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Al principio parecía posible que el Presidente Obama tuviera un problema de comunicación en el tema de la Sanidad – al que la solución era siempre más y más Obama-, pero la exposición a la opinión pública no se tradujo en persuasión. Entonces pareció útil diagnosticar un problema de partidismo, culpando a una pequeña minoría de obstruccionistas en el Congreso y dementes en las asambleas de frustrar la voluntad de la mayoría -hasta que las encuestas demostraron que la mayoría es contraria al enfoque Demócrata de la reforma sanitaria-.
Más estadounidenses (según una encuesta reciente del Washington Post) creen hoy que la calidad sanitaria, el coste y su propia cobertura empeorarán bajo el Obamacare de los que creen que estas cosas van a mejorar.
De hecho, Obama tiene un problema con la realidad de la atención sanitaria, y ello ha empezado a amenazar su posición como líder. Se jugó el éxito de sus primeros días en la administración -tal vez de toda su presidencia- a una reforma sanitaria tan vaga como divisoria, que logra enfurecer a los radicales del déficit tanto como a los izquierdistas que piensan que el compromiso ha ido ya muy lejos. Obamacare ha sido la versión política de la bomba de neutrones, vaporizando a los partidarios mientras deja en pie cada obstáculo estructural.
El daño político es ya considerable. Obama ha visto uno de los desplomes más acusados de popularidad de un presidente nuevo en los últimos tiempos. La confianza entre los independientes en que Obama tenga la capacidad de tomar las decisiones correctas se ha reducido 20 puntos porcentuales desde su toma de posesión.
¿Por qué resulta tan difícil de digerir la realidad de la reforma integral de la Sanidad? Algunos problemas estructurales vienen complicando esta cuestión desde los tiempos de Harry Truman. Dado que hay mucha más gente cubierta por el actual sistema de salud que fuera de él, la mayoría tiende a ser reacia a correr riesgos y suspicaz a los esfuerzos que pudieran beneficiar a la minoría a sus expensas. Y millones de estadounidenses relacionados con la industria de la salud -no sólo unos cuantos peces gordos de las aseguradoras- tienen interés financiero en el resultado del debate de la reforma sanitaria. Ellos, naturalmente, intentan averiguar lo que van a significar los cambios para ellos, y la incertidumbre alienta el conservadurismo.
Obama pensó -no sin razón- que su momento político podría ser diferente.Su apoyo electoral fue amplio. Una atmósfera de crisis económica, calculó, podría abrir a los estadounidenses a la innovación social de Roosevelt.
Fue un error de cálculo. Los estadounidenses no estaban tan desesperados ni son tan maleables como lo fueron durante el New Deal. El gasto masivo de Obama, destinado a estabilizar la economía, también agotó las arcas públicas, lo que dificulta proponer nuevos gastos importantes. El déficit de 9 billones de dólares durante 10 años ha planteado la posibilidad, según Warren Buffett, de una república «bananera» estadounidense -poniendo en circulación papel sin parar-, debilitada por la inflación y olvidada por los inversores extranjeros en deuda pública.
Al mismo tiempo, como señala William Galston, de la Brookings Institution, la confianza pública en el gobierno se mantiene «cerca de mínimos históricos.»
Todavía cuando la popularidad del Presidente Obama estaba en máximos, en marzo y abril, la confianza en el gobierno apenas despegaba de los mínimos de otoño. La popularidad personal de Obama no se tradujo en fe en la eficacia y la integridad del gobierno.
Sume a esto el hecho de que una de las principales fuentes de ingresos para financiar el Obamacare son los recortes en Medicare. Muchas personas mayores están naturalmente preocupadas porque las limitaciones del gasto propuestas en este programa podrían traducirse eventualmente en limitaciones del servicio. Y no ayuda que los recortes en Medicare se utilicen para financiar los derechos sociales de otros en lugar de fortalecer el propio programa Medicare.
Los partidarios Demócratas siguen insistiendo en que la imposición de la reforma mediante la estrategia «en solitario» es posible y necesaria. El costo político, reza el argumento, ya se ha pagado. ¿Por qué no aprovechar el beneficio político de complacer al electorado? ¿No vimos, en 1993 y 1994, el coste llegar a la reforma sanitaria con las manos vacías? No puede volver a suceder.
Esto podría tener sentido si el principal obstáculo fuera la resistencia de los Republicanos a un proyecto de ley popular. Pero no lo es. Los Demócratas están luchando contra un rápido cambio hacia la responsabilidad fiscal, un escepticismo generalizado con el gobierno y el resentimiento por el uso de Medicare como maltrecha financiera de la reforma.
Una transformación Demócrata del sistema sanitario estadounidense en este entorno sin más apoyos que la disciplina de partido -en mitad de un debate público que van perdiendo claramente- huele a radicalismo hambriento de poder, a izquierdismo más propio de Robespierre que de Jefferson.
Las opciones de Obama en la Sanidad durante las próximas semanas van a decidir mucho de la naturaleza y la trayectoria de su presidencia. Finalmente todo se reduce a una pregunta: ¿Realizará Obama los ajustes necesarios a la estrategia antes de su humillación política o después?.
© 2009, Washington Post Writers Group
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