardar en desarrollarse décadas, siglos o incluso milenios y abarcaría leyes y gobierno, economía, estructuras sociales, arte, religión… La evolución tecnológica, que abarca todos los descubrimientos y avances científicos y tecnológicos es mucho más rápida, y en las últimas décadas parece haber alcanzado la velocidad de un bólido cuesta abajo. Desde los primeros útiles que fabricó el hombre, esta evolución ha ido cogiendo velocidad uniformemente acelerada y cada nuevo descubrimiento o aportación, acelera su desarrollo.
Sin embargo, ambas no sólo presentan diferencias en su velocidad, sino también en su trayectoria: lo mismo que la evolución tecnológica resulta evidente que sigue una línea recta hacia adelante, la evolución cultural parece dar vueltas, o seguir una trayectoria pendular en la que, llegado a un límite, el desarrollo vuelve a su eje y se desvía hacia el lado contrario.
Ni filósofos de la talla de Platón pueden considerarse inferiores a los actuales, ni la democracia o los totalitarismos son algo nuevo, sino que se retrotraen a miles de años atrás, ni las estructuras sociales han cambiado tanto de hace 200 o 2.000 años a esta parte. Tampoco podemos afirmar que el arte actual sea mejor que el de la Grecia clásica o el del Renacimiento. El avance es pendular, de un extremo a otro, con algunas variantes y sin que, por el momento, hayamos conseguido parar el péndulo. Por caracterizar con una imagen esta evolución cultural, podríamos decir que estamos montados en un bólido en continua aceleración (tecnología) mientras quien lo dirige trata de controlarlo a través de movimientos pendulares (sociedad, filosofía, política). Supongo que cuando el bólido comenzaba su trayectoria, la mala conducción que implica el que se alcanzaran movimientos extremos no presentaba tantos riesgos. Sin embargo, ahora, el riesgo parece, por lógica, mucho mayor puesto que cualquier error a gran velocidad implica mayores consecuencias. Por ejemplo, un régimen totalitario en la época en la que el bólido tecnológico empezaba, lentamente, su andadura, podía exterminar algunos miles de personas. Todos tenemos en la mente la segunda guerra mundial que no deja de ser, en su enorme horror, algo menor comparado con lo que puede suceder actualmente. Y montados en el bólido, los conductores seguimos extremándonos en las posiciones de nuestra evolución cultural. Supongo que no resulta muy alentadora la imagen del animal con los pies atados en una tortuga y la cabeza de liebre montada en un bólido que conduce a gran velocidad a la vez que trata de sacar el hocico ora por la ventanilla derecha, ora por la izquierda, si se me permite desarrollar la imagen anterior. Es muy posible que sea bastante certera por lo que debemos tratar de mantener el equilibrio para no darnos un batacazo en todos los ámbitos.
Esta comparación es válida para todas las cuestiones ético-morales nuevas que la velocidad de los avances tecnológicos y médicos nos están presentando y que provocan una preocupante inestabilidad a esa evolución cíclica o pendular de los valores culturales. Inestabilidad que, precisamente se ve agravada por la ideología de la que estamos hablando y que nos separa los pies de la tortuga biológica dejándonos definitivamente sin sustrato estable en este viaje vertiginoso.
Volviendo al argumento central, lo cierto es que la evolución biológica y la cultural han estado íntimamente conectadas, se han apoyado mutuamente y son inextricables hasta cierto punto. De hecho, no tienen por qué estar siempre en oposición. Incluso es posible que la mayoría de las prácticas culturales sean adaptaciones de nuestra biología: el vínculo familiar, y marital, por ejemplo, es indudablemente una creación cultural que trabaja a favor de la preservación de las crías. Pero podría tener una profunda base biológica. Una reflexión sobre el hecho de que existan aspectos del comportamiento humano que tengan fundamento genético nos puede hacer constatar que hay una serie de ellos que se dan en todas las culturas casi de forma universal, que no han variado a lo largo de la historia conocida y que nos han reportado enormes ventajas desde un punto de vista puramente biológico. Esos comportamientos humanos universales, que se repiten en lugares y culturas diferentes y que son estudiados por la etología podrían, en algunos casos, estar integrados en ese grupo amplio de respuestas adaptativas heredadas genéticamente que llamamos instintos. Instintos de distintas categorías pero todos ellos parte de nuestro ser biológico y que los roles biológicos sexuales han podido determinar de forma diferente en ambos sexos.
No parece descabellada la posibilidad de que el cerebro presente comportamientos no adquiridos integrados en su configuración que parecen necesitar aprendizaje pero que, sin embargo, es evidente que no ha existido tal proceso educativo, por lo que pudieran tener un fundamento biológico. Sobre esto, puede dar una idea el hecho de que, por ejemplo, haya aves criadas en cautividad y que, sin haber podido aprender determinadas pautas de conducta de sus progenitores, sean capaces de fabricar sus nidos y cuidar de sus crías. A estas mismas aves, si se les eliminan los hemisferios cerebrales y se les deja la parte posterior, pueden sobrevivir y son capaces de volar, correr y comer, pero son incapaces de aparearse, construir su nido o cuidar de sus crías. En algún lugar de sus hemisferios cerebrales hay introducidas genéticamente una serie de comportamientos instintivos, que no reflejos, que exigían cierto aprendizaje que no ha existido, y que facilitan la supervivencia como especie.
Como puede suponerse, es precisamente en estos aspectos de nuestro comportamiento que parecen provenir de aprendizajes y por tanto se puede interpretar que son moldeables con la educación, donde más probablemente surjan conflictos entre las tendencias biológicas y las realidades que derivan de nuestra cultura. En el caso de las diferencias evidentes entre los comportamientos entre hombres y mujeres, la cultura ha tomado esas características debidas a influencias biológicas y las ha «hiperextendido» de forma no biológica dentro de la propia esfera cultural. Este fenómeno consistente en extender las inclinaciones innatas más allá de donde tales inclinaciones llegan, superando a la naturaleza, es conocido en antropología como hiperextensiones culturales que tienen una base biológica de forma que, en vez de enfrentarse a las inclinaciones innatas del ser humano, la cultura trata de imitar y extender tales inclinaciones hasta superar a la naturaleza. Por ejemplo, en algunas sociedades, se espera que el hombre sea agresivo, no sólo más que la mujer sino con una agresividad hiperextendida más allá que lo que la supervivencia de la especie exige, con unas costumbres sociales para la aceptación de sus miembros del tipo «traer una cabeza humana» (tribus de Nueva Guinea) o «matar un león» (guerreros masai). En el caso de las mujeres sería la costumbre social establecida en algunos países de no poder salir de casa, por ejemplo, pues las mujeres son más tranquilas y sedentarias que los hombres por las causas ya analizadas pero, sin embargo, el encierro es algo excesivo, incluso para las más hogareñas…
Tampoco, aunque la inercia mayoritaria sean esos comportamientos, todos o todas obedecen a estos modelos. Por ello y por otras causas, esas hiperextensiones socioculturales son indudablemente negativas como imposición, pero se basan en realidades antropobiológicas de difícil discusión. Además, una vez eliminadas, surge la base biológica que las había inspirado. Digamos que son un afianzamiento exagerado de un hecho preexistente, pero con una base real.
Los denostados roles sociales, por tanto, tienen una base antropobiológica que se consolida de forma paralela a la capacidad de reproducción sexual y a la división de funciones en la consecución del éxito evolutivo.
Pero esa trayectoria pendular que caracteriza a la evolución cultural humana, una vez llegó a su punto máximo de extensión de las inclinaciones biológicas, comenzó su trayectoria inversa y está llegando al punto contrario en el que las hiperextensiones culturales desprecian o incluso obvian las bases biológicas de los comportamientos y tratan de crear unos seres ajenos a sus anatomías, capaces de crear pautas de conducta lejos de añejos condicionantes físicos. Y aquí nos encontramos con la ideología de género y su descabellada arquitectura intelectual.
Puesto que la evolución cultural tiene como objetivo la búsqueda de la estabilidad y la felicidad de ese animal complejo capaz de llorar y reír porque las cosas no son como debieran, capaz, también, de cambiarlas o de adaptarse a ellas, habría que plantearse si la felicidad está en los extremos del péndulo o en el punto de equilibrio. Sobre todo, sabiendo que las tensiones entre nuestro ser biológico y nuestro ser cultural son la raíz de muchos de los problemas del ser humano.
Las nuevas hiperextensiones que propone la ideología de género, por ejemplo, que se puede adquirir un género como creación cultural independientemente del sexo, no presentan, en absoluto, una base biológica, sino que son creaciones culturales llevadas al límite. Por ello deberían llamarse «hiperextensiones hiperculturales». Las mujeres, una vez liberadas en las sociedades occidentales de las hiperextensiones culturales, que nos ataban de forma obligada a lo que por tendencia biológica tiende a gustarnos de forma voluntaria, tenemos derecho a no ser víctimas de las nuevas hiperextensiones hiperculturales surgidas de la ideología de género que, siendo igual de perniciosas, ni tan siquiera se fundamentan en bases biológicas.
Insisto en que son «arquitecturas de exageración cultural» basadas en planteamientos puramente culturales, sin base real; fundamentadas en deseos de cómo debería ser un mundo ideal al margen de condicionantes biológicos y por ello difícilmente idóneo. De la misma forma, estos planteamientos, en su negación de la realidad biológica consustancial al ser humano en sus dos variantes, hombre y mujer, nos convierten a las mujeres en hombrecillos incompletos e imperfectos y convierte a los hombres en maltratadores innatos, en seres agresivos y peligrosos que deben tratar de feminizarse por el bien de esta sociedad igualitaria. Trataremos de analizar estas afirmaciones.
La moderna ideología de género elimina de forma absoluta todas las raíces biológicas de nuestro comportamiento. Como ya se ha explicado en anteriores capítulos, que los hombres sean más agresivos, audaces, irreflexivos y racionales, violentos, competitivos… y que las mujeres sean más sedentarias, menos competitivas y más cooperativas, más cariñosas, más emotivas… que se presenta como comportamientos inculcados, roles y estereotipos sociales creados por cada cultura, no es en absoluto una hiperextensión cultural sino el fruto de millones de años de evolución y de reproducción sexual con roles biológicos, que no sociales, establecidos para el éxito (entiéndase «éxito» como supervivencia) de la especie humana. Estos roles biológicos también se comparten con la gran mayoría de los animales superiores, desde el león a las vacas, por ser los roles que la naturaleza ha decidido son los más funcionales. El que en escasísimas especies, los roles biológicos se intercambien con éxito, sólo es la excepción que confirma la regla general.
Hablando desde un punto de vista puramente evolutivo y de supervivencia de la especie humana, el macho es menos valioso que la hembra: un macho puede fecundar a muchas hembras salvando del riesgo de extinción a la especie, mientras que muchos machos y una sola hembra, por motivos obvios, no podrían evitar la extinción. O al menos lo tendrían tremendamente difícil por dos razones: la capacidad limitada de la hembra para gestar y parir, y la posibilidad de que varios de sus vástagos pudieran ser del mismo padre, lo que haría que sus genes semejantes reduplicaran taras genéticas en una posterior reproducción. En el caso inverso, un macho puede fecundar muchas hembras y los hijos de cada una conocen, a ciencia cierta, qué genes portan para evitar posteriores apareamientos con hermanos cuya genética coincida en ambos progenitores.
Naturalmente, por varias razones, la naturaleza especializó al «menos valioso macho» para la defensa de la prole dotándolo de un físico más fuerte y de mayor agresividad y a la «más valiosa hembra», con menos agresividad y mayor sedentarismo en sus comportamientos, para preservar su vida de forma más efectiva, puesto que con la pérdida de una hembra en las luchas, se podía perder una cría en gestación y crías lactantes, si las hubiera, lo que resultaba especialmente gravoso para la supervivencia. Y la naturaleza no suele despilfarrar recursos.
Pues, pese a las evidencias, ahora se exige que, «como somos iguales, o debemos serlo», las mujeres abandonen sus conductas instintivas y se comporten como hombres: deben realizar ejercicio físico como los hombres, gustarles los deportes que les gustan a los hombres, ser audaces, valientes y agresivas como los hombres, y denostar las características que han definido a la mujer por ser «encasilladoras y fomentadoras de roles sociales». Y como cumbre del encasillamiento social, aparece la maternidad, lacra femenina de hay que erradicar en aras de esa creación cultural de la nueva mujer.
Por otro lado, los hombres deben dejar de ser agresivos, audaces… y deben abrazar los conceptos que definían a las mujeres: sentimentales, cariñosos, emotivos, serviciales… si bien la presión social no es tan agobiante como la ejercida sobre las mujeres. E incluso, podríamos afirmar que se fomenta en aras de una concepción «metrosexual» del varón, creación cultural de un hombre que presenta como éxito la pérdida de algunas o muchas de las características que siempre han definido al individuo humano masculino.
Lo que se busca con la indefinición de los sexos y la pérdida de referentes para hombres y mujeres merece desarrollarse posteriormente, pero lo cierto es que llevados al extremo, estos refuerzos de los comportamientos que definen al sexo contrario han llevado a que la mujer acabe siendo un hombre incompleto y defectuoso. El hecho de que no se comporten, en una gran mayoría, como los varones ante el ejercicio físico, ha llevado a que las mujeres sean vistas como «unas vagas» (tal y como se las define en muchos estudios). Incluso las propias mujeres afirman, de sí mismas, ser vagas, pese a que muchas de esas «vagas» ante el deporte, son personas cumplidoras y trabajadoras en los demás ámbitos de sus vidas.
Por otra parte, la coeducación (educación conjunta de chicos y chicas), mezclada con la machacona cantinela de que somos iguales, sin querer afrontar con claridad en qué ámbitos somos iguales y en cuales, evidentemente, no lo somos, ha terminado provocando un sentimiento de inferioridad en las mujeres respecto a sus propias capacidades físicas al compararse continuamente con los hombres.
Como ejemplo de esta afirmación existen muchas anécdotas surgidas en las clases, pero hay una muy objetiva: durante muchos años, un colega y yo, introdujimos los datos obtenidos en las diferentes pruebas de condición física, por edades, en una base de datos informática. El objetivo era conseguir las medias reales de resultados por edad y baremar las notas según estos datos. En la prueba de salto horizontal con pies juntos, para medir la potencia del tren inferior, las marcas femeninas a partir de 2º de ESO se estabilizaban en 165 cm de media. Prácticamente todas las chicas habían desarrollado a lo largo de 2º y ya no había mejoras globales. En los varones, que en 1º de ESO también tenían como media 160 cm, como las chicas, en 2º de ESO la media ascendía a 170 cm y comenzaban su desarrollo, en 3º la media era 180 cm, en 4º 195 cm y en 1º de bachillerato 210 cm. Las chicas ven, año tras año, el asombroso incremento en las marcas de sus compañeros, y sacan la conclusión lógica de que, puesto que somos iguales, son unas incapaces, y pierden su autoestima en cuanto a resultados físicos. Como profesora me he pasado los años animando a las chicas, explicándoles que sus marcas eran estupendas y que como mujeres eran perfectas, pero que como varones eran bastante imperfectas.
Este incremento en las medias de los baremos masculinos, se produce en todas las pruebas de condición física y en gran parte de las actividades deportivas, aunque se ejemplifique en la prueba de potencia de piernas. Por ello, en las pruebas físicas que se realizan en Educación Física para valorar el estado de las capacidades de los alumnos, los baremos, obviamente, tienen que ser diferentes, puesto que, desde que comienza el desarrollo masculino, sus marcas se disparan.
Por esta misma causa, la igualdad a ultranza y sin matices, muchos varones ven como un «favoritismo» hacia la mujer el trato diferente en la baremación de las pruebas físicas, con marcas inferiores para las chicas. Y esta percepción de injusticia se desplaza a otros ámbitos en los que el trato a la mujer por cuestiones físicas debe ser diferente por motivos obvios.
De igual forma, los varones no pueden ser demonizados y tratados como presuntos culpables de violencia, porque su naturaleza les empuja a conductas más agresivas e irreflexivas. No se trata de justificar actos delictivos, sino de reflexionar sobre los resultados de hacerles creer, al igual que sucede con las mujeres, que todos somos iguales y que la culpa de ser como son, es decir, diferentes, proviene de factores completamente exógenos que hace mucho tiempo dejaron de ser determinantes (machismo, discriminación…) y que si no lucha contra ellos, convirtiéndose en un «osito de peluche» y renunciando a los atributos de su virilidad, es culpable.
Somos capaces de vivir como bestias porque nuestro cuerpo es animal, pero somos también capaces de crear lo sublime y vivir por encima de nuestra animalidad. Asumamos y no olvidemos lo que somos. Desde ese punto, desde nuestra naturaleza y no por encima de ella ni olvidándola, seamos capaces de crear formas de vida superiores, que son divinas.”
En el siguiente capítulo la autora se extiende en explicar las peculiaridades de los chimpancés, que forman sociedades patriarcales, y los bonobos, que las forman matriarcales, dos tipos de monos que se distribuyen por zonas distintas a uno y otro lado del río Congo, para después reconocer nuestra semejanza con el organigrama sociobiológico del chimpancé, una vez admitida la posibilidad de que los comportamientos tengan una clara base filogenética y que, aunque la educación puede modular y moderar sus expresiones, las raíces biológicas son imposibles de erradicar salvo con millones de años de evolución; para finalmente sorprendernos al descubrirnos que la ideología de género nos quiere convertir, contra la naturaleza evolutiva de nuestros comportamientos, en bonobos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://live.staticflickr.com/65535/48008636547_68895b6fc1_b.jpg
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