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El Barcelona convirtió su último partido de Liga en casa en una celebración a la altura de su título. Tras el tropiezo en Vitoria, el equipo de Flick recuperó su versión más reconocible para despedir el campeonato con pleno de victorias como local. Un objetivo simbólico que terminó por cumplirse en una noche cargada de emociones.
El protagonismo fue compartido, aunque con nombres propios. Raphinha marcó el ritmo del encuentro con dos goles y una actuación decisiva, mientras Cancelo puso el broche definitivo. Pero todas las miradas apuntaban a Lewandowski, que se despedía del Camp Nou tras cuatro temporadas. No logró marcar, pero recibió el cariño de la grada, que lo despidió entre aplausos cuando fue sustituido.
El polaco deja una etapa marcada por su compromiso en uno de los momentos más delicados del club. Su legado queda reflejado en cifras —119 goles en 192 partidos— y en gestos como el de Raphinha, que le cedió el brazalete de capitán en su último encuentro en casa.
El Betis, que llegaba con la satisfacción de haber asegurado su regreso a la Champions, también quiso sumarse al espectáculo. Los de Pellegrini ofrecieron resistencia y momentos de buen juego, especialmente tras el descanso con la entrada de Isco, que aportó claridad en la circulación.
El partido arrancó con dominio azulgrana. Raphinha avisó antes de inaugurar el marcador con un lanzamiento de falta que sorprendió a Valles. El Betis reaccionó y equilibró fuerzas, aunque sin traducirlo en goles. En la segunda mitad, el duelo se volvió más abierto, con alternativas para ambos equipos.
El momento clave llegó tras un error de Bellerín, que permitió a Raphinha firmar su doblete. Aun así, el Betis no se rindió. Un penalti transformado por Isco devolvió la incertidumbre al marcador, aunque duró poco. Cancelo apareció con un disparo lejano para sentenciar el encuentro.
Antes del final, Lewandowski tuvo su oportunidad, pero no logró cerrar su etapa con gol. Salió del campo emocionado, consciente de que su historia en el Camp Nou ya es parte del recuerdo. El pitido final dio paso a una celebración merecida, con el título en el bolsillo y una despedida que quedará en la memoria del barcelonismo.
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