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Sin la constante dedicación, cuidados y toda clase de atenciones de mi familia, sobrellevar todo el proceso de una operación de reducción de estómago hubiera sido muy difícil.
Porque no comes realmente, pero tienes que tener cuidados hasta que te repongas y es realmente placentero que te lo hagan con todo el cariño y la imaginación que despliega mi prima Marian sobre mi y la comida que debo ingerir.
Y ello me lleva a reflexionar sobre el papel de las familias y en especial de las mujeres en la cohesión y paz social.
No hablo desde un espíritu de solidaridad gremial sino de lo que objetivamente observo.
Creo que en la España de la pertinaz crisis económica, sin el colchón que supone la familia habría una gran conflictividad social; es decir, son los abuelos, los padres, los que están ayudando en la medida de sus posibilidades a sus hijos, sobrinos y demás parientes en paro, a través de la red de afectos familiares, tales como proveer la comida, el vestido, cuidar de los hijos, pagando las hipotecas o deudas a costa de sus ahorros y probablemente esquilmando estos.
No sé si este desagradecido país alguna vez sabrá recompensar el esfuerzo que realizan nuestros mayores. Lo dudo porque la desmemoria planea sobre nosotros.
El desvelo de las madres por sus hijos, cualquiera que sea su edad, me deja anonadada. Las mujeres, al menos las de mi familia, trabajen o no fuera de casa, sólo tienen un objetivo: cuidar de su prole con atenciones constantes y estoy hablando de hijos que ya ninguno cumple 20 años y muchos de ellos con vidas independientes.
Pues bien, no obstante, están continuamente pendientes de ellos aunque vivan en puntos separados del país o de la propia ciudad, de forma que con un cuidado exquisito se ocupan de decorar sus casas, de comprarles regalos para sus compromisos sociales, de cocinarles, de cuidar sus nietos, de llevar ropa a arreglar y todo ello con un despliegue de amor infinito y en la mayoría de los casos olvidándose de sí mismas, de sus gustos y de sus placeres.
Sólo las guía la felicidad de sus hijos o ayudarles a conseguir sus metas cualesquiera que estas sean.
Debo reconocer que me emocionan estos comportamientos de mis hermanas y primas, probablemente reproduciendo los esquemas de mis tías, sus madres –yo tuve la desgracia de no conocer a la mia por su pronta muerte–, he tenido la inmensa suerte de verla sustituida por la de mi familia.
Creo que esta postura familiar es bastante común en la sociedad española y nos debemos honrar por ello.
Por tanto, gloria y honor para todas las madres que derrochan su amor vitalicio y desinteresadamente sobre sus hijos desde su nacimiento hasta el final, y sin pretender ninguna ventaja en el camino, salvo la del bien de la familia, la de la felicidad de sus hijos.
Es la bonhomia, sostenía Leon Tolstoy: las mejores virtudes sin la bondad no valen nada; y los peores vicios con ella son perdonados.
Y Nietzsche, que la felicidad de los hombres es: yo quiero; la felicidad de las mujeres es: el quiere.
Con todo mi amor a mi hermana Alicia y a mi prima Marian.
Buenos días y buena suerte.
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