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La escena geopolítica del Ártico vuelve a congelarse, pero no por las bajas temperaturas. Desde Washington, la voz de Donald Trump resonó con la misma contundencia de un viento polar: “Haremos algo con Groenlandia, por las buenas o por las malas”. Era más que una frase improvisada; era un desafío al equilibrio estratégico del norte del Atlántico.
Las palabras del presidente estadounidense desataron una tormenta en Copenhague y en Nuuk, donde los ecos de una posible invasión helaron la calma habitual de sus poblaciones. Cuatro de cada diez daneses creen ya que Estados Unidos podría tomar la isla por la fuerza, según un reciente sondeo. En Groenlandia, los temores son aún más profundos.
“No queremos ser estadounidenses, no queremos ser daneses, queremos ser groenlandeses”, sostuvieron, con tono solemne, los líderes de los cinco partidos del Parlamento de la isla.
Por primera vez, todas las fuerzas políticas se unieron en un mismo mensaje: el futuro del territorio debe decidirse “sin presiones externas” y conforme al derecho a la autodeterminación que ampara su Estatuto de Autonomía de 2009.
El eco del miedo bajo el hielo
Desde que Trump reavivó su deseo de “comprar” o “controlar” Groenlandia, la sociedad local vive entre la preocupación y la indignación. “Nos da miedo ver cuánta presión cae sobre Groenlandia”, admitió Aia Lyberth Jeppson, joven estudiante groenlandesa en Dinamarca. El redactor jefe del medio Semitsaq, Masaana Egede, fue aún más directo: “Algunos groenlandeses simplemente no pueden dormir”.
El sentimiento no es exagerado. La isla, gobernada por Jens-Frederik Nielsen —al frente de un bloque liberal e independentista moderado—, ha encontrado en la provocación de Trump un motivo inesperado de unidad nacional. La advertencia del presidente estadounidense de que “ni Rusia ni China ocuparán Groenlandia” fue interpretada como la antesala de una ofensiva política o incluso militar.
Copenhague entre la incredulidad y la alarma
La reacción en el Reino de Dinamarca no se ha hecho esperar. La primera ministra Mette Frederiksen intentó contener la escalada con un mensaje de firmeza, advirtiendo que una agresión de Estados Unidos “pondría fin a la OTAN tal como la conocemos”. Pero tras aquel comunicado, el silencio. Copenhague observa con cautela mientras prepara el encuentro previsto con el secretario de Estado, Marco Rubio, quien asegura que “la diplomacia sigue siendo la primera opción”.
Las encuestas, sin embargo, reflejan un país en vilo. El 38% de los daneses cree posible una invasión y el 28% duda que Washington respete los límites históricos del territorio. Nadie ignora lo que se juega: Groenlandia es más que una isla de hielo; es una pieza estratégica entre América, Europa y el Ártico, un enclave codiciado por su posición militar y sus recursos naturales aún vírgenes.
La joya del Ártico
En el norte gélido, donde Estados Unidos mantiene su base aérea de Thule, se libra ya una batalla silenciosa por el control de los corredores marítimos que emergen del deshielo. Bajo su superficie, Groenlandia guarda reservas de tierras raras, níquel y uranio, minerales cruciales para la tecnología y la defensa moderna. Es la nueva frontera del poder global, donde China, Rusia y ahora Washington buscan influencia.
Trump no oculta sus intenciones: “No me imagino a China ni a Rusia ocupando Groenlandia, pero alguien debe hacerlo”, dijo recientemente, cuestionando incluso la legitimidad danesa al recordar que “haber desembarcado allí hace 500 años no significa ser dueño de esa tierra”.
Una línea de fractura internacional
Pele Broberg, líder del partido independentista Naleraq, insiste en que “solo los groenlandeses pueden enfriar la situación”. Pero su propio discurso encierra una paradoja. Broberg ve en Washington no solo una amenaza, sino también un potencial “protector” para un futuro Estado groenlandés. “Depende de nosotros. No de Dinamarca”, declaró con evidente carga simbólica.
En ese tablero helado, el mundo observa. Cada palabra de Trump descongela temas que parecían sepultados desde la Guerra Fría: soberanía, control del Ártico, guerra fría tecnológica. Y mientras el hielo se resquebraja, Europa y la OTAN contienen la respiración.
En Groenlandia, el viento sopla más fuerte. Y esta vez, lo hace desde el sur.
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