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Joaquín Sabina mira su DNI y no se reconoce.
El número que figura en el documento le resulta ajeno, casi perteneciente a otra persona.
«Es complicado aceptarse con 70 años teniendo la vida que uno ha llevado», declara en una entrevista reciente.
La distancia entre lo que marca el calendario y lo que siente y piensa es el tema que ocupa su reflexión en este momento de su vida.
No es dramatismo. Es la constatación honesta de alguien que ha vivido más rápido que el tiempo.
El hombre detrás del mito
Joaquín Sabina Campos nació el 12 de febrero de 1949 en Úbeda, Jaén.
Creció en una familia de clase media, hijo de un guardia civil, en una Andalucía franquista que no encajaba con su temperamento. A los 20 años tuvo que exiliarse en Londres después de participar en actividades políticas contra el régimen, viviendo durante años en una pobreza que alimentó su imaginario poético antes de que la fama llegara para transformarlo todo.
Su primera etapa en Madrid, ya en la Transición, le convirtió en el cronista perfecto de una generación que quería vivir todo lo que le había sido negado.
Sus canciones de los años ochenta, desde Pongamos que hablo de Madrid hasta Y nos dieron las diez, capturaron con una precisión literaria que pocos letristas españoles han igualado la vida nocturna, el amor mercenario, la soledad urbana y el desencanto de quien ha apostado demasiado fuerte y ha perdido.
Lleva más de cuatro décadas en los escenarios. Ha vendido más de 15 millones de discos. Ha llenado estadios en media docena de países. Y sigue siendo, a sus años, uno de los pocos artistas españoles cuya aparición pública genera expectación genuina.
Las adicciones y la serenidad tardía
«Yo me quité hace ya 20 años», revela en la misma entrevista. Es una frase que resume décadas de excesos que no necesitan eufemismos: alcohol, cocaína y una forma de vivir que sus propias canciones describían sin disimulo. Las clínicas de desintoxicación fueron parte de su trayectoria en los años ochenta y noventa, y la dependencia de diversas sustancias marcó tanto su vida privada como su capacidad de trabajo en determinados períodos.
La serenidad que describe ahora no suena a conversión ni a redención. Suena a alguien que ha llegado a la paz con su historia de la única forma posible: aceptándola completamente.
La caída que paró el mundo
El 12 de febrero de 2020, durante un concierto en el WiZink Center de Madrid junto a Joan Manuel Serrat en la gira de despedida El Viaje de Serrat & Sabina, Sabina cayó del escenario. La caída le provocó fracturas en la clavícula y varias costillas, además de un neumotórax. Estuvo meses en recuperación. La gira, que incluía fechas en toda España y Latinoamérica, fue cancelada indefinidamente.
Tenía 71 años y acababa de caer en el escenario ante miles de personas. La imagen recorrió el mundo. Y Sabina se recuperó, como siempre, para seguir.
Vanesa Martín y el cambio de opinión
Uno de los episodios más comentados de su etapa reciente ha sido la colaboración con Vanesa Martín en No nos supimos querer, un dúo que generó todo tipo de especulaciones entre el público sobre la naturaleza de la relación entre los dos artistas.
Sabina lo dejó claro con la precisión de quien está acostumbrado a que le malinterpreten: «Es complicidad artística». Y añadió algo más revelador sobre lo que la colaboración le ha supuesto: «Me he visto obligado a cambiar de opinión sobre muchas cosas gracias a ella. La primera es que no encontraba cantantes más jóvenes que me emocionaran».
Para alguien con la iconoclastia estética de Sabina, reconocer que una artista de otra generación le ha cambiado la perspectiva no es un gesto menor. Es, probablemente, la crítica más generosa que puede hacer alguien que lleva cuarenta años diciendo exactamente lo que piensa.
Las polémicas que nunca cesan
Sabina y la controversia son inseparables. No por cálculo sino por temperamento: dice lo que piensa, vive como quiere y acepta las consecuencias con una ecuanimidad que en él parece genuina.
En 2023 se vio envuelto en una polémica por comentarios sobre el feminismo que generaron una reacción significativa en redes sociales y medios. Ofreció disculpas públicas, algo que en su historial es relativamente infrecuente, lo que dio la medida de la intensidad del revuelo generado.
Su posición política ha sido siempre la de un hombre de izquierdas con demasiada independencia intelectual como para ser cómodo para nadie. Ha criticado a políticos de todos los signos cuando le ha parecido oportuno. Ha defendido la libertad de expresión en términos que a veces incomodan precisamente a quienes en teoría comparten su ideología. Y ha mantenido una relación con la prensa basada en la desconfianza mutua y el respeto a distancia.
Sus relaciones amorosas han sido durante décadas material de portada. El amor, en todas sus formas y con todos sus desastres, es el tema central de su obra y también el de su vida. Sabina nunca ha pretendido que hubiera distancia entre ambas cosas.
El poeta que sigue en pie
Lo más notable de Sabina a los 77 años no es que siga activo, aunque eso ya sería suficientemente notable. Es que sigue siendo relevante de una forma que no depende de la nostalgia sino de la continuidad creativa.
Sus letras, desde las primeras hasta las más recientes, pertenecen a una tradición literaria española que conecta con Quevedo, Machado y Gil de Biedma tanto como con el rock anglosajón y el tango rioplatense. Es un poeta que encontró en la canción popular el formato que le permitía llegar donde los poemas publicados en libros no llegan.
«No me veo con una cabeza o un corazón de 70 años».
Quien haya escuchado su música probablemente entienda exactamente a qué se refiere. Y quien no la haya escuchado todavía tiene un trabajo pendiente que merece la pena empezar cuanto antes.
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