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Una frase, un mazazo.
Quien controla las palabras, controla la mente.
En ‘1984′, el genial George Orwell lo resume en una sola frase brutal:
«El objeto de la neolengua no era sólo proporcionar un medio de expresión a la cosmovisión y hábitos mentales propios de los devotos del Ingsoc, sino hacer imposibles todas las demás formas de pensamiento.»
Y más adelante, la clave absoluta:
«No te das cuenta de que el verdadero objetivo de la neolengua es restringir el alcance del pensamiento… Al final haremos literalmente imposible el crimenpensar porque no habrá palabras para expresarlo.»
Los regímenes más totalitarios de la Historia –el comunismo soviético, el nazismo– siempre empezaron por lo mismo: imponer una jerga oficial, un lenguaje “correcto” que todo el mundo tenía que repetir como un loro.
Obligar a la gente a hablar de una manera determinada es meterse en lo más íntimo que tiene una persona: su forma de pensar, de reírse, de enfadarse.
En un país occidental medio normal, a nadie se le ocurriría ni en sus peores pesadillas.
Pero aquí en España, bajo el Régimen Sanchista, sí hay iluminados e iluminadas que lo intentan desde hace tiempo.
Y la última perla viene del Instituto de las Mujeres, ese organismo que cuelga del hiperfanatizado y absolutamente prescindible Ministerio de Igualdad.
Las entusiastas que viven –y muy bien– de ese chiringuito han soltado un informe oficial para intentar borrar de internet la palabra “charo”, porque, según ellas, es “misoginia online” y “cultura del odio”.
Vamos a ver, con calma y sin perder el sentido del humor (que es lo único que nos queda), por donde van los tiros.
Desde hace más de una década, en sitios como Forocoches o Twitter, “charo” es simplemente un estereotipo caricaturesco: la señora de más de 35 o 40, sin hijos o divorciada, que vive sola con sus gatos, vota PSOE o Sumar, lee El País, escucha la SER, se pone henna en el pelo, pañuelos étnicos, anillos gordos y ropa de tienda vintage.
La típica que se indigna por todo, que te suelta un mitin si dices algo mínimamente incorrecto y que lleva la bandera LGTBIQ+ en la foto de perfil.
No es un insulto heavy tipo “puta” o “zorra”.
Es una caricatura, como lo es “Cayetano” para el pijo de derechas con náuticos, o “machirulo” para el tío que dice barbaridades en el bar. Todo el mundo tiene su meme.
Pero claro, el Ministerio de Igualdad ha decidido que eso ya no es broma: ahora es “violencia simbólica”, “mecanismo patriarcal” y “instrumento para expulsar a las mujeres del espacio público”. O sea: si dices “ahí va la Charo del pañuelo” estás cometiendo un acto de terrorismo machista digital.
Palabra de funcionaria.
Y aquí viene lo mejor, lo que produce risa de payaso triste: la misma progresista que se rasga las vestiduras porque la llaman Charo no tiene ningún problema en soltar “señoro”, “machirulo”, “facha de mierda” o “cavernícola” a cualquier hombre que no comulgue con sus ruedas de molino.
¿Entonces qué? ¿El lenguaje solo es violencia simbólica cuando le toca a ellas? ¿Cuando le toca a ellos es “crítica social legítima”?
Porque si “Charo” es odio, “señoro” también lo es. Pero el informe, curiosamente, no dice ni mu sobre eso. Porque parte de la premisa sagrada: los hombres tienen el poder y punto. Fin del debate.
Y luego está el timing, que no es casual. El PSOE está perdiendo a chorros a las mujeres de más de 45 años, exactamente el perfil “Charo”: funcionarias, profesoras, trabajadoras sociales… que ya no tragan más. Ven los escándalos de corrupción, los casos de acoso y puterío dentro del partido, los titubeos de Sánchez, y piensan: “Estos no son feministas, son los mismos de siempre con pañuelo palestino”.
Entonces sacan el informe-escudo: “¡Cuidado, Charos queridas! ¡La derecha os odia, os caricaturiza, os quiere fuera de la política! ¡Quedaos con nosotros, que aquí aunque haya algún que otro putero… al menos os defendemos del meme!”.
Es tan burdo, tan descaradamente electoralista, que da hasta vergüenza ajena.
Porque al final, de eso va la movida: controlar el lenguaje para controlar el pensamiento. Si logran que nadie pueda decir “Charo” sin ser acusado de machista, ya nadie podrá hablar con libertad de ese perfil político concreto sin miedo. Y así se blindan.
Las mismas que se movilizan como locas porque alguien usa la palabra “Charo” son las que miran para otro lado cuando salen casos de agresores sexuales o puteros dentro del PSOE, porque “daña la imagen del presidente”. Prioridades.
Al final del día, esto no va de defender a las mujeres. Va de quién decide qué se puede decir y qué no, quién pone las fronteras del humor, quién etiqueta qué es odio y qué es “resistencia”.
Y mientras gastan dinero público en informes de 80 páginas sobre un meme de Forocoches, los casos reales –el escándalo Soto Ibars, los abusos tapados, las víctimas de verdad– siguen esperando.
Pero claro… eso no da votos.
Y una caricatura, sí.
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