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El cardenal es uno de los diez purpurados españoles

José Manuel Estepa: «El futuro Papa debe ser un hombre de comunión, de profunda fe y de amplia visión»

"A Europa no se le puede hacer todavía un certificado de defunción eclesial"

Jesús Bastante 23 Feb 2013 - 18:42 CET
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(Jesús Bastante).- José Manuel Estepa es uno de los diez cardenales de España. Acaba de cumplir 87 años, por lo que no será elector en el próximo cónclave. «No es que me alegre, pero también es un alivio«, bromea el que fuera arzobispo castrense y uno de los redactores del Catecismo de la Iglesia Católica, donde conoció en profundidad al entonces cardenal Ratzinger.

Sobre la renuncia de Benedicto XVI cuenta que le ha parecido «más sensible y radical la opinión de los periodistas que la del católico peatonal». Y sobre el futuro de la Iglesia defiende que «a Europa no se le puede hacer todavía un certificado de defunción eclesial«.

¿Cómo ha vivido la noticia de la renuncia de Benedicto XVI?

Con asombro, porque no me lo esperaba, ni como es lógico sabía nada; y también con una mezcla de admiración hacia el papa que termina su mandato, y con expectación y oración por el que vendrá. Es un motivo para mí de oración, porque es la aportación que yo puedo hacer, que ya estoy amortizado. Pero tengo la convicción de que mis oraciones son efectivas.

¿Qué supone que un papa renuncie?

Es algo inédito, que prácticamente no ha ocurrido, porque los antecedentes son de otras motivaciones. Es un acontecimiento que era de esperar que tuviera mucha trascendencia en el presente. Creo que, de alguna manera, va a desencadenar una adaptación del ejercicio del sucesor de Pedro un poco diversa de la acostumbrada.

¿Puede ser eso positivo?

Yo creo que sí. No es que yo acepte que todo lo nuevo es bueno, pero soy todavía muy joven y, por tanto, me parece que hay que confiar en que somos creadores creativos capaces de servir al Espíritu en nuestro tiempo.

¿Cree que el Papa ha renunciado, como dijo en su texto, por falta de fuerzas «físicas y espirituales»? ¿Puede haber otras posibles razones?

Creo que fundamentalmente ésa es la razón: el cansancio. No se ha sentido con la fuerza adecuada para la carga correspondiente. Creo que el ministerio se le ha hecho difícil, el episcopal y el papal. Seguramente le tocaba ahora una etapa nueva, probablemente de más contacto con todo el Pueblo de Dios, y de más viajes… Y eso requiere mucha fuerza para resistir. Lo que está claro es que es más fácil ser obispo que ser Papa.

¿Cree que también han pesado las diferencias o divisiones internas de la Curia?

No sé, porque el Papa ya tiene la experiencia de docenas de años viviendo en Roma, por tanto, esto no es un fenómeno nuevo. Es decir, que en todo conjunto eclesial se dan siempre diferencias y discrepancias que se suelen limar con el trato y con la oración en común. Pero eso sucede en una provincia eclesiástica, en una Conferencia Episcopal y en la dimensión más universal de la Iglesia. Es decir, que no nos debería sorprender esto. Pero también es verdad que el Papa, por su tipo de personalidad, es más sensible a esto. Yo he estado muy cerca de él durante una docena de años, y al tratarle me ha dado cuenta de que es especialmente sensible, es un hombre muy delicado. Y eso tiene su contracarga.

¿Hubiera pasado a la historia como el Papa que atajó los abusos sexuales, si no fuera porque va a pasar a la historia como el Papa de la renuncia? ¿La filtración de documentos, aunque no fueran demasiado importantes, supuso la ruptura del muro de silencio que en 20 siglos de historia de la Iglesia no se había llegado a romper jamás?

Bueno, creo que cada tiempo nuevo tiene sus condicionantes. En un ámbito reducido se comunica mucho más (por ejemplo, en una familia). Y esto influye. Me permito decir que a otra persona quizá le hubiera afectado menos, pero él es especialmente delicado (es la contra-cara de su principal virtud), y ha tenido que sufrir la tensión constante en esas circunstancias concretas.

¿Es, en su opinión, una decisión coherente? ¿Pensaba Benedicto que, si un papa se veía sin fuerzas, no sólo tenía el derecho, sino incluso el deber de renunciar?

Sí, él ha medido bien el tiempo, que no creo que pueda calificarse de inoportuno. Estamos en un tiempo de la Iglesia en que un anuncio como éste sorprende, asombra, pero a mí me ha gustado mucho la reacción de la sociedad. Me ha parecido más sensible y radical la opinión de los periodistas que la del católico peatonal.

¿La gente lo ha entendido?

Sí. Yo he hablado con personas no precisamente comprometidas con la vida de la Iglesia, y me han gustado mucho sus apreciaciones.

¿Preparó usted el catecismo junto a Joseph Ratzinger?

Sí, ahora se cumplen 20 años de aquello.

¿Cómo le definiría?

Personalmente, diría que es muy trabajador y muy responsable, en el sentido de que él no preside sin más, sino que trabaja y se compromete. Yo tuve una experiencia de seis años con él (del 86 al 92), y puedo decir que él siempre estuvo a pie de obra. A mí en aquella época me correspondía ir cada semana o cada mes a Roma, y él no faltó a ninguna de esas reuniones. Yo trabajaba muy bien con él, muy a gusto. Él escucha mucho y pregunta. Él es un grandísimo teólogo y un historiador de la Teología, pero la historia de la Pastoral y de la catequesis no la conocía tan puntualmente. Recuerdo que me impresionó que él se interesó mucho por mi trabajo sobre el siglo XVI español, por Juan de Ávila… y yo le hablaba de todo esto, de la renovación pastoral y catequética. Hay que acentuar que era muy humilde, muy sencillo. Siempre suponía que el que intervenía estaba muy preparado. Y todo esto le hacía especialmente sensible.

¿Y ahora qué?

No es por evadirme de la pregunta, pero creo que para eso está el Espíritu Santo, lo creo vivamente. Cuando yo era capellán de estudiantes teníamos reuniones vespertinas con los muchachos, cenas de reflexión en el Colegio Mayor… Y yo contesté lo mismo a una pregunta parecida. Entonces, un muchacho joven se asombraba de que yo me refiriera a lo invisible, y le tuve que contestar que tanto él como yo éramos demasiado jóvenes para tener tanta experiencia como el Espíritu. Y ahora, que yo he llegado ya a una edad, he visto que a veces hay situaciones que creemos que son enormemente difíciles de navegar, pero cuando nos queremos dar cuenta ya estamos en la otra orilla.

¿Usted participará de alguna manera en el cónclave?

Sí, yo quiero ir al cónclave (y ojalá Dios me conceda esto), no a la parte de la despedida del Papa (que también me agradaría, pero no puedo comprometerme a tanto por mi estado de salud), pero me parece especialmente importante estar en el cónclave, sobre todo en la parte preparatoria.

¿Cuál es el papel de un cardenal sin derecho a voto en ese proceso?

Pues hablar si uno tiene que decir algo que puede tener valor, y oír y ayudar. Pero fundamentalmente a mí me gustaría oír, estar presente en esa reflexión. Un cónclave siempre empieza con una comunicación entre electores y no electores (cardenales mayores y ancianos).

¿En esas reuniones se llega a hablar de estilos o de nombres?

De estilos sí, porque cuando uno se expresa en relación a la Iglesia, puede puntualizar lo que cree que son sus necesidades perentorias. Pero nombres, yo, al menos, no ofreceré ninguno.

¿No tiene usted candidato?

No, no quiero impedir que el Espíritu actúe a través de los que tienen la responsabilidad.

¿Qué características cree que debería tener el próximo Papa? ¿Cree que hay algún criterio geográfico, de edad o de actitud?

Hace unos pocos días leí una entrevista del cardenal don Julián Herranz, que me pareció bastante lúcida y acertada, en la que decía que lo importante es que se tenga claro qué es lo que puede necesitar la Iglesia. En ese sentido, creo que un hombre de comunión, de profunda fe y de amplia visión no debe tener miedo al tiempo ni al acontecimiento. Si fuera posible, me gustaría que eligieran a un hombre que haya estado en contacto con diversas iglesias, y con la Iglesia en diversas naciones y en diversos pueblos y culturas. Creo que eso es fundamental.
Mi experiencia personal, mientras fui obispo y antes de serlo, estuvo muy marcada por mi relación con la Iglesia de Portugal y con Hispanoamérica. Viajé durante varios años seguidos a dar cursos de pastoral, incluso cuando era ya obispo auxiliar de Madrid. Tenía mis veranos dedicados a América, y siempre lo recuerdo como una experiencia de gran riqueza. Una experiencia como la mía la señalaría como deseable para el sucesor del Papa.

¿Sería interesante un papa no europeo, teniendo en cuenta que en América es donde viven la mitad de los católicos del mundo?

No me atrevo a postular eso, pero no por discreción, sino por perplejidad. Creo que hay que elegir a una persona con experiencia, porque se puede ser obispo de tal ciudad, y sin embargo no haber tenido experiencia de la Iglesia universal. En ese sentido, hay personas que han ejercido en diversos sitios, que hablan diversas lenguas, y que por tanto tienen una capacidad de comunicación muy grande. Pero, sobre todo, lo que cuenta es la experiencia viva de haber servido como sacerdote en otras culturas.

¿Le parece más importante esa experiencia pastoral multicultural, que el saber «guardar la casa» de la Curia?

La casa es universal. Yo la casa la entiendo abierta a todos los pueblos, porque la Iglesia es el Pueblo de Dios disperso en todas las naciones. Por tanto, la clave es que tenga una profunda experiencia de fe y un gran sentido de comunión entre las iglesias. Ahora, la experiencia de Roma también enriquece, por supuesto. Yo, por ejemplo, estoy muy contento de mi experiencia personal, porque fui un alumno de Salamanca, después de Roma, después de París, y después de América Latina.

¿O sea que viajar ensancha horizontes?

Pero viajar teniendo que servir, no siendo turista. Teniendo la responsabilidad de ser aceptado por la comunidad. Eso da una especial sensibilidad y un sentido de la comunión muy hondo. La fe y la experiencia del servicio son lo fundamental.

¿Qué retos debe afrontar la Iglesia de cara al futuro? ¿Nueva Evangelización, diálogo con otras religiones, diálogo con el mundo…?

El Papa Benedicto, en su tiempo de obispo cardenal de Munich, y también posteriormente, tuvo declaraciones que podemos calificar de un poco pesimistas sobre Europa. Es en lo único que no he estado de acuerdo con el actual Papa, porque creo que a Europa no se le puede hacer todavía un certificado de defunción eclesial. Creo que hay una riqueza inmensa en las comunidades contemplativas, que en Europa son especialmente numerosas, o comunidades locales de cristianos entregados a la vida de la Iglesia. Yo tengo una gran satisfacción en ese sentido. Hace pocos días estuve con un joven matrimonio que hablaba de emigrar, desde el punto de vista del porvenir de sus hijos, y también del porvenir de la fe. A mí me emocionó pensar que la emigración puede ser también un servicio a la fe.

Se cumplen 50 años del Concilio Vaticano II, y han salido a la palestra cuestiones que quedaron pendientes de debate, como por ejemplo el celibato. ¿Es un tema cerrado?

Cerrado no está por supuesto. Es una cuestión íntimamente eclesial y por lo tanto está en manos de la Iglesia. Pero a mí me parece que hay una cuestión más fundamental, que me hace recordar a Pablo VI, un papa que yo traté muy directamente y que me invitó a ser secretario especial del Sínodo del 77. Los viernes por la tarde yo tenía que ir a darle cuenta del funcionamiento del Sínodo, y en una de esas conversaciones me dijo algo que me impresionó mucho: que había habido una tendencia equivocada de aplicación del Concilio. Le preguntamos a qué se refería concretamente, y nos dijo que en el aspecto de la aplicación en la línea de la renovación de instituciones, no de la renovación de espíritus. Para él había una trampa, que era la búsqueda del poder. Porque el monotema era que todos pudieran decidir la propia configuración de la Iglesia, y creo que esto es una reflexión muy poco profunda sobre la realidad de la Iglesia.

¿Se refiere a la colegialidad?

Es que la colegialidad no era la tendencia de ese tiempo, era una visión que reducía el ministerio apostólico a la sucesión de los aspóstoles. Era un debate en términos políticos, si se puede llamar así.

¿Debe haber un giro en la participación de los laicos y de las mujeres en la Iglesia?

Lógicamente tienen que irse planteando soluciones y medidas de renovación también en este aspecto, pero en última instancia también hay que hacer otra valoración, que creo que en estos debates queda demasiado silenciada, sobre el papel inmenso de la mujer en la historia espiritual de la Iglesia. Yo creo que la mujer, como una madre en su familia, ha tenido siempre un papel predominante. Estos días he estado reflexionando de manera constante sobre el papel de la Virgen María, y me parece que es importante darse cuenta de que es ella quien cohesiona la reunión de los discípulos.

Pero la capacidad de administrar determinados sacramentos está reservada única y exclusivamente al varón.

Bueno, eso es una herencia histórica que ha ido cambiando en muchos sentidos. Pero desde luego hay una permanencia en el mundo apostólico del papel de la mujer en la comunidad cristiana, a través de los siglos. Hay un momento histórico que se suele poner de relieve, que corresponde a algunas etapas de la Edad Media en las que la Iglesia se convirtió fundamentalmente en una referencia a la Virgen y a la Madre. Yo recuerdo toda la significación tremenda de pobreza del tiempo que vivió Catalina de Siena, y me parece una figura prodigiosa.

Sin embargo, en la jerarquía eclesiástica al final sólo hay hombres.

La administración del sacramento en el fondo se reduce a la eucaristía. Todo en la vida de los cristianos comienza y termina en la eucaristía. Yo siempre he tenido gran devoción por presidir eucaristías, que es donde el sacerdote, y quizá de una manera más intensa el obispo, encuentran la realidad de la Iglesia. Y ahí no somos más importantes los que presidimos que los que no. Yo creo esto personalmente desde mi ordenación sacerdotal, y este planteamiento me ha guiado.

Y en lo referente al uso de anticonceptivos (es decir, de una paternidad responsable vs. una moral disoluta), ¿qué opina?

Reconozco que no soy un experto en moral sexual, así que lo único que puedo hacer es referirme a los grandes principios de defensa de la vida y del amor, pero creo que no tengo el conocimiento para orientar una reflexión sobre esto.

¿Y si le eligieran papa a usted?

No, no puede ser. Yo no soy elector tampoco, y no es que me alegre, pero también es un alivio. El cardenal Amigo contestó a algo parecido «ése disparate no va a ocurrir», y yo, que soy mayor que él y que estoy mucho más destruido, digo lo mismo.

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