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Un depredador formidable

El dragón de Komodo: Un gigante con dientes de hierro

Su sangre lo resguarda de los peligrosos microbios que lo rodean

Paul Monzón Actualizado: 03 Feb 2026 - 06:35 CET
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El dragón de Komodo, el lagarto más grande del planeta, ha fascinado a científicos y aventureros durante décadas.

Estos imponentes reptiles, que pueden alcanzar los 3 metros de longitud y pesar hasta 90 kilos, son los últimos vestigios de una era en la que los grandes reptiles dominaban la Tierra.

Pero lejos de ser simples reliquias vivientes, los dragones de Komodo continúan sorprendiendo a los investigadores con sus asombrosas adaptaciones.

Un estudio reciente publicado en la revista Nature Ecology & Evolution ha revelado una característica única de estos animales: sus dientes están recubiertos de hierro. Esta peculiaridad, nunca antes observada en reptiles, les proporciona una ventaja crucial en la caza y el consumo de sus presas.

Aaron LeBlanc, investigador principal del estudio, explica: «El hierro forma una fina capa protectora que preserva el filo de los dientes.

Sin este recubrimiento, el esmalte de los bordes cortantes se erosionaría rápidamente, desafilando los dientes. Esto sería perjudicial para un animal que depende de sus dientes afilados como cuchillas para cortar la carne».

Esta adaptación no es un simple accidente evolutivo. Los dragones de Komodo han desarrollado esta característica a lo largo de millones de años, perfeccionando su papel como depredadores ápice en su ecosistema. El recubrimiento de hierro les permite mantener sus dientes afilados a pesar de su dieta carnívora y su agresivo método de alimentación.

Pero los dientes de hierro son solo una de las muchas adaptaciones sorprendentes de estos reptiles. Su mordedura, además de ser poderosa, es venenosa. Contrario a la creencia popular de que las bacterias en su saliva eran las responsables de las infecciones mortales en sus presas, investigaciones recientes han demostrado que los dragones de Komodo poseen glándulas venenosas.

Estas glándulas producen toxinas que provocan una rápida caída de la presión arterial, impiden la coagulación de la sangre y causan un shock en la víctima. Esta combinación letal permite a los dragones de Komodo cazar presas mucho más grandes que ellos, como ciervos y búfalos de agua.

La evolución de los dragones de Komodo es una historia fascinante de adaptación y supervivencia.

Originarios de Australia, estos reptiles migraron hacia el norte hace aproximadamente 900.000 años, estableciéndose en las islas de Indonesia. El aislamiento en estas islas provocó el fenómeno conocido como gigantismo insular, permitiéndoles crecer hasta alcanzar sus impresionantes dimensiones actuales.

Su capacidad de adaptación no se limita a su tamaño y sus armas de caza. Los dragones de Komodo también han desarrollado una flexibilidad reproductiva sorprendente. En 2006, investigadores descubrieron que las hembras de esta especie son capaces de reproducirse por partenogénesis, es decir, sin necesidad de un macho.

Este descubrimiento tiene implicaciones importantes para la conservación de la especie.

Como explica Deni Purwandana, coordinador del Programa de Conservación del Dragón de Komodo: «La capacidad de reproducirse asexualmente podría ser crucial para la supervivencia de la especie en poblaciones aisladas o con pocos individuos. Sin embargo, también plantea desafíos para mantener la diversidad genética».

A pesar de su impresionante arsenal de adaptaciones, los dragones de Komodo se enfrentan a amenazas significativas. La pérdida de hábitat, el cambio climático y la caza furtiva han reducido sus poblaciones, llevando a la especie a ser clasificada como «vulnerable» en la Lista Roja de la UICN.

Los esfuerzos de conservación se han intensificado en los últimos años. El Parque Nacional de Komodo, creado en 1980, protege el hábitat natural de estos reptiles. Además, programas de cría en cautividad en zoológicos de todo el mundo buscan mantener una población estable y genéticamente diversa.

Sin embargo, la convivencia entre humanos y dragones no siempre ha sido fácil. En la isla de Komodo, los habitantes locales han vivido junto a estos reptiles durante generaciones, desarrollando un respeto profundo y casi místico por ellos. Leyendas locales hablan de una princesa dragón que dio a luz a gemelos: un humano y un dragón de Komodo.

Esta coexistencia está ahora amenazada por planes de desarrollo turístico. Las autoridades indonesias han propuesto cerrar la isla de Komodo al turismo masivo y reubicar a sus habitantes, con el objetivo de proteger a los dragones. Esta medida ha generado controversia, poniendo de manifiesto el delicado equilibrio entre conservación y desarrollo económico.

A medida que la ciencia continúa desvelando los secretos de los dragones de Komodo, queda claro que estos animales son mucho más que simples reliquias del pasado. Son el resultado de millones de años de evolución, perfectamente adaptados a su entorno y capaces de sorprendernos con sus habilidades únicas.

Los dragones de Komodo:

LA SANGRE PROTECTORA

Una reciente investigación del Colegio de Ciencias de la Universidad George Mason, Estados Unidos, revela que el animal con una de las mordidas supuestamente más venenosas de la naturaleza, el dragón de Komodo, debería su autoinmunidad a una variedad de bacterias a una proteína antimicrobiana en su sangre.

La misma podría conducir en el futuro al desarrollo de poderosos antimicrobianos.

El documento es publicado en la revista Journal of Proteome Research.

Si bien son superados en tamaño por los cocodrilos entre los reptiles, los dragones de Komodo son los lagartos más grandes en su subespecie, llegando a medir hasta 3 metros de largo. Su inusual tamaño muchas veces ha sido atribuido a una inusual fauna que habitaba la actual Indonesia hace 15 millones, cuando estos animales llegaron a la isla para tomarla como hábitat natural para siempre.

La saliva de estas criaturas contiene al menos 57 especies de bacterias, que se cree que contribuyen a la desaparición de su presa por sepsis, cuando es atacada con una mordida del animal. Sin embargo, el dragón de Komodo parece resistente a estas bacterias, y el suero sanguíneo de estos animales ha demostrado tener actividad antibacteriana.

Las sustancias conocidas como péptidos antimicrobianos catiónicos (PCAs) son producidas por casi todas las criaturas vivas y son parte esencial sus sistemas inmunes. De ahí que el equipo haya buscado aislar los PCAs de la sangre de dragón de Komodo, como lo habían hecho previamente con sangre de caimán, para expandir la biblioteca de PCAs conocidos para estudios terapéuticos.

Para ello, emplearon un enfoque llamado bioprospección, que consiste en incubar la sangre con partículas de hidrogel cargadas negativamente, desarrolladas para capturar los péptidos, que están cargados positivamente. Con este método, identificaron y secuenciaron 48 PCAs potenciales con espectrometría de masas. Todos excepto uno de estos eran derivados de proteínas histonas, que tienen funciones antimicrobianas. Ocho fueron sintetizados y probados contra pseudomona aeruginosa y staphylococcus aureus. Siete de los péptidos mostraron una potencia significativa frente a ambas bacterias. El octavo solo fue eficaz contra la pseudomona aeruginosa. Los investigadores concluyen que el plasma sanguíneo de dragón Komodo contiene una serie de péptidos antimicrobianos potencialmente viables que podrían ayudar a conducir a nuevas terapias.

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