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Escapadas de Semana Santa

Baena: La emoción sonora que despierta en el corazón de Córdoba

Antes de que el incienso inunde las calles, el eco metálico de los tambores empieza a latir. En Baena, la fe no solo se reza: se oye, se toca y se comparte.

Paul Monzón 14 Feb 2026 - 16:10 CET
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En Baena, el aire suena distinto cuando se acerca la Semana Santa. Hay algo que tiembla en el ambiente, una expectación que se cuela entre las fachadas encaladas, entre los balcones que pronto vestirán flores y promesas. No es un simple murmullo: es el primer latido de un corazón colectivo que empieza a despertar.

Hay pueblos que se miran y pueblos que se escuchan, y Baena —inevitablemente— pertenece a los segundos. Porque aquí, antes de ver, se oye. Las calles susurran un rumor de baquetas y pieles tensadas, un pulso metálico y ancestral que se propaga por cada esquina. No es ruido: es herencia. Es la voz de los antepasados, afinada en cada tambor fabricado con paciencia y devoción.

Baena

Cuando los tambores suenan, la tierra tiembla un poco y el tiempo se detiene. Las callejuelas se convierten en túneles de sonido, en ecos que envuelven, hipnotizan, borran la frontera entre lo humano y lo divino. Los baenenses no golpean el tambor: lo sienten. Y quien lo escucha una vez, ya no lo olvida.

Pero Baena también se mira. Porque cada procesión es un cuadro en movimiento donde el color tiene alma: el morado que respira penitencia, el negro que llora la tarde del Viernes Santo, el blanco que anuncia la esperanza resucitada. Y en medio de esa ola de luces y emociones, los Judíos con sus cascos dorados, sus plumas danzantes, sus pasos firmes, representan el teatro sagrado de un pueblo que vive su fe con la intensidad de quien la lleva en la sangre.

Lo que la ciudad muestra no son solo imágenes ni costumbres: es historia viva. Escenarios donde Judas traiciona, donde Cristo cae y el incienso se convierte en niebla de redención. Todo, bajo esa cadencia incesante del tambor que nunca cesa del todo, ni siquiera cuando calla.

Y al caer la noche, cuando los cuerpos cansados buscan descanso, Baena recuerda que la fe también se cocina. En la mesa, un potaje de vigilia, unas flores de sartén cubiertas de azúcar… y el silencio dulce de quien sabe que acaba de vivir algo sagrado. Porque aquí, en el corazón de Córdoba, la devoción no se pronuncia: se siente, se celebra y se escucha.

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