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Hay una forma de corrupción discreta, calculada, que intenta no dejar rastro.
Y hay otra forma de corrupción que solo es posible cuando quien la ejerce está completamente convencido de que nadie le va a tocar.
La de José Luis Ábalos y Koldo García pertenece a la segunda categoría, según destapa en exclusiva el periodista Enrique Martínez Olmos en EsDiario.
No se escondían. No disimulaban.
Se sentían impunes. Y tenían razones para sentirse así: eran el núcleo duro del sanchismo, el secretario de Organización del PSOE y su hombre de confianza, protegidos por la estructura del partido y por la lealtad de un presidente que los mantuvo en su órbita incluso cuando los escándalos empezaban a aflorar.
Lo que ha ido saliendo en el Tribunal Supremo esta semana no es solo la historia de una trama de corrupción. Es el retrato de dos hombres que hacían lo que les daba la gana porque estaban convencidos de que podían hacerlo.
La estafa al hermano del asesino de Alcàsser
El episodio más surrealista del caso, y eso es mucho decir dado el nivel general del asunto, lo ha destapado en exclusiva el periodista Enrique Martínez Olmos en El Mundo.
Mauricio Anglés es propietario de una clínica de implantes capilares en Massanassa, Valencia. Su hermano es Antonio Anglés, el prófugo asesino de las niñas de Alcàsser, uno de los criminales más buscados de la historia reciente de España. Mauricio no tiene nada que ver con los crímenes de su hermano y lleva décadas construyendo su vida al margen de esa sombra.
Ábalos y Koldo García llegaron a su clínica un sábado, expresamente convocados fuera del horario habitual porque el empresario los atendió de forma especial. Venían a hacerse un implante capilar. Llegaron recomendados. Anglés preparó incluso un catering para recibirlos. Los dos dirigentes socialistas rechazaron el catering y pidieron un bocadillo de jamón y una cerveza. Sobrios, discretos, normales.
Lo que vino después no fue tan discreto.
Durante la visita, Ábalos y Koldo le advirtieron que las mascarillas «se iban a agotar» en plena pandemia. Era marzo de 2020, el momento de máximo caos sanitario, y esa información valía oro. Anglés, como tantos otros empresarios que en aquellas semanas intentaban asegurar suministros para sus negocios, confió en la palabra de dos dirigentes del partido gobernante que parecían saber lo que estaban hablando.
Retiró 10.000 euros de su caja fuerte. Se los entregó en efectivo. Pidió 20.000 mascarillas.
Le llegaron 10.000. La mitad. El resto nunca apareció. El dinero tampoco fue devuelto.
Ábalos y Koldo García estafaron al hermano del asesino de Alcàsser y siguieron con su vida como si no hubiera ocurrido nada. Anglés ha interpuesto una denuncia. Tardó años en llegar a los tribunales porque, durante todo ese tiempo, los dos hombres que le habían robado tenían el poder suficiente para que nadie les preguntara nada incómodo.
El sistema: 10.000 euros al mes, chalés y alquileres pagados
La estafa a Anglés es un episodio menor dentro de un sistema de enriquecimiento que operaba a una escala muy diferente.
Koldo García recibía 10.000 euros mensuales en efectivo del empresario Víctor de Aldama, el hombre que se benefició de contratos millonarios de mascarillas durante la pandemia. En ocasiones, el dinero se repartía directamente entre Ábalos y Koldo en presencia del propio Aldama. Sin intermediarios. Sin disimulo. Tres hombres en una habitación repartiendo fajos de billetes.
Aldama pagó además el alquiler del piso de Jésica Rodríguez, entonces pareja de Ábalos, por 2.700 euros mensuales. Y financió la compra de un chalé en la urbanización La Alcaidesa de Cádiz para que Ábalos y su familia disfrutaran durante las vacaciones del verano de 2021. Un chalé de vacaciones. Pagado por un empresario que tenía contratos millonarios con el Ministerio que dirigía Ábalos.
No era corrupción discreta. Era corrupción a cara descubierta. La de quien sabe que puede permitírsela.
Ferraz como destino final
Y luego está el dinero que llegaba a la sede del PSOE en la calle Ferraz.
Una testigo declaró esta semana ante el Supremo que Aldama le indicó que debía trasladar efectivo hasta la sede socialista. Lo hizo en dos ocasiones. Total entregado: 90.000 euros. En una de esas entregas, Aldama mostró su descontento porque «faltaban 10.000 euros para llegar a los 100.000 destinados a Ferraz».
No faltaban 100 euros. No faltaban 1.000. Faltaban 10.000 para completar una entrega de 100.000 euros en efectivo a la sede central del partido gobernante. Y Aldama lo dijo con la naturalidad de quien habla de una transferencia bancaria pendiente.
La UCO tiene documentado este patrón. Sobres que entran, bolsas que salen, dinero que circula por Ferraz sin aparecer en ninguna contabilidad oficial. El partido que gobierna España tenía, según la investigación, una caja B que operaba con la discreción de quien se sabe protegido.
Las víctimas institucionales: mascarillas defectuosas a precio de oro
Mientras Ábalos y Koldo estafaban a pequeños empresarios como Mauricio Anglés y cobraban sus comisiones mensuales, las administraciones públicas pagaban precios desorbitados por material defectuoso.
El Gobierno balear, presidido entonces por Francina Armengol, desembolsó 3,7 millones de euros por mascarillas falsas suministradas por empresas vinculadas a Aldama. Nunca reclamó la devolución del dinero. Nunca anuló el contrato.
Puertos del Estado y Adif, entidades públicas dependientes del Ministerio de Transportes de Ábalos, pagaron las mascarillas a 2,5 euros la unidad cuando el precio medio de mercado era de 3,38 euros. Hoy esas mismas mascarillas se compran por 30 céntimos.
La pandemia fue, para esta red, una oportunidad de negocio. El estado de emergencia, la urgencia de los pedidos, la ausencia de controles habituales: todo jugaba a favor de quienes tenían los contactos y la posición para aprovecharlo. Y Ábalos y Koldo los tenían.
La impunidad que da el poder
Lo que hace especialmente revelador este caso no es la corrupción en sí. La corrupción política existe en todos los sistemas democráticos y en todos los partidos. Lo que hace diferente el caso Ábalos es la escala de la impunidad con la que operaba.
Estafaron a un empresario que organizó una reunión especial un sábado para atenderlos y les preparó un catering. Lo estafaron, se comieron el bocadillo de jamón y se fueron. Sin devolver el dinero. Sin devolver las mascarillas. Sin consecuencia alguna durante años.
Cobraban 10.000 euros mensuales en efectivo de un empresario con contratos ministeriales. Repartían el dinero en persona, con el empresario presente, sin ningún tipo de intermediación que creara distancia o cobertura.
Llevaban a la pareja del ministro un piso pagado por el mismo empresario que facturaba millones al ministerio.
Se compraban chalés de vacaciones con dinero de ese empresario.
Y mandaban 90.000 euros en efectivo a la sede de su partido.
Todo eso ocurrió durante años, mientras Pedro Sánchez mantenía a Ábalos como su número dos, como su secretario de Organización, como la persona de máxima confianza para gestionar la maquinaria del PSOE. Cuando los escándalos empezaron a aflorar, Sánchez lo colocó como diputado raso para mantenerlo en el partido y bajo cierto paraguas de protección institucional.
Esa protección es la que explica la impunidad. Ábalos y Koldo se sentían intocables porque, durante años, lo fueron. Tenían el respaldo del hombre más poderoso de España. Tenían el control del aparato del partido. Tenían acceso a los recursos del Estado. Y tenían la certeza, que los hechos confirmaban cada día, de que nadie que dependiera de ellos iba a hacerles preguntas incómodas.
Hasta que llegó la UCO. Y la UCO no depende de nadie en Ferraz.
El bocadillo de jamón como símbolo
Hay algo en el detalle del bocadillo de jamón que resume perfectamente la actitud de estos dos hombres. Llegaron a casa de un empresario que los había tratado con todos los honores, que había preparado un catering, que había abierto la clínica un sábado especialmente para ellos. Y pidieron un bocadillo y una cerveza.
No era austeridad. Era desprecio. El desprecio de quien sabe que el otro necesita más de ti de lo que tú necesitas de él. El desprecio de quien tiene el poder y lo ejerce sin disimulo.
Mauricio Anglés les entregó 10.000 euros en efectivo y nunca volvió a verlos ni a ellos ni a la mitad de sus mascarillas.
Y Ábalos y Koldo siguieron con sus implantes capilares, sus chalés de vacaciones, sus 10.000 euros mensuales y sus reuniones en Ferraz.
Hasta que el Supremo les recordó que la impunidad, como todo en esta vida, tiene fecha de caducidad.
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