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La noticia llegó por Truth Social, como tantas otras en la era Trump. Alto el fuego de diez días en Líbano. Vigente desde las 17:00 hora del Este, las 23:00 en España. El resultado de conversaciones directas entre el presidente estadounidense, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y el presidente libanés Joseph Aoun.
Más de 2.200 muertos en Líbano. Más de 7.100 heridos. Más de un millón de desplazados esperando poder volver a casa. La tregua llega tarde para muchos. Para Israel, llega en el momento exacto que necesitaba.
Porque mientras Trump anunciaba la paz, Netanyahu ordenaba ampliar la zona de seguridad en el sur libanés. Y las tropas israelíes seguían avanzando.
Lo que Israel quiere y no va a soltar
La posición israelí es tan clara como incómoda para cualquier mediador. Israel no está en Líbano de paso. Está construyendo una arquitectura de seguridad permanente en el sur del país que tiene un nombre geográfico muy preciso: el río Litani.
Hasta ese río, Israel quiere que no haya presencia armada de Hezbolá. Cinco divisiones desplegadas en el sur, con una adicional en Monte Dov. Presencia militar israelí mantenida durante la tregua, durante las negociaciones y, si Netanyahu tiene lo que pide, durante el tiempo que sea necesario después.
En una videollamada con su gabinete, el primer ministro fue explícito: las tropas permanecerán en sus posiciones. Cualquier amenaza de Hezbolá durante los diez días de tregua recibirá respuesta inmediata. El alto el fuego no es un repliegue. Es una pausa en la que Israel consolida lo que ha ganado sobre el terreno.
La historia tiene memoria. En noviembre de 2024, Israel y Hezbolá alcanzaron un primer alto el fuego que duró hasta marzo de 2025, cuando se rompió tras los bombardeos contra Irán. Netanyahu aprendió la lección de aquella experiencia: los acuerdos sin garantías sobre el terreno no duran. Esta vez, las garantías son las divisiones desplegadas hasta el Litani.
Los bombardeos de las últimas horas
La tregua se anunció. Y las bombas siguieron cayendo.
En las horas previas al inicio del alto el fuego, Israel intensificó sus bombardeos contra posiciones de Hezbolá en el norte del país. La oficina de Netanyahu confirmó que se estaban «haciendo preparativos», una expresión diplomática que en el terreno se traduce en ataques de última hora para mejorar posiciones antes de que el reloj se detenga.
Israel instó a los civiles del norte a buscar refugio. Líbano respondió que primero debe establecerse el alto el fuego y después hablar de movimientos de población. La secuencia importa. Y Israel lleva semanas marcando su propia secuencia.
Dos mil doscientos muertos confirmados en Líbano. Más de siete mil heridos. Una destrucción en el sur del país que los observadores internacionales comparan con los peores episodios de los conflictos anteriores entre ambas partes. Israel no ha combatido con medias tintas. Ha combatido para ganar y para quedarse.
Hezbolá e Irán: las incógnitas que pueden romper la tregua
El éxito de estos diez días depende, en última instancia, de lo que decida hacer Hezbolá. La milicia chií, respaldada por Teherán, ha rechazado en el pasado todos los intentos de acercamiento que implicaban condiciones sobre su armamento o su presencia en el sur libanés.
Israel exige el desarme de Hezbolá como condición para retirar sus tropas de la zona de seguridad. Hezbolá no va a desarmarse voluntariamente. El nudo es real y no tiene una solución sencilla sobre el papel.
Irán, por su parte, había puesto como condición para su propia tregua el cese de los ataques en Líbano. Esa condición se cumple ahora, al menos formalmente. Pero Teherán sigue bajo presión máxima: Estados Unidos mantiene el bloqueo en el Estrecho de Ormuz, ha amenazado con abordar barcos iraníes y el Pentágono ha dejado claro que mantendrá esa postura «el tiempo que sea necesario». Desde Washington el mensaje es directo: «Elegid con prudencia».
Trump también ha invitado a Netanyahu y Aoun a la Casa Blanca para impulsar las negociaciones. El primer ministro libanés Nawaf Salam celebró el anuncio y lo describió como la respuesta a una petición que Beirut lleva formulando desde el inicio del conflicto. Para el millón largo de desplazados del sur, es la primera señal de que podrían volver a casa.
La zona de seguridad: el nudo que lo condiciona todo
El elemento que hace frágil cualquier acuerdo duradero en Líbano es la zona de seguridad que Israel exige mantener entre su frontera norte y el río Litani. Para Tel Aviv es una necesidad existencial: después de décadas de ataques lanzados desde esa franja de territorio libanés, Israel no está dispuesto a abandonarla sin garantías que considera imposibles de obtener por la vía diplomática.
Para Líbano, la presencia de cinco divisiones israelíes en su territorio es una ocupación inaceptable que ningún gobierno libanés puede aceptar formalmente sin colapsar políticamente.
Trump intenta mediar en esa contradicción. Pero es Netanyahu quien tiene la última palabra sobre el terreno. Y Netanyahu lleva semanas dejando claro que Israel no retrocede hasta que Hezbolá deje de ser una amenaza real en el norte.
Diez días de tregua. Un millón de desplazados esperando. Cinco divisiones israelíes consolidando posiciones hasta el Litani. Y Hezbolá decidiendo si acepta un nuevo statu quo o si elige reiniciar la guerra.
La balanza está en el aire. Y el margen para que se incline hacia la paz es más estrecho de lo que los comunicados oficiales sugieren.
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