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«La Iglesia de Guipúzcoa presenta todas las virtudes y todos los defectos de la Iglesia vasca, pero llevados al extremo», dice Rafael Aguirre, profesor emérito de Deusto y uno de los mejores teólogos españoles. De hecho, la diócesis que espera de uñas a monseñor Munilla es las más secularizada, la mas nacionalista y la más progresista de las tres diócesis vascas.Pero tamibén una diócesis implicada en la pacificación, volcada en lo social, muy democrática y participativa y con sus cuadros envejecidos.
Tanto es así que la Iglesia guipuzcoana y, sobre todos, sus pastores, se han convertido en iconos representativos de toda la Iglesia vasca. De hecho, cuando un antinacionalista quiere desprestigiar a la Iglesia vasca acude siempre a la «bicha» de monseñor Setién.
No sorprende, pues, que a la hora de enjuiciar la realidad eclesial de Guipúzcoa, las posturas se extremen. Para unos, entre ellos el 77% de los párrocos en activo que firmaron el manifiesto contra Munilla, la diócesis guipuzcoana es un ejemplo de estilo eclesial «en fidelidad al espíritu del Concilio Vaticano II con el aliento y dirección pastoral de nuestros obispos».
Para otros, es el culmen de todos los males. El sacerdote vasco Jaime Larrínaga, exiliado en Madrid, asegura que «es la Iglesia de Sabino Arana infectada por el virus del nacionalismo«. Para el jesuita Antonio Beristain, se trata de una Iglesia que «huele a podrido».
Y hasta un eclesiástico progresista como el teólogo Rafael Aguirre reconoce que, aunque lo que cuestionan los curas anti Munilla es «el modelo de Iglesia supuestamente preconciliar del nuevo obispo, está claro que detrás está la orientación y la impronta demasiado nacionalista de la Iglesia guipuzcoana».
«Guipúzcoa es un avispero muy ideologizado y una diócesis muy identificada con la línea nacionalista. Pasaron décadas sin denunciar la idolatría de un nacionalismo exacerbado que ha suplantado a Dios, sin darse cuenta de que el ídolo iba desertizando la conciencia moral y religiosa del pueblo vasco y, sobre todo, de la juventud», argumenta Aguirre. De ahí, «el desfondamiento y el desplome religioso actual más acusado que en otras partes». concluye.
El pasado 1 de octubre, el cardenal Rouco reconocía ante el plenario episcopal que la Iglesia española tiene cada vez «menos sacerdotes y de más edad». Y añadía: «La media de edad del clero diocesano español es de 63,30 años (alcanzando en algún lugar los 72,04 años)». Un paréntesis que, en aquel momento, nadie supo descifrar, pero en el que el purpurado madrileño apuntaba ya a la diócesis de San Sebastián.
Los curas donostiarras no sólo son los más mayores de España, sino que pierden efectivos a marchas forzadas. Mientras en 2001, había 324 presbíteros residentes en la diócesis, en 2007 esa cifra cayó a 279. Y el relevo, también escasea. En el curso 2008-2009, no se registró ningún nuevo ingreso en el eminario, donde se contaba con apenas cinco seminaristas.
Para más inri, en el curso 2006-2007 abandonaron el seminario tres aspirantes al sacerdocio. El año pasado tampoco hubo ninguna ordenación sacerdotal y entre 2002 y 2007 apenas se realizaron ocho.
El total de curas actual es de 279, que atienden 221 parroquias a las que pertenecen las casi 700.000 almas guipuzcoanas. La ratio de curas por habitante es de unos 2.508 y con una abultada actividad pastoral: 1.485 matrimonios, 4.655 bautismos, o 4.184 primeras comuniones en 2007.
Según los estudios de la propia diócesis, el 80% del clero guipuzcoano es «culturalmente nacionalista»; el 10%, abertzale y el otro 10% españolista. Con un peso determinante de los primeros en las estructuras diocesanas.
Y es que San Sebastián es una diócesis marcada a hierro, para lo bueno y para lo malo, por el carismático y siempre polémico de José María Setién, cuya figura provoca división de opiniones entre sus propios curas. «Setién ejerció un gobierno muy personalista y sin apenas estructuras intermedias. Uriarte, que se encontró con una diócesis manga por hombro, tuvo que dedicarse a organizarla incluso económicamente y a estructurarla pastoralmente», explica un cura de San Sebastián del sector españolista. En cambio, otro del sector nacionalista asegura que «Uriarte heredó una diócesis perfectamente organizada, incluso económicamente».
En cualquier caso y en contra de lo que suele decirse, la influencia de monseñor Setién es cada vez menor en San Sebastián. Y es que un obispo, una vez que dimite, pierde todo su poder y su influencia se difumina. «Monseñor Setién está retirado y retirado de verdad. No maneja los hilos y ha decidido no manejarlos. Por eso, tiene muchas reticencias a participar en reuniones y actos en Guipúzcoa, aunque sí lo hace fuera, donde sólo se compromete a sí mismo», dice un cura nacionalista. «De todas formas -replica otro del sector constitucionalista- la sombra de Setién ha estado y va a seguir estando muy presente en los planteamientos teóricos que subyacen al imaginario de la diócesis».
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