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Al ser seleccionadas a una edad muy temprana, ser una kumari no es una tarea fácil.
No se les deja asistir a la escuela, sólo se les permite comunicarse con unos pocos selectos, y tampoco tienen permiso para caminar por el suelo fuera del templo de adoración donde reside.
Asimismo, se espera que permanezcan quietas durante largas horas mientras dan su bendición a miles de visitantes durante los festivales.
En muchas tradiciones religiosas, las diosas habitan exclusivamente en el plano espiritual, representadas en estatuas e íconos.
Pero en Nepal, las diosas viven y respiran, encarnadas en niñas conocidas como kumari, o niñas vírgenes, veneradas durante siglos por hindúes y budistas del valle de Katmandú como portadoras del espíritu de la diosa hindú Taleju.
Una diosa con tareas escolares
Convertirse en una deidad viviente no es tarea sencilla. “La perfección y la pureza del alma y el corazón son fundamentales”, explicó a la BBC Chanira Bajracharya, quien fue kumari desde los cinco hasta los 15 años. Las niñas, seleccionadas a una edad muy temprana, enfrentan una vida de restricciones: no asisten a la escuela, solo pueden interactuar con un círculo reducido de personas y, fuera de los templos, no se les permite tocar el suelo.
Durante los festivales, las kumaris deben permanecer inmóviles durante horas, bendiciendo a miles de fieles que buscan su gracia divina. “Es un honor, pero también un sacrificio”, relatan quienes han vivido esta experiencia única.
¿Quién puede ser una kumari?
La selección de una kumari es un proceso riguroso. Las candidatas, pertenecientes a la comunidad Newari del valle de Katmandú, deben cumplir con los 32 lachhins, atributos físicos y psicológicos que incluyen características como piernas de ciervo, voz clara como la de un pato, dentadura perfecta y ojos y cabello oscuros. Además, su historial médico debe ser impecable.
La kumari real de Katmandú, la más célebre, debe tener un signo zodiacal compatible con el del presidente de Nepal para garantizar la prosperidad del país. También enfrenta pruebas de valentía, como pasar una noche rodeada de cabezas de ganado sacrificado.
Un reinado efímero
El papel de una kumari es proteger espiritualmente a la ciudad, una tradición que data del siglo XII. Sin embargo, su reinado es breve: termina con la llegada de su primera menstruación, momento en que se cree que la diosa Taleju abandona su cuerpo. “La sangre la desacraliza”, según la creencia, y comienza la búsqueda de una nueva niña virgen.
La transición de diosa a adolescente puede ser traumática. Tras años de aislamiento, las ex kumaris deben aprender a socializar, caminar por las calles y adaptarse a la vida escolar. “Es como despertar de un sueño divino a la realidad mortal”, describe una ex kumari.
Polémica y tradición
A pesar de su relevancia cultural, la vida de las kumaris ha generado críticas. Organizaciones de derechos humanos, como el abogado nepalí Subin Mulmi, denuncian que el aislamiento y las estrictas normas de pureza vulneran los derechos a la libertad y la educación de las niñas. En 2008, la Corte Suprema de Nepal ordenó mejorar sus condiciones de vida, incluyendo mayor acceso a la educación, pero los cambios han sido mínimos.
Kumari Ghar, el hogar de una diosa
La kumari real de Katmandú reside en el Kumari Ghar, un palacio en el corazón de la ciudad, donde su familia la cuida. Aunque para muchos nepalíes vivir como diosa es un privilegio, especialmente en un país marcado por la pobreza, las críticas persisten. “Es mejor ser una diosa enclaustrada que crecer en la calle”, opinan algunos, mientras otros defienden que la tradición debe evolucionar para proteger a estas niñas.
En un mundo donde lo divino y lo humano se entrelazan, las kumaris de Nepal siguen siendo un símbolo de fe, sacrificio y controversia, encarnando una tradición que resiste el paso del tiempo.
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