Enfermos de odio. El grupo yihadista Estado Islámico continúa con su guerra de religión contra los cristianos, a los que, al hilo del último mensaje de autoproclamado califa Abu Bakr al-Baghdadi, culpa de la situación en la que se encuentran los presos, entre ellos muchas mujeres y niños, en los campamentos que controlan los kurdos en Siria.
En una estrategia de transferencia de responsabilidades y para justificar futuros atentados, los fundamentalistas afirman, en el número 200 de la publicación ‘Al Naba’, que los que están privados de libertad en dichos campos se hallan «bajo el peso de las cruces y sus colas (…) criminales y apóstatas hasta el fondo de la tierra».
Piden para ellos (los cristianos) el «apuñalamiento y mutilación (…) la maldición de Dios sobre las instituciones evangélicas y sus defensores». «La Cruz es más rápida y más audaz», sentencian.
La existencia de esos prisioneros, en especial las mujeres y los niños, se ha convertido en un auténtico problema para Al Baghdadi. Por ello, pide que se organice su liberación.
Para animar a sus combatientes, les dice que «Dios es bueno y no olvidará a los hermanos. La venganza es obligada por tu religión (…) Tienes que romper sus cadenas por la fuerza, dominar a sus carniceros (los que capturaron a los presos) y a los jueces de instrucción».
Los extremistas aseguran que «el Califato y sus partidarios están en todas partes; los profetas de la épica y la misericordia han llegado (…) No hay más dios que Alá».
Este tipo de lenguaje, con repetidas referencias a la «divinidad», está destinado a convencer a los «combatientes» de que no hay otra religión que no sea el islam (como ellos lo entienden) y que tienen todo el derecho a quitar la vida y destruir los templos de otras confesiones.
La persistencia del mensaje, los atentados de Filipinas, Sri Lanka, Egipto, Burkina Faso, Nigeria y otras naciones, contra los católicos hacen temer nuevas acciones criminales.
Ante la falta de avances sustanciales en la consecución del «Califato mundial», salvo los atentados en las distintas zonas en las que operan sus «combatientes», lo sencillo es plantear la «guerra de religión», un conflicto entre los que están en posesión de la verdad (la suya) y los que se encuentran en la «apostasía».
En pleno siglo XXI puede sonar desfasado, pero conlleva tremendos peligros, como los ya vividos no hace mucho tiempo.
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