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lo tremendo es que el marido de Begoña se toma unas vacaciones en Doñana.
La desquiciada política exterior del Gobierno Frankenstein ha supuesto un giro radical que ha aislado a España de sus aliados tradicionales y la ha acercado a regímenes autoritarios, inestables y hostiles.
Inspirado en ocasiones por el chavista José Luis Rodríguez Zapatero, el trilero Pedro Sánchez ha convertido la diplomacia española en un ejercicio de relativismo moral donde los derechos humanos se negocian según conveniencias ideológicas.
Este acercamiento indiscriminado a lo peor del panorama internacional ha erosionado la credibilidad de nuestro país, convirtiéndolo en un actor errático que prioriza posturas ideológicas por encima de los intereses nacionales.
Bajo esta estrategia, España ha terminado alineada con los torturadores venezolanos del régimen de Maduro, con los terroristas de Hamás, con los comunistas chinos y hasta con los ayatolás iraníes.
Mientras se abrazaba a dictadores y grupos terroristas, el Gobierno Sánchez ha debilitado las relaciones con Estados Unidos, Israel y buena parte de la Unión Europea. Esta deriva no solo ha generado tensiones diplomáticas graves, sino que exponen a España a riesgos de seguridad y ha dañado su imagen como nación seria y fiable en el concierto internacional.
Lógicamente, estas decisiones tienen consecuencias.
La pérdida de confianza de nuestros socios tradicionales se traduce en menor influencia en foros multilaterales, posibles represalias económicas y un aislamiento que ya comienza a manifestarse en diversos ámbitos.
España paga el precio de una política exterior ideologizada y miope que, lejos de proyectar valores democráticos, ha terminado legitimando a los mayores violadores de derechos humanos del planeta. El resultado es una nación más sola, más vulnerable y con una reputación seriamente dañada.
Pedro Sánchez se encuentra disfrutando de la Semana Santa en el Palacio de las Marismillas, en Doñana, sin compromisos públicos.
En paralelo, más de 40 países, bajo la convocatoria de Reino Unido, se reúnen virtualmente para debatir sobre el futuro del Estrecho de Ormuz.
Este punto estratégico, por donde transita el 20% del petróleo y gas del mundo, sigue bloqueado por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria de Irán (CGIR) tras los ataques realizados por EEUU e Israel contra Teherán.
La reunión entre ministros de Exteriores, que tiene lugar este Jueves Santo, se centra en explorar diversas herramientas diplomáticas, económicas y de presión para reabrir esta vital ruta. En las últimas 24 horas, apenas cinco buques lograron cruzar el estrecho, una cifra alarmantemente baja comparada con los 150 que lo hacían normalmente. La ministra británica de Exteriores, Yvette Cooper, no dudó en calificar como «temeraria» la postura adoptada por Irán, que niega haber cerrado completamente el paso y solo impide el acceso a barcos considerados «enemigos», como los estadounidenses e israelíes.
La ausencia de España es notable, especialmente considerando que es la quinta economía europea.
Desde Exteriores se ha indicado que recibieron una invitación para participar, pero decidieron abstenerse, priorizando «estabilidad, desescalada y diálogo» con aliados como Arabia Saudí, Turquía, Egipto y Qatar. Además, no firmaron el comunicado emitido el 19 de marzo que condenaba los ataques iraníes a embarcaciones comerciales; un pronunciamiento respaldado por naciones como Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Corea del Sur y Nigeria.
Esta situación provoca una sensación incómoda. Los aliados occidentales, liderados por Keir Starmer, evitan extender invitaciones a Sánchez.
Un episodio similar ocurrió en septiembre pasado tras el ataque ruso a Polonia con drones. El Gobierno español parece alinearse con grupos como Hamas, los talibanes o los ayatolás iraníes al no manifestar su condena a las acciones de Teherán contra los petroleros.
Por otro lado, Giorgia Meloni mantuvo una conversación telefónica con Starmer, donde ambos enfatizaron la importancia de garantizar la libertad de navegación y acordaron coordinar esfuerzos para reducir las tensiones en Oriente Medio. Desde Roma se propone además establecer un corredor humanitario para facilitar el acceso a fertilizantes.
En otro frente, Ursula von der Leyen contactó con Starmer para asegurar la colaboración europea destinada a restablecer el tránsito en el estrecho. Mientras tanto, desde Corea del Sur, Emmanuel Macron aboga por una solución diplomática y considera «poco realista» recurrir a la fuerza.
El próximo encuentro del G7 junto a naciones del Golfo está previsto para la semana entrante con el objetivo de desbloquear Ormuz. Asesores militares también abordarán temas relacionados con desminados en los días venideros.
En cuanto a las palabras del expresidente estadounidense, Donald Trump, quien parece desentenderse del asunto: sostiene que el estrecho se abrirá «de forma natural» al término del conflicto. Además, instó a las naciones dependientes del petróleo a «cuidarlo». Por su parte, Starmer ha instado a los europeos a estar «preparados para luchar si es necesario».
“Esa es la moneda actual”.
Un artículo reciente publicado en El Español critica cómo España queda al margen de democracias debido a su falta de posturas firmes en temas clave.
El bloqueo actual agrava la crisis energética mundial. Los precios del crudo están en ascenso. Aunque Sánchez ha interrumpido sus vacaciones para abordar cuestiones relacionadas con Ucrania, parece ignorar lo que sucede en Ormuz. ¿Habrá un cambio?
Si España no decide condenar a Irán pronto podría quedar aún más aislada. Con Starmer y sus aliados presionando: ¿diplomacia firme o fuerza si todo falla? Europa busca proteger su petróleo sin contar con Madrid en las negociaciones.
La aduana del Estrecho de Ormuz
La Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) ha bloqueado -sembrando minas en su fondo- el Estrecho de Ormuz —por donde circula el 20 % del petróleo y gas mundial.
La teocracia iraní solo autoriza el tránsito a petroleros de países “amigos”, principalmente de China, India, Pakistán y Tailandia. En las últimas horas, parece que también que de Francia.
Estos buques, sin embargo, deben pagar un peaje de aproximadamente dos millones de dólares (en yuanes) impuesto por el CGRI.
Para cobrar estas tasas, Irán ha obligado a las embarcaciones a desviar su ruta y pasar por las islas iraníes de Qeshm y Larak, donde la Guardia Revolucionaria inspecciona los datos y exige el pago.
De aplicarse a gran escala la ‘tasa’, Irán podría ingresar aproximadamente 100.000 millones de dólares al año, superando los 80.000 millones de dólares que obtiene actualmente por la venta de su petróleo.
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