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Bajo el sol implacable de la pampa de Nasca, donde durante milenios el viento ha custodiado los trazos de una cultura que dibujó el desierto con precisión ritual, una nueva mirada tecnológica ha comenzado a descifrar sus secretos. Allí, en la Reserva Arqueológica Líneas y Geoglifos de Nasca, la ciencia se une al algoritmo.
El doctor Masato Sakai, investigador de la Universidad de Yamagata, reveló a la Agencia Andina de Perú:
“Con inteligencia artificial hemos identificado más de 500 nuevas figuras, y podríamos superar las mil”.
Cada hallazgo, generado por la lectura automatizada de millas de imágenes aéreas, se convierte en un fragmento de un mensaje que los antiguos nascas dejaron grabado en la arena.
Durante los años 2023 y 2024, los estudios dirigidos por Sakai revelaron 248 nuevos geoglifos. Fue en la Expo 2025 Osaka-Kansai, ante el público peruano y japonés, cuando presentó los resultados que marcan un antes y un después. Lo que antes requería décadas de observación manual en el terreno, hoy puede visualizarse en cuestión de semanas gracias a los algoritmos que detectan patrones imperceptibles para el ojo humano.
Masato Sakai. Foto: Agencia Andina
Sakai explica que la historia del estudio de las líneas puede dividirse en tres fases: la pionera, encabezada por María Reiche, que identificó unas treinta figuras desde la tierra; la tecnológica, marcada por la llegada de satélites y drones que ampliaron el catálogo a más de cuatrocientas; y la era actual, inaugurada en 2022, cuando la inteligencia artificial comenzó a procesar imágenes con resolución de diez centímetros, revelando más de quinientas figuras adicionales.
Entre los hallazgos más sorprendentes aparecen figuras pequeñas, de apenas ocho a diez metros, localizadas junto a antiguos senderos. No son los grandes colosos lineales como el colibrí o el mono, sino relieves creados por contrastes del terreno que representan humanos, llamas y otros animales. «Al caminar junto a ellos se percibe una secuencia, como si narraran algo. Cada camino parece tener su propio mensaje», relata el investigador.
Para Sakai, los geoglifos más grandes estarían vinculados con ceremonias comunitarias y ritos de peregrinación hacia Cahuachi, mientras que las figuras menores reflejarían un plano más íntimo: el mundo espiritual de las familias que poblaron el desierto hace más de dos mil años.
La inteligencia artificial, además de acelerar el ritmo de los descubrimientos, está reconfigurando la comprensión arqueológica de Nasca. Los patrones geométricos y detectados espaciales permiten trazar un mapa más detallado de la organización territorial de la cultura y su conexión con Paracas. “Ahora podemos entender mejor cómo los antiguos nascas relacionaban su arte con su espiritualidad”, refiere Sakai.
El investigador recuerda con respeto a María Reiche, a quien conoció en 1994. «Ella fue quien nos enseñó a mirar el desierto con otros ojos. Nosotros solo hemos añadido una nueva herramienta a su legado», afirma.
El futuro de la investigación ya tiene coordenadas: Sakai y su equipo del Instituto Nazca trabajan en una nueva generación de modelos de IA capaces no solo de detectar figuras, sino de analizar sus posibles significados simbólicos y sociales. “Queremos que la inteligencia artificial no solo encuentre, sino que interprete”, dice.
Así, entre algoritmos, sombras y líneas milenarias, la pampa de Nasca continúa transformándose en un vasto laboratorio a cielo abierto, donde la inteligencia humana y la artificial dialogan para reconstruir las voces del pasado.
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