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Reflexiones sobre la visita del Papa a Malta

«Quien cree, ve para amar. Quien ama, da vida»

"El escándalo mata. El amor resucita a los muertos"

01 May 2010 - 07:05 CET
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(Santiago Agrelo).-Era el tercer domingo de Pascua, 18 de abril del año de gracia de 2010. El Papa Benedicto XVI visitaba la isla de Malta. Se cumplían 1950 años desde que fue a dar en aquellas tierras un hombre que se llamaba Pablo de Tarso: un náufrago agarrado a palabras que salvaban de la muerte; un prisionero, que daba libertad a cuantos estaban cerca de él; un pobre, que nada tenía si no era su fe, y de quien los pobres recibían por la oración la salvación que necesitaban. Aquel hombre era un último, un nacido a destiempo, un aborto, y llevaba en cuerpo y sangre la buena noticia del Reino de Dios.
En aquel domingo de Pascua y de abril, el Papa visitaba Malta para celebrar, junto con la Iglesia que allí peregrina, la llegada de aquel primer evangelizador: un náufrago, un prisionero, un pobre, un aborto, un enviado de Cristo Jesús.

De camino, el Papa habló de fe, «una fe activa en la práctica del amor»; habló de amor a la Iglesia, que es cuerpo de Cristo, un cuerpo «herido por nuestros pecados»; y habló de refugiados, por los que hemos de trabajar para que tengan, en su tierra o lejos de ella, una vida digna.

En la exégesis mediática, las palabras del Papa quedaron sintetizadas en un título de piedra: «El Papa Benedicto XVI aterriza en Malta con una referencia a los escándalos de pedofilia«.

Con vosotros, amados del Señor, con la luz de vuestra fe, quiero acercarme al mensaje del Santo Padre para percibir los ecos del espíritu evangélico que le da hondura y vigor.

«Herido por nuestros pecados»:
El creyente lleva estas palabras del profeta guardadas como un tesoro en el secreto del corazón. Las escuchó sobrecogido en la liturgia de la Pasión del Señor: «Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes».
Nos disponíamos entonces a adorar con amor al que había llevado sobre sus hombros el peso de nuestra vida. En aquella tarde de gracia, las palabras del profeta iluminaron la imagen del Crucificado que íbamos a venerar, y nos ayudaron a contemplar el misterio de la Pasión que celebrábamos en la memoria litúrgica.

Antes de que la palabra de la revelación iluminase con su luz la oscuridad de mi conciencia, yo podía pensar que aquel Crucificado sufría por lo que él había hecho: por sus pecados, por sus crímenes, por sus ideas, por su vida, o simplemente, porque era una víctima, otra más, de la injusticia humana.
Pero si la fe me ilumina, entonces se me concede reconocer mis pecados en el peso que a él le oprime, mis heridas en las suyas, mi lepra en su cuerpo herido, y sé que, al ocultar mi rostro para no ver el suyo desfigurado y privado de cualquier belleza, en realidad yo no hacía más que ocultarme de mí mismo.

Por eso ahora me acerco a él como quien se acerca a un espejo, me miro en él, me fijo en él para saber lo que es mío, para acercarme a la verdad de mi vida: «Él es inocente; yo soy culpable».Del pecador son las rebeldías; del inocente, las heridas. Mías son las iniquidades; del inocente, el castigo.

Mi confesión, que es reconocimiento de mi pecado, es un paso primero y necesario en el camino que lleva a la rehabilitación del inocente que ha cargado con mi culpa.

Por eso, el corazón y el alma del creyente se vuelven a Cristo crucificado, para decirle: Mi luz, mi justicia, mi salvación, mi vida.
Fija tu mirada, hermano mío, hermana mía, en Cristo crucificado, y verás que el cielo se ha derramado para ser de la tierra, y que «Dios se ha puesto contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo».
Recuerda, admira, agradece cuanto de él has recibido, y se abrirá camino por todo tu ser el ansia de amarle, pues por entero te ha atraído hacia sí quien todo te lo ha dado y por nada.

«Yo confieso»:
Las palabras de la fe, cuando no son domesticadas por el egoísmo, son palabras poderosas, luminosas, transformadoras, creadoras.

Cuando el creyente dice: «Yo confieso«, sus palabras iluminan con la verdad la conciencia y hacen surgir de la tierra vieja un mundo nuevo. Hablamos de palabras auténticas, hijas de la experiencia mística. Hablamos de palabras de fe: «Yo confieso».
Ante el misterio intuido de la santidad de Dios, ante la sombra contemplada de la gloria del Señor, el profeta se vio iluminado, no sólo acerca de Dios, sino también acerca de sí mismo, y, como un grito, subieron desde las entrañas las palabras de su confesión: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos».

Ante el misterio intuido de Jesús de Nazaret, ante la sombra insinuada de la grandeza de Dios en la pequeñez y ambigüedad de la palabra de un hombre, el pescador Pedro de Cafarnaún se asoma al misterio del señorío de Dios y, al mismo tiempo, descubre y confiesa la verdad más profunda sobre la propia vida: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador».

La santidad de Dios, su palabra poderosa, el desvelamiento siempre oscuro de su intimidad, nos enfrentan a la verdad de nuestra vida y sacan de lo hondo del corazón una confesión que proclama la verdad de lo que Dios es para mí y de lo que yo soy a los ojos de Dios.

Ahora, Iglesia amada del Señor, pon tu vida ante la cruz de Cristo. Entra en el misterio de la eucaristía que te dispones a celebrar cuando dices «yo confieso». Allí, en el Calvario, en la eucaristía, no vas a encontrarte con la grandeza de Dios, sino con su pequeñez; no verás allí la santidad de Dios, sino su rostro desfigurado por el pecado; no estarás en la presencia de un Dios acogido a sagrado, sino ante un pobre expulsado de la ciudad; no te postrarás ante un Dios bendecido y aclamado, sino que te hallarás ante un malhechor que se ha hecho maldición para rescatarte de la maldición de la ley. Pon tu vida ante la cruz de Cristo, adéntrate en el misterio de la eucaristía, y ya nunca dejarás de confesar lo que Dios es: Dios es amor; y lo que tú eres: Yo confieso… que he pecado mucho. Pon tu vida ante la cruz de Cristo, aclama el misterio de la redención que celebras, y sabrás que ya no te perteneces, pues «Cristo murió por todos, para que, los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos».
La verdad de tu confesión dependerá por entero de la verdad de tu relación con Cristo crucificado.

«Yo confieso… que he pecado mucho»:
Los hijos de la Iglesia, iluminados por la luz de la fe, comenzamos nuestra celebración eucarística diciendo: «Yo confieso… que he pecado mucho».
Como veis, queridos, cada uno de nosotros se acusa a sí mismo.

Me acuso a mí mismo, pues sólo a mí mismo me veo para poder acusar. Me acuso a mí mismo, pues soy yo quien se dispone a acercarse, con atrevimiento de hijo, al abismo del amor divino. Me acuso sólo a mí mismo, pues yo solo soy el testigo de la obra que Dios ha realizado en mi favor, yo soy quien, por gracia, he creído en el amor de Dios que se me ha manifestado en Cristo Jesús, el Hijo que se nos ha dado, por quien he sido redimido, justificado, enriquecido, glorificado. Me acuso sólo a mí mismo, porque me acusa el amor que en Cristo he conocido, la gracia que de Cristo he recibido, la misericordia que en los ojos de Cristo me ha mirado, en sus palabras me ha consolado, y en su vida entregada me ha abrazado.

Me acuso a mí mismo, queridos, y de mí mismo sólo puedo decir «que he pecado mucho», que la gravedad de mi pecado me excede, que su peso me oprime, pues no estima su magnitud mi menguado sentido de la justicia o la luz oscurecida de mi conciencia, sino que la establece el amor sin medida de Dios que en Cristo Jesús se me ha manifestado.
Como veis, no podemos hablar de pecado sin hablar de amor, ni podremos nunca hablar de amor sin hablar de pecado.
En ese contexto humano, espiritual, creyente, deseo situar las palabras del Papa Benedicto XVI, palabras de amor a la Iglesia, al cuerpo de Cristo, un cuerpo «herido por nuestros pecados». Veis que no se considera ajeno al pecado que hiere el cuerpo de Cristo, quien no es ajeno al amor por el cuerpo de Cristo, a un amor entrañable a la Iglesia de Cristo. Veis que no desprecia a los pecadores quien ama a Cristo, que de todos quiso ser el redentor.
Es un hecho: sólo quien ama puede medir cuánto hieren los pecados, pues sólo él sabe, porque el amor se lo revela, cuánto duelen las heridas.

El Papa Benedicto XVI aterrizó en Malta con una referencia al amor a la Iglesia, y una llamada a la conversión de quienes somos sus hijos, pues son muchas y muy dolorosas las heridas que los hijos abrimos en el cuerpo de la madre que nos ama y que amamos.

Una fe activa en la práctica del amor:
Sabéis, hermanos muy queridos, que la confesión de los pecados no busca recomponer una imagen en la que pueda recrearse nuestro insaciable narcisismo, sino que busca al otro, al que es inocente y fiel, para reconocer la justicia de su causa, la injusticia de la nuestra, y esperar de él la alegría del perdón que sólo él nos puede conceder.
La confesión de los pecados es signo elocuente de conversión a Dios, a Cristo Jesús, a la Iglesia de Cristo, a los pobres del mundo.
Yo sé que no tengo derecho al perdón de los pobres, como no lo he tenido nunca al perdón de Dios, y sólo puedo agradecer que sentidos y afectos hayan sido abiertos por el evangelio para que me duelan los pobres, para que me duela Dios.

Los pobres, como Dios, se nos hacen presentes, no en virtud de la información que recibimos sobre ellos, sino por la gracia que nos dispone y nos mueve a «una fe activa en la práctica del amor». La fe ilumina el corazón para que el amor vea a los pobres y a Dios. La fe nos ilumina ¡para que veamos en los pobres a Dios!
Pide la gracia de ver, aunque intuyas que será grande el sufrimiento por lo que veas.
El mal, la injusticia, la opresión a que son sometidos los pequeños de la tierra, no son realidades ajenas a mi vida, y no puedo permitir que el escándalo por lo que otro hace me ciegue de tal modo que ya no vea lo que de mí depende.

Permitidme que recuerde por un momento a mi hermano Francisco de Asís. Con razón podía pensar que no era él la causa de la lepra que padecían muchos hombres y mujeres que él conocía; con verdad podía decir que no era él quien había condenado a aquellos enfermos a una terrible soledad, a una espantosa miseria, a una tristísima condición humillada; podía por higiene evitarlos, podía no verlos… Pero la gracia de Dios no lo dejó en tal ceguera. Y Francisco descubrió que podía lavar lo que estaba corrompido, acercarse al que estaba solo, besar al que le repugnaba. Y lo que antes le resultaba amargo, se le transformó en dulzura del alma y del cuerpo. Francisco pudo engañarse a sí mismo, y limitarse a escandalizarse de Dios y de la sociedad que permitían, más aún, imponían tanto dolor a tanto desdichado. Fácil y engañoso es mostrarse escandalizado; duro y verdadero es convertirse: ver al otro, volverse al otro, lavarlo, curarlo, abrazarlo, besarlo.

Ahora, queridos, considerad cada uno la propia responsabilidad de ver y de amar. El mundo está lleno de ‘leprosos’, de heridos, de víctimas, de pequeños, de humillados, de pobres a quienes llevar la buena noticia de un amor que los abraza: el vuestro, el de Dios.
No deseches la idea de formar parte de una comunidad de hermanos ‘Francisco’, de una congregación de Cristos que pasan por el mundo haciendo el bien, de una familia de hombres y mujeres que hacen retroceder la injusticia, de una humanidad de samaritanos, que se hacen cargo de los heridos que encuentran en su camino. No deseches la idea, porque, si has entrado en esa tierra evangélica, ya has entrado en la morada de Dios con los hombres.
Como Francisco de Asís, descubrirás con asombro la dulzura de lo amargo, que es como gustar en la tierra un anticipo del cielo. Y te hallarás colaborador de Dios en la tarea de enjugar lágrimas y hacer que retrocedan -un día desaparecerán- la muerte, el luto, el llanto y el dolor. Hoy podemos ponernos a trabajar con Dios para hacer nuevas todas las cosas.
El escándalo mata. El amor resucita a los muertos.
No dejes, Iglesia amada de Cristo, que se seque la fuente del amor en la que has nacido. Recuerda el testamento de tu Maestro y Señor: «Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros».

Tánger, 26 de abril de 2010.

Siempre en el corazón Cristo.

+ Fr. Santiago Agrelo Martínez
Arzobispo de Tánger

 

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