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África tenía todas las ‘papeletas’ para ser la región más perjudicada por el COVID-19.
Sus ciudades abarrotadas, poca higiene y regiones donde es imposible poner en práctica el distanciamiento social eran un escenario preocupante ante la creciente pandemia.
Sin embargo, la baja tasa de mortalidad descolocó a los expertos sanitarios, quienes aún están intentando explicar qué ocurre en África.
Una teoría apunta a que es justamente el hacinamiento y la pobreza lo que ayudó a evitar una elevada mortalidad por el COVID-19.
Uno de los aspectos que destaca la teoría es que muchos menos africanos viven hasta los 80 años, por lo que es menos probable que mueran tras contraer el virus.
«La edad es el factor de riesgo más alto. La población joven de África protege (al continente)», dijo Tim Bromfield, director regional del Instituto Tony Blair para el Cambio Global.
Pero a medida que la pandemia se prolonga y la evidencia estadística se acumula, los analistas parecen cada vez más reacios a darle todo el crédito a la demografía por los éxitos del continente.
Más allá de la edad
Las acciones tempranas y estrictas de confinamiento en Sudáfrica y en otras partes del continente han jugado un papel crucial.
También enviar mensajes claros sobre la importancia del uso de mascarillas y el suministro de respiradores.
De manera general, otras teorías relacionadas con la altitud y a las temperaturas más cálidas se han dejado de lado.
Pero algunos expertos advierten que un continente vasto y tan mal conectado como África podría estar esperando su momento y que el virus podría atacar con fuerza en los próximos meses.
La respuesta en un congelador
Los científicos de la Unidad de Análisis de Vacunas y Enfermedades Infecciosas del hospital Baragwanath, en las afueras de Johannesburgo, se han estado preguntando si el factor que se les ha escapado podría estar dentro de un congelador en un laboratorio en las afueras de Johannesburgo.
Este congelador, cuya temperatura se mantiene a -180 °C con ayuda del nitrógeno líquido, contiene botes de metal que almacenan muestras de sangre humana obtenida hace cinco años.
O para ser más específicos, extractos de células sanguíneas -conocidas como células mononucleares de sangre periférica (PBMC)- adquiridas durante un ensayo anterior a la vacuna contra la influenza en Soweto, un área urbana compuesta por un conjunto de asentamientos al suroeste de Johannesburgo.
La idea es que estudiar las PBMC podría darles a los científicos evidencia de que esas personas ya habían contraído un gran número de otros coronavirus responsables de muchos resfriados comunes y como resultado disfrutarían de algún grado de inmunidad a la COVID-19.
«Es una hipótesis. Algún nivel de inmunidad de protección cruzada preexistente… podría explicar por qué la epidemia no se propagó (con la misma velocidad que en otras partes del mundo)», dice el profesor Madhi, agregando además que una serie de datos recogidos por científicos en Estados Unidos parecía apoyar la hipótesis.
Los resfriados y la gripe son, por supuesto, algo común en todo el mundo.
Pero los científicos sudafricanos se preguntaron si, debido a que esos virus se propagan de manera más efectiva en vecindarios superpoblados, las comunidades más pobres podrían haber estado más expuestas y, por lo tanto, disfrutar de un mayor grado de inmunidad al nuevo coronavirus.
Lo mismo, por supuesto, podría decirse de otras partes del mundo, como India, que enfrenta retos similares.
«La protección podría ser mucho más intensa en áreas densamente pobladas, en entornos africanos. Esto podría explicar por qué la mayoría (en el continente) ha tenido infecciones leves o asintomáticas», dice Madhi.
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