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SerGordo / Diario de una reducción de estómago

Recuerdos de mi juventud en El Bierzo de mis amores

Éramos 42 primos hermanos y vivíamos durante el verano en casa de mis abuelos, entre Ponferrada y Molinaseca

Concha Páez 08 Ago 2010 - 09:04 CET
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«Hola, me llamo Concha, tengo 50 años y soy gorda»

Es verano. El Bierzo, Ponferrada, Molinaseca… siempre pasé mis veranos aquí, cuatro meses (julio a octubre), desde que nací hasta que cumplí los 17 años.

Luego empecé a ir a la playa, pero para entonces mi formación, mi forma de hablar, a pesar de nacer y vivir en Granada, era berciana.

Mi mente se puebla de fantasmas. Parece que veo a mi abuela Mamiña mirarme de reojo, toda estirada y siempre con un moño que recogía sus larguísimos cabellos grises, imponiendo su figura delgada y elegante, recorriendo muy derecha a pesar de sus años la galería de la casa.

Mis primos, una algarabía de niños y niñas de todas las edades, corriendo, riendo. Éramos 42 primos hermanos y vivíamos durante el verano en casa de mis abuelos, entre Ponferrada y Molinaseca.

Otros tiempos más fáciles, si no más felices. Mi madre murió aquí, un 9 de agosto de 1961, de una leucemia galopante y se encuentra enterrada junto a sus tíos, sus padres, sus cuñados en el panteón familiar del cementerio de este pequeño pueblo flanqueado por un río y jalonado por un puente romano en el Camino de Santiago.

Sí, yo siempre fui la prima gordita y hasta un poco torpona, pero no por ello me consideré inferior, pues siempre he tenido un carácter fuerte y un tanto vivaz y alegre.

Mi familia de El Bierzo fue un referente en cuanto a quién era yo, pues en Granada durante mi adolescencia me sentía desarraigada. Mi madre había muerto, mi padre falleció cuando yo tenía 10 años y mis nueve hermanos hacían lo que podían para sobrevivir.

Me sentía sin un pie en tierra, sin referencias. Granada, a pesar de ser una ciudad universitaria, no era precisamente muy cosmopolita que digamos; mas bien al contrario: se la podía y debía clasificar de provinciana.

Era aquello de «niña, ¿y tú de quién eres?». Pues yo no era de nadie. Al menos en esa época. Y mi fuerza y raíces venía de unas mujeres guapísimas y estupendas: las López, mis tías, las hermanas de mi madre, porque mi familia, como del norte que es, fue y es un matriarcado.

Decía Epicuro:

«Es imposible ser feliz sin también ser sabio, honorable y honesto; y es imposible ser sabio, honorable y honesto sin también ser feliz.»

Buenos días y buena suerte.

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