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La carrera es desigual

Trump maniobra para romper el monopolio de China en tierras raras

La nueva alianza con Australia intenta reducir la dependencia de Washington del gigante asiático en minerales clave para la tecnología y la defensa

Periodista Digital 22 Oct 2025 - 12:52 CET
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El escenario internacional se mueve con agitación. Donald Trump y su equipo están intensificando sus esfuerzos para desafiar el dominio de China sobre las tierras raras, un conjunto de minerales fundamentales para la producción de tecnologías avanzadas y sistemas defensivos. El reciente acuerdo firmado con Australia representa un cambio significativo en la estrategia estadounidense, aunque los especialistas advierten que la velocidad de estos pactos queda corta frente al poderío chino en este sector tan crucial.

La reciente firma de un marco de cooperación entre Estados Unidos y Australia, con un valor que asciende a 8.500 millones de dólares, tiene como objetivo asegurar el suministro de tierras raras y minerales críticos. Este pacto busca fortalecer las cadenas de suministro y disminuir la dependencia de Washington respecto a China. Incluye acciones concretas, como movilizar al menos 1.000 millones de dólares para financiar proyectos mineros y de procesamiento en ambos países. También se prevé el desarrollo de reservas estratégicas y fomentar inversiones tanto públicas como privadas.

No obstante, el tiempo juega en contra de Trump. Los analistas señalan que establecer una cadena de suministro alternativa y verdaderamente independiente podría llevar entre 10 y 20 años. Mientras tanto, China mantiene el control sobre el 99% de la capacidad mundial para refinar tierras raras pesadas, ampliando su ventaja tecnológica y productiva.

La importancia capital de este tipo de materiales

Las tierras raras, como el disprosio, el terbio o el lutecio, son esenciales para fabricar componentes en sistemas defensivos, abarcando desde aviones de combate F-35 hasta submarinos y misiles inteligentes. Por ejemplo, un destructor clase Arleigh Burke requiere más de 5.000 libras de estos elementos, mientras que un submarino clase Virginia necesita más de 9.000 libras. Sin acceso garantizado a estos recursos, la industria militar estadounidense se enfrenta a riesgos significativos en cuanto a interrupciones y sobrecostes.

Esta dependencia no se limita al ámbito militar; las tierras raras son cruciales también en baterías, vehículos eléctricos, turbinas eólicas y dispositivos electrónicos. El monopolio chino plantea una amenaza seria para la seguridad nacional y la competitividad tecnológica de Estados Unidos.

La respuesta por parte de China no ha tardado en llegar. En abril de 2025, el Ministerio de Comercio chino impuso restricciones a la exportación de siete tierras raras junto con sus imanes, lo que afecta directamente a empresas estadounidenses del sector defensa y aeroespacial. Estas medidas exigen que los compradores soliciten licencias especiales, provocando parones y disrupciones en el suministro.

Por otro lado, China ha incluido a 16 compañías estadounidenses en su lista negra para control de exportaciones, limitando su acceso a productos tecnológicos avanzados y materiales duales. Este nuevo sistema dinámico podría incentivar a otros países a buscar cooperación con China, buscando evitar bloqueos en sus propias cadenas de suministro.

En este momento, no existe ninguna planta operativa en Estados Unidos dedicada a la separación de tierras raras pesadas. Las inversiones recientes del Pentágono han permitido ciertos avances, como la producción experimental de óxido de disprosio en laboratorios texanos; sin embargo, dar el salto hacia una producción industrial es aún un objetivo lejano.

Desde 2020, el Departamento de Defensa ha invertido más de 439 millones de dólares para fortalecer la cadena nacional.Proyectos como los desarrollados por MP Materials en California y por Lynas Rare Earths USA en Texas están progresando, aunque su capacidad es mínima comparada con lo que produce China. Se prevé que Australia siga dependiendo del refinado chino hasta al menos 2026.

Países como Australia, Brasil, Sudáfrica, Arabia Saudí, Japón y Vietnam han comenzado iniciativas para desarrollar sus propios depósitos y capacidades productivas. El acuerdo con Australia es uno de los más avanzados; su proyecto Browns Range aspira a convertirse en el primer productor significativo fuera del gigante asiático. Sin embargo, aún existen carencias tanto en infraestructura como en experiencia técnica necesarias para competir globalmente.

A corto plazo, acceder a tecnología australiana y crear reservas estratégicas puede aliviar algo la presión; sin embargo, alcanzar una verdadera diversificación requerirá inversiones sostenidas y una cooperación internacional robusta.

Las señales eran evidentes desde hace tiempo. Desde 2010, China ha empleado las tierras raras como herramienta geopolítica, restringiendo exportaciones hacia naciones como Japón, e incluso hacia los propios Estados Unidos más recientemente. Informes del Congreso estadounidense ya advertían sobre la necesidad urgente de incentivos fiscales y políticas industriales que fortalezcan la producción local; no obstante, las respuestas han sido lentas e inconsistentes.

Mientras que China actúa bajo una mentalidad orientada hacia la guerra económica ampliando su dominio tecnológico, en Estados Unidos se mantiene un enfoque casi pacífico. La industria parece incapaz de escalar rápidamente ante tal desafío. La brecha se ensancha cada vez más; así pues, la carrera por alcanzar autonomía mineral se perfila como uno de los grandes retos que marcarán esta próxima década.

La presión ejercida por Trump para cerrar acuerdos y movilizar inversiones es tanto real como urgente; sin embargo, las inercias acumuladas junto a la complejidad del sistema chino complican cualquier transición rápida. El pacto con Australia abre una puerta prometedora aunque repleta obstáculos técnicos, financieros y geopolíticos.

Al final del día, la lucha por las tierras raras no es solo una cuestión minera: se trata también del liderazgo tecnológico y estratégico que definirá al siglo XXI. Los años venideros serán cruciales para determinar si Estados Unidos logra desmantelar el monopolio chino o si esta brecha se convierte en una desventaja estructural casi imposible de superar.

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