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El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, sintetizó hace unos días la postura rusa con una frase que pone de manifiesto el verdadero orden de prioridades: «Debemos asegurarnos nuestro beneficio siempre que sea posible, no importa cuán cínico suene». Mientras Israel y Estados Unidos bombardean instalaciones iraníes, Rusia observa cómo el aumento del precio del petróleo engrosa sus arcas. El conflicto en Oriente Próximo ha traído consigo una inyección inesperada de dólares para Moscú, que está vendiendo el crudo sancionado almacenado en alta mar sin haber encontrado previamente compradores.
La situación resulta paradójica.
Rusia e Irán firmaron en enero de 2025 un acuerdo de cooperación integral, y Teherán proporcionó a Moscú la valiosa tecnología de los drones Shahed, que ahora se producen en grandes cantidades. Sin embargo, cuando estalló la guerra, el Kremlin se distanció rápidamente. «No es nuestra guerra», declaró Peskov, dejando claro que los intereses económicos son prioritarios frente a las alianzas estratégicas. Aunque Rusia comparte información con Irán sobre el posicionamiento de las fuerzas estadounidenses, se cuida de no escalar directamente contra Donald Trump, cuya administración controla las sanciones que asfixian la economía rusa.
Los números parecen favorables a corto plazo. De los 40,2 billones de rublos que Rusia anticipa en ingresos presupuestarios para 2026, cerca de 8,9 billones provienen del gas y el petróleo. El conflicto iraní ha provocado un aumento repentino en los precios, lo que permite a países como India comprar crudo ruso con urgencia. En este sentido, Nueva Delhi, que importaba 2,1 millones de barriles diarios a mediados de 2025, vio caer esta cifra a 1,1 millones en enero debido a las nuevas sanciones estadounidenses contra empresas como Rosneft y Lukoil. Ahora, con el cierre del Estrecho de Ormuz amenazando los suministros del Golfo Pérsico, países como China, India y Turquía buscan desesperadamente petróleo ruso. Según analistas, tanto Washington como Bruselas mirarán hacia otro lado.
Sin embargo, economistas advierten sobre la naturaleza efímera de este beneficio. El aumento del precio del crudo podría fortalecer un rublo ya robusto, lo que ahogaría la competitividad de la industria rusa y disminuiría los ingresos reales. Una recesión global provocada por la crisis energética podría perjudicar también a Moscú, dado que depende fuertemente de sus exportaciones. Según el economista ruso Vladislav Inozémtsev, el incremento en los ingresos presupuestarios será moderado: entre un 25% y un 40%, no el doble como algunos podrían suponer. «Después estoy convencido de que la situación se normalizará», sostiene.
La amenaza invisible: la lluvia negra
Mientras Rusia calcula sus beneficios económicos, Teherán amanece bajo una amenaza ambiental sin precedentes. Los bombardeos israelíes contra instalaciones petroleras han causado explosiones masivas que generan lo que se conoce como «lluvia negra»: precipitaciones contaminadas con residuos de crudo y sustancias tóxicas cayendo sobre la capital iraní. Los depósitos petroleros destruidos liberan densas nubes de humo negro que cubren completamente el cielo de Teherán, ocultando incluso las montañas Albor, visibles normalmente desde la ciudad.
Esta lluvia negra no es solo un fenómeno estético. El agua contaminada contiene partículas de petróleo y productos químicos peligrosos, presentando un grave riesgo para la salud pública. Las autoridades iraníes han emitido alertas sobre estas precipitaciones tóxicas mientras los incendios en los depósitos siguen ardiendo incesantemente. Los tanques destruidos continúan ardiendo, alimentando un ciclo de contaminación que afecta tanto al aire como al agua en toda la región. Este daño ambiental se suma a la devastación militar y complica aún más la situación humanitaria en Irán.
Las grietas en la alianza
A pesar del interés por mantener su cooperación económica con Irán, las fisuras son evidentes para Rusia. El Kremlin reconoce su incapacidad para frenar el conflicto actual y apunta a que solo aquellos actores que iniciaron la guerra pueden ponerle fin. El ministro ruso de Energía, Serguéi Tsivilev, visitó al embajador iraní en Moscú para asegurarle que seguirían colaborando; sin embargo, este mensaje suena débil ante una realidad contundente: Rusia no puede proteger a sus aliados.
La reciente designación de Mojtaba Jamenei, hijo del fallecido líder supremo iraní, como nuevo líder supremo ocurre en medio de una escalada sin precedentes en las tensiones regionales. Mientras tanto, desde las filas israelíes se promete que el nuevo líder enfrentará un destino similar al de su padre. En este escenario complicado, observamos cómo aliados dentro del bloque BRICS —como son Venezuela, Irán, los Emiratos Árabes Unidos y incluso Turquía— sufren ataques entre sí o son bombardeados por las fuerzas estadounidenses ante una preocupante indiferencia moscovita.
El cálculo final
La guerra contra Ucrania consume alrededor del 40% del presupuesto ruso actual. Justo antes del estallido del conflicto en Irán, el ministro de Finanzas ruso, Antón Siluánov, anunció recortes para reponer el Fondo Nacional de Inversión; ese paracaídas anticrisis tan necesario para el Kremlin. Aunque hay margen para continuar con esta guerra hasta 2026, economistas advierten que si Irán cae bajo presión externa significativa, los precios del petróleo podrían desplomarse hacia finales del año; esto haría evaporar cualquier beneficio económico momentáneo.
Así pues, aunque Moscú ha recibido una inesperada inyección económica gracias al conflicto actual, sus alianzas internacionales están siendo sacudidas por un Trump omnipresente; ese enemigo disfrazado al cual tanto tiempo deseó tener cerca el Kremlin. En torno a Oriente Próximo se cierne un futuro incierto para el régimen teocrático iraní; mientras tanto en Latinoamérica países como Cuba enfrentan desafíos serios y Venezuela parece girar hacia Washington; ya en Asia observamos cómo China mantiene una mirada atenta sobre toda esta situación convulsa. En resumen: Rusia juega al beneficio inmediato mientras se erosiona su influencia estratégica; esa lluvia negra sobre Teherán es solo otro símbolo más del modo en que esta guerra está redefiniendo el orden mundial actual —dejando a Moscú con ganancias efímeras y alianzas cada vez más frágiles.
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