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En las profundidades del Atlántico, donde la luz apenas se cuela y la presión aplasta cualquier intento de superficialidad, se esconde un mundo tan fascinante como inquietante: el de los volcanes submarinos.
Aunque invisibles a simple vista, estos gigantes dormidos son auténticos arquitectos del paisaje canario y de Madeira, modelando el suelo oceánico desde hace millones de años y generando oportunidades tan insospechadas como cruciales para el futuro energético de la región.
A día de hoy, 10 de septiembre de 2025, la labor de vigilancia de estos volcanes no descansa.
El Instituto Español de Oceanografía (IEO) y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en colaboración con entidades portuguesas, mantienen una red de seguimiento constante sobre una docena de estructuras submarinas en el entorno de Canarias y Madeira.
Su objetivo: anticipar riesgos eruptivos, comprender los procesos geológicos que siguen activos y, de paso, evaluar el potencial de estas zonas para el desarrollo de energías limpias como la geotermia.
Un archipiélago nacido del fuego
El origen volcánico de Canarias es bien conocido, pero pocos recuerdan que sus primeras erupciones no fueron visibles: sucedieron bajo el mar, en una época en la que aún no existían las islas tal y como las conocemos hoy. Durante millones de años, la acumulación de lava fue emergiendo hasta formar los actuales territorios insulares, un proceso que aún no ha concluido.
- El Teide, en Tenerife, y el Roque de los Muchachos, en La Palma, son solo la punta del iceberg volcánico que se oculta bajo las aguas canarias.
- La actividad volcánica subterránea sigue viva: la última gran erupción terrestre fue la del Tajogaite en La Palma en 2021, pero también se han registrado episodios submarinos recientes, algunos a escasos kilómetros de la costa isleña.
Las investigaciones actuales han permitido cartografiar decenas de estructuras submarinas, algunas de ellas aún activas. El seguimiento de estos volcanes es vital para anticipar posibles erupciones y tsunamis que, aunque poco probables, pueden suponer un grave peligro para las poblaciones costeras y la biodiversidad marina.
Vigilancia científica: un escudo invisible
La monitorización de los volcanes submarinos requiere una combinación de tecnologías punteras y mucha paciencia. Los equipos del IEO y CSIC emplean desde robots submarinos hasta sensores sísmicos y boyas inteligentes capaces de detectar cualquier anomalía en el lecho marino.
Entre las tareas habituales destacan:
- Cartografiar el relieve oceánico para localizar nuevas estructuras volcánicas.
- Analizar emisiones de gases y cambios en la temperatura del agua, signos de actividad magmática.
- Realizar muestreos biológicos para estudiar cómo la vida se adapta a estos ambientes extremos.
No es solo cuestión de seguridad. La vigilancia científica permite entender la evolución del archipiélago y su relación con fenómenos globales, como el cambio climático o la dinámica de placas tectónicas.
Riesgos y oportunidades: el doble filo del volcán
Si bien el riesgo eruptivo está presente —como demuestran las recientes erupciones en La Palma—, los volcanes submarinos también abren la puerta a nuevas oportunidades. Una de las más prometedoras es el desarrollo de la energía geotérmica, una fuente limpia que aprovecha el calor interno de la Tierra.
En islas como Tenerife, La Palma y Gran Canaria, ya existen proyectos piloto para evaluar el potencial de la geotermia profunda, tanto en tierra como en el entorno marino. El calor residual de antiguos volcanes podría alimentar centrales eléctricas, desalinizar agua o calentar edificios, reduciendo la dependencia de combustibles fósiles y mejorando la autonomía energética insular.
Entre las ventajas de apostar por la geotermia destacan:
- Suministro constante, al margen de la meteorología.
- Reducción significativa de emisiones contaminantes.
- Creación de empleo especializado y refuerzo del tejido investigador local.
Sin embargo, no todo es tan sencillo: la explotación geotérmica requiere inversiones iniciales elevadas y un conocimiento muy preciso del subsuelo para evitar riesgos sísmicos o contaminaciones accidentales.
Ecosistemas extremos y tesoros biológicos
Pero los volcanes submarinos no solo son un reto geológico o energético. Su actividad genera auténticos oasis de vida en el fondo del Atlántico. Las emanaciones de calor y minerales crean hábitats únicos, donde prosperan especies endémicas y comunidades biológicas que desafían la lógica evolutiva.
Un ejemplo reciente se encuentra en el Pacífico, donde la cima de un volcán submarino ha servido de criadero masivo para rayas blancas, gracias al calor geotérmico que acelera la incubación de sus huevos. En Canarias y Madeira, los científicos han documentado ecosistemas igualmente singulares, con moluscos, crustáceos y bacterias adaptadas a condiciones extremas de temperatura y presión.
Estos entornos son auténticos laboratorios naturales, ideales para investigar desde la evolución de la vida hasta posibles aplicaciones biomédicas o industriales derivadas de organismos resistentes a ambientes hostiles.
Volcanes en España: más allá de las islas
Aunque Canarias acapara los focos, España cuenta con otros volcanes relevantes, tanto activos como extinguidos. El campo volcánico de Calatrava, en Ciudad Real, y la Garrotxa, en Girona, son ejemplos de paisajes moldeados por erupciones pasadas. Sin embargo, es en el Atlántico donde la actividad sigue siendo palpable y monitorizada con mayor intensidad, dada la juventud geológica y la proximidad a zonas habitadas.
Anécdotas y curiosidades científicas
- El restaurante “El Diablo”, en Lanzarote, cocina sus platos utilizando directamente el calor que emana del subsuelo volcánico. Comer un pollo asado a 300 grados sin necesidad de gas ni electricidad es, cuanto menos, una experiencia “ardiente”.
- La vid de Lanzarote crece en hoyos protegidos por cenizas volcánicas, lo que da lugar a vinos únicos en el mundo, famosos por su sabor y resistencia a la sequía.
- El parque nacional del Teide, además de ser Patrimonio de la Humanidad, alberga el pico más alto de España y uno de los mayores volcanes emergidos del planeta, superando en altura a muchos gigantes de los Andes o el Pacífico.
- En las costas canarias, los barrancos formados por la erosión de antiguas coladas volcánicas son el hábitat de especies tan singulares como el lagarto gigante de La Gomera, redescubierto tras haber sido considerado extinto durante décadas.
- Los científicos han desarrollado métodos pioneros para monitorizar en tiempo real el ascenso de magma durante una erupción, permitiendo ganar minutos vitales en caso de alerta y mejorando la gestión de emergencias.
En definitiva, los volcanes submarinos del Atlántico son mucho más que una amenaza latente. Bajo la vigilancia constante de la ciencia española, representan una fuente inagotable de conocimiento, energía y fascinación. Y quién sabe, quizá en el futuro, además de estudiar sus entrañas, aprendamos a convivir y aprovechar al máximo todo lo que el fuego bajo las olas puede ofrecernos.
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