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La situación se deteriora aceleradamente en Teherán

Dos meses de guerra con Irán y de momento…todos pierden

Donald Trump rechaza la tercera propuesta de paz de Teherán y declara finalizadas las hostilidades para eludir el veto del Congreso

Periodista Digital 02 May 2026 - 10:22 CET
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Dos meses después del inicio de las hostilidades, el conflicto entre Estados Unidos e Irán ha entrado en la fase más peligrosa de todas: la del estancamiento en que ninguna de las partes puede ganar pero ninguna quiere ser la primera en ceder.

Trump desestimó este viernes la tercera oferta de paz presentada por Teherán.

Lo hizo, según fuentes próximas a la Casa Blanca, para esquivar el veto del Congreso y poder declarar unilateralmente el fin de las hostilidades sin necesidad de un acuerdo formal que sus adversarios pudieran presentar como una rendición.

El resultado es una tregua de facto que no es paz, no es victoria y no es derrota. Es exactamente el tipo de ambigüedad que Trump detesta y que sin embargo ha creado.

Rige un cese de hostilidades desde principios de abril. La población iraní respira con el alivio provisional de quien sabe que la siguiente ronda puede llegar en cualquier momento. El Estrecho de Ormuz sigue siendo el nudo que ninguna de las partes ha podido desatar.

Cómo empezó y dónde está

La guerra comenzó el 28 de febrero con ataques conjuntos de EE.UU. e Israel contra objetivos militares, industriales y de liderazgo en Irán. Los golpes iniciales fueron significativos: eliminaron a figuras clave del régimen, degradaron la capacidad del ejército convencional iraní y destruyeron infraestructura energética y militar. Miles de civiles murieron en el proceso.

Trump prometió una victoria en tres días. Ahora habla de semanas. La distancia entre ambas afirmaciones es la medida del fracaso estratégico de la operación.

Lo que Washington no calculó correctamente, o calculó y decidió ignorar, es que Irán tiene una capacidad de resistencia asimétrica que no depende de su ejército convencional. El bloqueo del Estrecho de Ormuz, por donde pasa entre el 20% y el 25% del petróleo y gas licuado mundial, demostró que Teherán podía causar daño global sin necesidad de ganar ninguna batalla terrestre. El Brent está a 126 dólares. Las bolsas europeas llevan semanas bajo presión. La amenaza de recesión global es real.

El balance: casi todos pierden

Estados Unidos entra en el balance en posición más débil de lo que sus portavoces admiten. Los dos objetivos estratégicos originales, provocar un cambio de régimen en Irán o desmantelar su programa nuclear mediante capitulación, han fracasado. El régimen de los Ayatolás sigue en pie. El programa nuclear sigue siendo la única moneda de negociación que Teherán no está dispuesto a entregar. Las tropas americanas han sufrido bajas en la «Operación Epic Fury» que el Pentágono no ha detallado públicamente. Y el apoyo doméstico a Trump sobre la gestión del conflicto ha caído en todas las encuestas desde el inicio de las operaciones.

La comparación que circula en los círculos críticos dentro de Washington es incómoda: Trump dijo del covid que «va a desaparecer» y no desapareció. Ahora dice que Irán está «decimado» y que Ormuz se abrirá «naturalmente». La retórica es idéntica. Los hechos, también.

Irán ha pagado un precio enorme en vidas civiles, infraestructura destruida y colapso económico acelerado. El rial ha alcanzado mínimos históricos. La inflación supera el 50%. Hay dificultades reales para pagar salarios públicos y mantener operativo el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. La hambruna amenaza a sectores de la población que el bloqueo ha dejado sin acceso a alimentos importados.

Y sin embargo el régimen resiste. Más aún: la presión exterior ha generado el efecto habitual en sociedades bajo ataque, un reforzamiento del apoyo interno al gobierno, al menos entre las élites y los sectores que dependen del estado. Irán controla efectivamente el acceso al Estrecho y esa posición le da una palanca negociadora que los bombardeos no han podido eliminar.

Los países del Golfo Pérsico y el Consejo de Cooperación del Golfo son los grandes perjudicados silenciosos del conflicto. Sus economías dependen del tráfico por Ormuz y el bloqueo ha paralizado rutas comerciales que generan billones de dólares anuales. Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait observan con una mezcla de miedo y frustración cómo dos potencias ajenas a la región deciden el destino de sus economías.

Hegseth, Vance y la guerra desde lejos

El secretario de Defensa Pete Hegseth ha gestionado el conflicto con el vocabulario de quien ha visto demasiadas películas de acción: habla de «letalidad», premia a soldados con mentalidad de combate decimonónico y dedica más energía a criticar lo «woke» en el ejército que a desarrollar una estrategia de salida que ningún analista serio ha visto articulada desde Washington.

Mientras tanto, el vicepresidente JD Vance ha realizado campaña en Hungría respaldando al líder autoritario Viktor Orbán, mientras los recursos americanos siguen drenándose en un conflicto que no tiene resolución a la vista.

La arquitectura política de la administración Trump en este conflicto refleja una contradicción fundamental: los hombres más influyentes en la toma de decisiones militares son figuras ideológicamente comprometidas con narrativas de combate que no tienen equivalente en la complejidad geopolítica real del Golfo Pérsico.

Lo que Irán ofrece y Trump no acepta

Teherán ha ofrecido abrir completamente el Estrecho de Ormuz a cambio del levantamiento del bloqueo naval americano y el fin formal de la guerra, aplazando las negociaciones sobre el programa nuclear para una fase posterior.

Trump ha rechazado las tres ofertas porque aceptarlas requeriría admitir que no ha conseguido los objetivos que proclamó al inicio del conflicto. El presidente que detesta ser llamado perdedor está atrapado en una lógica en que reconocer la realidad equivale a perder.

Irán ha ofrecido incluso un sistema de peajes para los buques que crucen por su lado del Estrecho, una solución híbrida que Washington también rechazó. La posibilidad de que Ormuz permanezca cerrado de forma indefinida, que los analistas sitúan en torno al 30%, ha dejado de ser escenario teórico para convertirse en riesgo operativo real para los mercados globales.

El espejo de Vietnam

La comparación que más incomoda en los despachos de Washington es la de Vietnam: un conflicto que EE.UU. no podía ganar militarmente pero que tampoco podía abandonar sin costo político devastador, y que se prolongó durante años causando daños crecientes a todas las partes mientras los responsables buscaban una salida que no pareciera derrota.

No es una analogía perfecta. Irán no es Vietnam del Norte y Trump no es Johnson. Pero la lógica del atrapamiento es la misma: una vez comprometido el prestigio presidencial en un conflicto, el costo político de retirarse supera en la percepción del presidente el costo de continuar, aunque continuar sea objetivamente peor para todos.

La tregua de abril es un respiro. No es una solución. Y cualquier incidente, un buque interceptado, un ataque de milicias proxis, una declaración mal interpretada, puede encender de nuevo un conflicto que nadie sabe cómo terminar de forma que todos puedan presentarlo como victorioso.

Esa es la definición más precisa de la situación actual en el Estrecho de Ormuz: un empate que nadie puede permitirse reconocer como tal.

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