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Héroe ferruginoso: Popeye el marinero

Una hortaliza caballerosa, de cuento y de comic: la mágica espinaca

Marie-José Martin Delic Karavelic 27 Dic 2011 - 20:19 CET
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El Goliat de los comic strips nació en 1929 de la fértil mente de Elzie Crisler Segar, fuertemente influenciado por Charlie Chaplin e humorista gráfico del «Chicago Herald«. El marine norteamericano más cascarrabias, bravo y caballeresco del universo conocido, sigue surcando siglos y mares, repartiendo leña y mamporros a granel con una envidiable salud de hierro, mediante socorridos botes de verdura engullidos sin necesidad de abrelatas. ¿Pero, quién llegó primero al plato de Popeye? ¿La gallina o… la espinaca?  Fue el totemizado gallus gallus doméstico, sustituido más adelante por la crujiente hortaliza, fuente bucólica de la musculosa fuerza del mítico personaje. La historieta, cautivando a EE. UU. y al resto del planeta, bastó para atribuir a la diminuta hortaliza una falsa y tenaz leyenda urbana de furibundo corte ferruginoso, nacida de… una falta tipográfica.

En efecto, esa desproporcionada fama metálica se debe a un error de una secretaria distraída, quien, retranscribiendo en 1890 la tabla de propiedades de la Spinacia oleracea, olvidó una coma en el apartado hierro, multiplicando por 10 dicho supuesto aporte. Por tanto el vegetal usurpador ostentó unas supuestas dosis excepcionales del componente, aprovechadas por las autoridades sanitarias estadounidenses para erradicar las galopantes anemias ferropénicas imperantes. La equivocación aumentó masivamente su consumo y la cuenta corriente de los encantados verduleros patrios, rápidamente emulados por sus copiones compañeros de fatigas de las demás naciones.  Dicho efecto mariposa popularizó la nueva panacea vigorizante, preceptiva en cualquier dieta por su pretendida superioridad nutritiva.

La cosa, incluso, se puso de cine con los listísimos Dave y Max Fleischer, quienes recuperaron para la Paramount Pictures el temperamental perfil de Pop Eye («ojo reventado», nadie supo nunca donde y como ocurrió). Con esos mimbres fantasiosos supeditaron su inaudito vigor a la devoración masiva de la superlativa espinaca y todo el personal imitándolo.

En 1933, unos pragmáticos investigadores teutones intentaron vanamente rectificar las exageradas bondades atribuidas a la plantita. Desvelaron su auténtico ADN, proponiendo además al colérico Popeye una dieta más realista a base de lentejas (ellas sí repletas de hierro).  Igual consejo se brindó a su anti libidinosa, lánguida y desnutrida novia de anoréxico moño, Oliva Oyl, pertrechada de enclenques, fofas y desmesuradas extremidades. Pero el vegetariano y rudo Braccio di Ferro (su alter ego transalpino) ya habitaba el imaginario colectivo con su valor, rabietas y mala leche, para desesperación de los churumbeles globales obligados a tragarse indecentes cantidades de espinacas, so pena de carecer en sus mocedades de la robustez y estomagantes bíceps del dietético héroe. ¿Contendrá también esteroides y anabolizantes la frágil espinaca?

Según parece, la Segunda Guerra Mundial nutrió aún más la errónea fama ferruginosa de la hortaliza, los bolsillos de cultivadores tejanos y cómo no, los estómagos de los valientes soldados estadounidenses.  America at war desembarcó sus valiosas tropas por playas, calles y montes del asombrado mundo mundial, asegurando que sus bravos boys, invencibles por consumir toneladas de una fabulosa arma absoluta, la espinaca popeyana, aniquilarían urbi et orbi al enajenado Hitler y sus sanguinarios secuaces.  Así fue, véase los libros de Historia, para alibio del mundo libre y del increíble mito de la dichosa espinaca, quien, con ese cuento desconcertante, jugó un curioso papel en la terrorífica contienda.

Por tanto Popeye, saltando de la inocua tira cómica al horrendo fragor de las salvajes trincheras, se mudó a providencial superhéroe patriótico y bondadoso ídolo de masas desesperadas, limpiando el globo de villanos y calamidades imperantes, verbigracia el fascismo tentacular con bigote ralo e inquisidora esvástica devastadora rociando de bombas la sufrida Humanidad en ruina.

Escalando peldaños huracanados y kilométricas alambradas nazis, nuestro hombre providencial desbancó incluso en el imaginario colectivo al enternecedor ratón Mickey, ícono sagrado de la factoría Disney y sempiterno novio de América. Triunfando planetariamente y propinando jugosos negocios archimillonarios, el sailorman salvador, metafórico del popular american heroe, reverdeció incluso con su colosal influencia la venta de espinacas, que registró un 30% de aumento de consumo.

Con esos inverosímiles mimbres se convirtió en el primer personaje dietético de comic homenajeado en 1937 por la «Green Economy» norteamericana. Aunando dólares tan verdes como la superdotada hortaliza, los riquísimos cultivadores locales, agradecidos, elevaron enfrente del Ayuntamiento de la tejana Crystal City, autoproclamada «Capital Mundial de las Espinacas», una estatua al nombre y semejanza del marinero de humeante pipa de maíz y mala leche perenne.

En Chester (Illinois), ciudad que reivindica su paternidad y cuna natal del ilustrador Elzie Crisler Segar tampoco anduvieron a la zaga: el borde pero entrañable sujeto, moldeado en bronce, tiene un festival anual, el «Popeye Picnic and Parade» y un nutrido club de fans apasionados por su vida, latas y milagros.

75 años de agitada vida para el dinámico Popeye son pecata minuta y los suyos se celebraron literalmente por todo lo alto. Concretamente sobre el celebérrimo rascacielos del país de las stars and stripes, el Empire State Building, que lució durante tres noches el color fetiche del famoso personaje: un sublime y mítico verde espinaca.

En loor de la verdad, la hortaliza de fama accidental y leyenda vivaz ostenta hierro vegetal, pero sólo en pequeña cantidad (2,7 mg/100 g de hojas frescas). Más notable resulta su oferta en potasio, yodo, calcio, magnesio y vitaminas, especialmente B9, C y A. Tiene poderes antioxidantes, está repleta de flavonoides y fibras benéficas para el tránsito intestinal. Parca en calorías (20 Kcal./100 gr.), su ligereza le valió el moto de «escoba del estómago» y su inclusión en los régimenes más saludables.

Disponible todo el año, hoy la proponemos en sencilla ensalada, escoltada por el emperador de los quesos italianos: el Parmigiano Reggiano. Las cantidades están previstas para dos personas y se hace de la manera siguiente:

Lavar y escurrir unos 400 gr. de espinacas frescas. Disponerlas en platos hondos, rociarlas con gotitas de limón, fuente de vitamina C que permitirá al organismo absorber satisfactoriamente el hierro de las verduritas. Repartir unas rodajas de mandarina, clementina o naranja dulce, copones de Parmigiano al gusto, aliñar con aceite de oliva extra virgen, vinagre de Módena, flor de sal Maldón y pimienta negra recién molida. La agradable alianza sweet-sour de esa ensalada funciona perfectamente con fiambres, pollo y pavo fríos.

Queda una fundamental y seria cuestión destinada a mitómanos y empedernidos fórofos de Asterix:  ¿entró la sobrenatural espinaca en la secretísima poción mágica del invencible, rebelde y diminuto guerrero galo? Para saberlo, pronto emigraremos al pueblo (sin nombre),  pesadilla recurrente del imperial César, donde el mago-druida Panoramix nos ilustrará (acaso) al respecto. ¡Que Tutatis nos coja confesados y conservad vuestro corazón de niño para siempre!

Para terminar, echar un vistazo a http://www.youtube.com/watch?v=2gbdnyAyE0A

¡¡That’s all, folks!!

 

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