Mientras el colosal barco se pone en marcha, la gran mayoría de los tres mil pasajeros del crucero están en cubierta viendo cómo zarpan del puerto de Geiranger, uno de los más bellos fiordos de Noruega. Un mar de fotos inmortaliza la piedra acantilada que se levanta hercúlea a ambos lados de la popa, con las gaviotas audaces trayendo el frescor de las cascadas que se suceden a cada paso. La escena, idílica, se ve interrumpida por la “sorpresa” que había anunciado minutos antes la megafonía. De pronto, un haz de luces verdes estalla en todas las direcciones. En una esquina, Carlos Jean, amo del misterio que emerge de una mesa metálica, hace vibrar el barco entero con una potente música electrónica. Salida de la nada, Najwa Nimri, ataviada con un kimono de luto abierto por el pecho, susurra en español la letra de ‘Dead for you’: “¿Dónde puedo encontrar la muerte por ti? Todo mi odio por ti…”.
Un segundo después, ya nadie mira al acantilado que se levanta hacia el cielo como la Sagrada Familia de Gaudí. Las gaviotas chocan contra las ventanas de los camarotes, pero ningún pasajero lo percibe. Todas y cada una de las miradas se centran en los labios de la cantante navarro-jordana… “Ahora descansas en el infierno, y te echo de menos de nuevo. Pequeña niña vertical”. Muchos conocen la canción por ser la banda sonora del programa de cine ‘Versión Española’, presentado por Cayetana Guillén Cuervo. Sin embargo, pese a esa conexión, ni uno solo de los presentes imagina lo que ocurre a continuación: de las aguas emerge lo que parece una sirena de larga melena rubia. De un salto, esta criatura misteriosa se sitúa tras Najwa Nimri, la abraza y, tras otro brutal impulso, se lleva a la cantante de Najwajean consigo hacia las profundidades del fiordo.
Asustados, todos miran arremolinados hacia el mar: se aprecia tumulto, remolino. Gritan horrorizados por entender que el susurro hecho mujer está siendo devorado, pero todo cambia al poco, cuando las aguas se amansan y se aprecia perfectamente lo que es un beso de pasión llevada al límite, un abrazo sin ropa. Alguno ya se lleva la mano a la bragueta cuando, a modo de rayo impetuoso, Carlos Jean retoma su discoteca andante y hace sonar ‘Drive me’. La gente se da la vuelta y se estremece al ver que en medio de la popa está Cayetana Guillén Cuervo. Luce piernas de musa y no cola de sirena, pero lo que más llama la atención es que lleva un kimono de luto rasgado por todas partes. Con la mirada perdida, también canta en español: “Y quiero tu amor, y necesito tu corazón. Y quiero tu necesidad, y necesito tus huellas dactilares para poder entrar…”. Nadie habla, todos permanecen hechizados mirándola.
Cuando llega a la parte final de la canción (“No necesito tocarte, si estás sentado en frente. Bajo mi asiento veo tus manos moviéndose”), también como un fantasma, aparece Najwa Nimri, mitad sirena, y, besándole la nuca, la abraza. Fundidas ambas, se contornean y, con una sola voz, concluyen la canción: “Entonces te dejo hacer, tú me guiarás. Entonces te dejo venir, mientras mis ojos te siguen”.
Lo que sigue es un apagón total y un imperio del silencio, ya noche cerrada. Solo se destilan entre la penumbra, allá en una esquina, las luces verdes de una mesa mágica. Carlos Jean hace sonar, casi imperceptiblemente, unos platillos. El fiordo ha dado paso a un mar eterno y helado. Dos gaviotas parecen hacer el amor en plena subida al cielo infinito. Alguno afirmaría más tarde que iban cantando.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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