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(Antonio López Baeza).- Comparto con muchos -creyentes y no creyentes- del estado español, la alegría de la reciente declaración conjunta de la Conferencia Episcopal Española (Iglesia, Servidora de los Pobres) en torno a la tan cacareada «crisis» que viene afectando tan dramáticamente a número tan elevado de ciudadanos en nuestro país (por centrarnos en el campo más inmediato de nuestra posible actividad).
Alegría, ciertamente, porque no nos tiene acostumbrados el episcopado español a declaraciones tan rotundas y comprometedoras como la que aquí se nos brinda. Alegría, sobre todo, porque estamos convencidos de que una toma de postura radical como esta por parte de nuestros obispos ha de tener hondas repercusiones en las esferas políticas y sociales de nuestro estado. Los gobernantes no pueden mirar hacia otro lado, si quieren mantener su posición «católica» (en el caso, no escaso, de los que así se confiesan). Y el laicismo que campea por sus fueros en nuestro ámbito político, social y cultural, no puede dejar de escuchar una fuerte llamada a no desfallecer en la defensa de aquellos valores que mejor definen y defienden una democracia pluralista y justa.
Con el desbordante gozo que comenzó con la elección de Bergoglio como papa Francisco, y que durante sus dos largos años de servicio evangélico ha ido incrementando día tras día, de modo muy especial con la publicación de la Evangelii Gaudium, recibo ahora la reciente Instrucción Pastoral (24 – IV – 2015) de nuestros obispos españoles, por la que me siento obligado a blandir mi espada (no de capitán; de soldado raso) a favor de algunos aspectos en ella referidos, y que por mi dedicación pastoral más frecuente me resultan de especial interés y preocupación.
Me referiré a los párrafos que dedica la CEE al empobrecimiento espiritual. No me gusta que se contrapongan pobreza material y pobreza espiritual. Desde una concepción evangélica no cabe dualismo alguno en la concepción de la pobreza. Porque contra lo que luchamos, no es contra la pobreza, sino contra la miseria que priva a multitud de hermanas y hermanos nuestros/as de vivir con dignidad en todos los ámbitos de su existencia, tanto los que afectan a las necesidades corporales (alimento, vestido, casa, salud, etc.) cuanto a las de su espíritu (conciencia de su dignidad inviolable, experiencia de amar y ser amado y cultivo de su vida interior).
De modo que, no me resulta aceptable que se diga «Pensamos que por encima de la pobreza material hay otra menos visible, pero más honda (la espiritual). No debe considerarse por encima de la pobreza material la espiritual, cual si la segunda no estuviese en la experiencia cotidiana tan vinculada, tan dependiente, tan causada por la miseria obligatoria a que se ven conducidos millones de seres, unos por carencia de lo esencial, otros por exceso de bienes de consumo a su alcance. Cuando lo que se tiene en mente es la pobreza evangélica, no se la puede identificar con las carencias materiales de unos, ni con la pérdida del sentido de Dios de otros. Ambas son, simplemente, miseria humana. Y contra ella estamos obligados a luchar cuantos creemos en un Dios de Amor o creemos, simplemente, en el valor máximo de la vida.
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