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SALUD OCULAR Y ASTRONOMÍA

El riesgo oculto del eclipse: por qué tus gafas de sol normales no son adecuadas

Observar el Sol durante un eclipse puede causar daños en la retina sin que haya dolor ni advertencia; solo las gafas aprobadas ofrecen la verdadera protección, mientras que las gafas de sol convencionales fallan en lo esencial

Fernando Veloz 05 Ago 2026 - 09:36 CET
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Con la llegada del eclipse a la vuelta de la esquina, la advertencia es contundente: las gafas de sol comunes no son seguras para mirar al Sol y pueden brindar una peligrosa falsa sensación de confianza, como subrayan en este artículo de 20minutos. El peligro no radica en el deslumbramiento, sino en una radiación que continúa su paso aunque el disco solar esté “tapeado” en parte.

La retina, en este caso, no avisa con dolor. La exposición directa puede ocasionar una retinopatía solar, una lesión que afecta la zona de la retina donde la visión es más nítida y, en muchas ocasiones, puede dejar huellas permanentes. Así que, durante un eclipse parcial, las gafas oscuras habituales no son más que un escudo deficiente; en el mejor de los casos, son una cortina bastante ineficaz.

Por qué las gafas de sol no son suficientes

Las gafas de sol comunes están diseñadas para atenuar el brillo, no para bloquear la intensa radiación solar. Según diversas fuentes consultadas, incluso las más oscuras permiten el paso de una parte significativa de la luz visible y no filtran adecuadamente la radiación ultravioleta e infrarroja.

Esto puede resultar engañoso: si el Sol es menos molesto, uno tiende a mirar más tiempo. Y ahí se encuentra la trampa. La luz solar concentrada sobre la fóvea —la zona más precisa de la retina— puede causar una quemadura microscópica pero duradera, sin que la persona se dé cuenta en ese instante.

Qué protección es efectiva

La recomendación unánime de oftalmólogos, organismos de consumo y centros de investigación es utilizar únicamente gafas homologadas para eclipse, que cumplan con la norma ISO 12312-2 y que contengan el marcado CE. Este estándar requiere una atenuación muy superior a la de las gafas de sol convencionales; algunas fuentes mencionan que su filtrado puede alcanzar el 99,99 % de la luz solar.

Antes de adquirirlas o usarlas, es recomendable comprobar tres aspectos:

  1. Que mencionen la norma ISO 12312-2 o EN ISO 12312-2:2015.
  2. Que posean marcado CE y datos del fabricante.
  3. Que no estén arañadas, rotas ni presenten signos de envejecimiento.

Además, son válidos los métodos de observación indirecta, como el proyector estenopeico o la imagen proyectada sobre una superficie a la sombra. Puede que carezcan de glamour y de ese “momento épico”; sin embargo, son considerablemente menos arriesgados para la vista.

Lo que jamás debes hacer

Existen numerosos inventos caseros cuya eficacia es insuficiente en este contexto. Entre ellos se encuentran las radiografías, cristales ahumados, discos compactos, negativos fotográficos y, por supuesto, la conocida técnica de superponer varias gafas de sol, que no transforma un mal filtro en uno bueno por arte de magia.

Asimismo, mirar a través de prismáticos, telescopios o cámaras sin filtros solares adecuados no es seguro, ya que estos instrumentos concentran aún más la luz y agravan el daño. La combinación de curiosidad y malas decisiones suele tener consecuencias nefastas; en astronomía, como en muchos aspectos de la vida.

Cuándo se puede mirar sin protección

Solo durante la totalidad de un eclipse total se puede retirar la protección de forma temporal, y únicamente cuando la Luna cubre completamente el disco solar. En cuanto se reanuda cualquier atisbo de luz, aunque sea el célebre “anillo de diamantes”, es vital volver a protegerse de inmediato.

Fuera de ese breve intervalo, la regla es clara: si hay aunque sea un pequeño fragmento del Sol visible, es indispensable usar gafas homologadas. En los eclipses parciales, la recomendación se vuelve aún más estricta: nunca se debe mirar sin protección.

Señales de alerta y por qué el daño se detecta tarde

La lesión puede pasar desapercibida durante horas. Más tarde podrían aparecer manchas negras, visión borrosa o distorsión de las formas, síntomas típicos de la retinopatía solar. El motivo tras este fenómeno es tanto cruel como técnico: la retina carece de receptores del dolor, lo que permite que el daño avance sin señalar una alarma inmediata.

Si tras una observación inadecuada aparecen síntomas visuales, lo mejor es interrumpir cualquier exposición solar y acudir lo más pronto posible a un profesional de la salud. Aquí no hay lugar para pensar que “se me pasará”, porque la retina no es precisamente un repuesto barato.

Y, dado que el eclipse genera una gran expectativa, un apunte curioso para concluir sin caer en lo solemne: los eclipses han sido utilizados durante siglos para ajustar calendarios, impresionar a monarcas y recordar que el cielo tiene más carácter del que a veces le atribuimos. Además, suelen generar una notable subida en las búsquedas de gafas certificadas… y, de paso, una pequeña oleada de inventos descabellados que prometen proteger la vista con lo que se encuentre en un cajón. Spoiler: ni con un CD, ni con dos, ni con tres funcionará.

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