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Decía el general Patton (considerado por muchos como un petulante) que en la guerra no son válidos los héroes que mueren por su país, sino los soldados que hacen que «otros cabronazos» fallezcan por el suyo (El platillo volante nazi construido para lanzar una bomba atómica ).
Si interpretamos esta frase al pie de la letra, el capitán Michael Wittmann -uno de los tanquistas más condecorados del régimen nazi- sería el perfecto prototipo de militar, pues destruyó durante el Desembarco de Normandía la friolera de 21 carros de combate británicos y otros tantos vehículos de transporte a lomos de su «Panzerkampfwagen VITiger» (El niño al que usaron para hacer propaganda nazi es un anciano atormentado: «Hitler era un gángster»).
El oficial alemán, hijo de un granjero y llegado al mundo una 22 de abril de 1914 en Vogelthal, un pequeño pueblo cerca del Alto Palatinado (en Alemania), perpetró esta acción en apenas 15 minutos, sin la ayuda de sus compañeros y a sabiendas de que se encontraba solo frente a cientos de enemigos (Abren las puertas del infierno: fotos inéditas del campo de extermino nazi Bergen-Belsen ).
La historia de Wittmann nos habla de valentía, de heroicidad y de maestría al volante.
Sin embargo, su pasado está unido también de forma irremediable al horrendo Tercer Reich (Hitler está enterrado en una cripta secreta nazi bajo un lujoso hotel de Paraguay).
A su vez, es muy probable que llevar la esvástica en su uniforme también haya provocado que, la semana pasada, un grupo de desalmados robasen la placa de su sepulcro. Un crimen que las autoridades locales siguen investigando sin éxito.
NOTA.- pinchar para leer reportaje en ABC
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