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Hubo un tiempo en que el Mediterráneo, ese mar hoy rebosante de turistas, veleros y calamares gigantes, fue poco más que un recuerdo polvoriento.
Nadie sabe si algún día la naturaleza nos regalará un espectáculo semejante.
Por ahora, los científicos se conforman con leer las huellas del pasado en las rocas y el fondo marino, mientras el Mediterráneo sigue susurrando historias de catástrofes y renacimientos a quien sepa escuchar.
A día de hoy, 17 de septiembre de 2025, las investigaciones geológicas coinciden en que la cuenca mediterránea estuvo seca y cubierta de sal durante casi 600.000 años.
Un auténtico desierto salino separado del Atlántico por una cordillera que emergió en el actual estrecho de Gibraltar. La historia de cómo volvió a llenarse de agua y vida es tan fascinante que parece sacada de una epopeya mitológica, pero con terremotos, megacascadas y una biodiversidad al borde de la extinción.
El gran apagón del Messiniense
Hace unos seis millones de años, la tectónica jugó una mala pasada a Europa y África. El levantamiento de la cordillera de Gibraltar selló la única puerta entre el Atlántico y el Mediterráneo. Sin el aporte constante de agua, la evaporación ganó la batalla y el mar se retiró, dejando tras de sí lagos salados, llanuras de yeso y una vida marina que apenas podía resistir en bolsas de agua aisladas. Este periodo, conocido como la Crisis de Salinidad del Messiniense, supuso el colapso de más del 90% de las especies marinas de la cuenca: de las más de 780 especies marinas originales, solo 86 lograron sobrevivir refugiadas en pequeños oasis acuáticos.
El diluvio Zancleano: la mayor inundación de la historia
La calma geológica duró poco. Hace unos 5,3 millones de años, un encadenamiento de terremotos y fenómenos climáticos extremos preparó el terreno para la gran inundación. La cordillera de Gibraltar comenzó a descender lentamente, permitiendo que el Atlántico, siempre inquieto, encontrara una grieta por la que colarse. Lo que empezó como un tímido hilo de agua se transformó en un torrente descomunal: una cascada treinta veces más alta que las del Niágara y con un caudal capaz de hacer palidecer al mismísimo Amazonas. El agua fluía a una velocidad de 32 metros por segundo (unos 115 km/h), elevando el nivel del mar hasta 10 metros cada día y generando vientos huracanados que azotaron las costas de Sicilia.
La escarpa de Malta, un abrupto escalón geológico de 1.600 metros de altura, partió el Mediterráneo en dos: occidental y oriental. Cuando la avalancha de agua superó este obstáculo, se precipitó cuesta abajo en una caída colosal, desatando nuevos terremotos y reconfigurando la geografía de la región en cuestión de años. Los modelos actuales estiman que la cuenca oriental quedó completamente inundada en un periodo de entre 2 y 16 años, una cifra insignificante en la escala del tiempo geológico pero devastadora para los supervivientes de la antigua cuenca.
Un hogar inhabitable durante milenios
Tras el diluvio, el Mediterráneo no se convirtió inmediatamente en el paraíso azul que conocemos. Durante los primeros milenios, las aguas eran un caldo salobre y estéril, con exceso de sal y una alarmante escasez de nutrientes. Los organismos supervivientes apenas podían subsistir, y el ecosistema tardó mucho en estabilizarse lo suficiente como para que nuevas especies del Atlántico pudieran colonizarlo y prosperar. Para la mítica cabra Myotragus balearicus, que habitaba Mallorca y Menorca en aquel periodo seco, el diluvio supuso el fin del mundo conocido.
El Mediterráneo hoy: un laboratorio natural
La actual biodiversidad mediterránea es el resultado de millones de años de recolonización, adaptación y supervivencia tras aquel cataclismo. Hoy, el mar Mediterráneo es uno de los focos de biodiversidad más prominentes del planeta, aunque los científicos insisten en que el estudio del diluvio Zancleano es fundamental para entender los peligros actuales derivados del cambio climático y la acción humana. Fenómenos como los tsunamis, provocados por movimientos tectónicos similares, siguen siendo una amenaza, y la experiencia del pasado puede ser clave para prevenir futuros desastres.
Curiosidades científicas y anécdotas del diluvio Zancleano
- El caudal de agua que entró en el Mediterráneo durante el diluvio Zancleano se estima en entre 68 y 100 millones de metros cúbicos por segundo. Para hacerse una idea, el caudal del Amazonas actual es de unos 209.000 metros cúbicos por segundo. Es decir, el “grifo” del Atlántico abierto sobre el Mediterráneo fue unas 300 veces mayor que el mayor río de la Tierra.
- El impacto de la cascada sobre la escarpa de Malta fue tan brutal que generó terremotos secundarios y dejó huellas visibles en los sedimentos marinos, que todavía se pueden estudiar hoy.
- Durante la Crisis de Salinidad del Messiniense, el fondo del Mediterráneo estuvo expuesto al aire, permitiendo que animales terrestres como la Myotragus balearicus colonizaran islas que hoy están sumergidas.
- Si un humano hubiera estado presente durante el diluvio Zancleano, la escena habría sido más espectacular que cualquier película de catástrofes: mares desbordados, cascadas de kilómetros de altura y vientos huracanados arrasando la costa.
- El Mediterráneo nunca volvió a ser exactamente igual tras el diluvio. Aunque recuperó su conexión con el Atlántico, la composición de sus aguas, la salinidad y la biodiversidad cambiaron para siempre, haciendo de este mar un auténtico “experimento natural” a escala planetaria.
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