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Memoria, dignidad y último viaje del escritor cubano

La despedida de Carlos Montaner camino de la eutanasia: «No me voy a vivir a España, me voy a morir a España»

Carlos Montaner afrontó su muerte con lucidez, defendiendo su derecho a la eutanasia y despidiéndose de su familia en Madrid

Periodista Digital 22 Ago 2025 - 07:18 CET
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“No me voy a vivir a España, me voy a morir a España”.

La frase, cargada de ironía y lucidez, resume la determinación con la que Carlos Alberto Montaner afrontó sus últimos días.

El escritor, ensayista y referente del exilio cubano eligió Madrid como escenario final, tras abandonar Miami en 2022 para ejercer su derecho a la eutanasia. Diagnosticado con una parálisis supranuclear progresiva, un tipo atípico de Parkinson que limita movilidad y habla, Montaner se negó a dejar que la enfermedad dictara el final de su historia.

A día de hoy, 22 de agosto de 2025, la historia íntima de esa despedida ha salido a la luz gracias al testimonio directo de su hija, Gina Montaner, y el libro Deséenme un buen viaje. Memorias de una despedida.

La periodista acompañó a su padre en cada paso: desde la firma del testamento vital hasta las apelaciones necesarias cuando un neurólogo cuestionó el acceso a la eutanasia.

“Fue un sacrificio enorme, pero también un acto de amor. Yo era su sherpa, la persona que lo acompañaba en la montaña más difícil”, ha confesado Gina en entrevistas recientes.

El 29 de junio de 2023, Carlos Montaner eligió vestirse, afeitarse y despedirse con serenidad.

Pasó la mañana viendo noticias, conversando con los suyos y, poco después, les dijo sin dramatismos: “Estoy listo, no quiero esperar más. Deséenme un buen viaje”.

La batalla por el derecho a decidir

Montaner nunca quiso llegar al extremo deterioro que suelen exigir los protocolos para aprobar la eutanasia en España. “No quiero estar peor de lo que ya estoy”, repetía ante los obstáculos burocráticos. Su caso fue inicialmente denegado por un neurólogo que no veía su situación “tan grave”, lo que obligó a apelar ante una comisión de expertos. Solo entonces se reconoció el derecho del escritor a decidir sobre su propia muerte. El proceso fue largo y doloroso para él y para toda la familia.

La experiencia ilustra las dificultades reales que enfrentan los pacientes con enfermedades neurodegenerativas para ejercer este derecho, incluso tras la aprobación de la ley en 2021. Acompañado por asociaciones como Derecho a Morir Dignamente, Montaner dejó claro que “el individuo ha de ser libre para vivir y para morir”.

Su hija recuerda cómo prepararon juntos cada detalle: desde el hábitat donde escribía hasta las conversaciones sinceras sobre el final. “Lo más sobrecogedor era verle sereno”, relata Gina.

Una vida marcada por el exilio y la palabra

El último viaje de Montaner fue también un viaje interior hacia sus raíces y heridas abiertas. Exiliado desde muy joven tras escapar de una cárcel castrista en Cuba, nunca perdió contacto ni con la isla ni con el drama del exilio. En los meses previos a su muerte seguía escribiendo cartas abiertas sobre Cuba y reflexionando sobre el daño antropológico infligido por décadas de dictadura.

Su obra periodística y literaria —leída por millones— es inseparable de esa biografía cruzada por el exilio y el compromiso democrático. Fundador de una editorial para financiar sus primeras publicaciones, defensor del liberalismo clásico e impulsor de plataformas como la Unión Liberal Cubana, Montaner fue voz imprescindible tanto en América Latina como en España.

En sus últimos textos dejó clara una idea: «Cuando usted lea este artículo yo estaré muerto», firmando así una despedida sin tabúes.

Curiosidades y datos locos del último viaje

La despedida estuvo llena de detalles curiosos que ahora cobran valor simbólico:

Rankings literarios y legado

Dentro del universo literario cubano contemporáneo, Carlos Montaner ocupa un lugar propio:

Además:

Deséenme un buen viaje: memoria familiar e historia compartida

El título elegido por Gina Montaner para narrar estos momentos resume un sentimiento universal: no solo es una memoria personal, sino también una crónica colectiva sobre el dolor del exilio, la dignidad ante la enfermedad y el derecho individual al último acto de libertad.

En palabras recogidas estos días: “Me habría gustado cerrar los ojos por última vez en la isla en que nací”. Sin embargo, fue Madrid quien acogió ese adiós sereno.

La historia termina con un legado vivo: hablar sin miedo sobre la muerte elegida puede ser también una lección sobre cómo vivir plenamente hasta el final.

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