Son malos de solemnidad.
Desde que se produjo la revolución en 1979, Irán ha construido una red de violencia que se extiende por varios continentes.
No son actos aislados ni grupos fuera de control; estamos ante una política de Estado sistemática llevada a cabo por organizaciones especializadas como el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) y su fuerza Qods, así como el Ministerio de Inteligencia y Seguridad.
Mediante grupos como Hamás, la Yihad Islámica y, sobre todo, Hezbolá, la teocracia iraní ha llevado a cabo conspiraciones terroristas, secuestros y atentados que han dejado un rastro de miles de muertes en más de veinte países.
Calcular con precisión la magnitud de estas acciones terroristas es complicado. En Irak, por ejemplo, entre 2003 y 2011, las operaciones relacionadas con el régimen iraní causaron más de 600 muertes entre estadounidenses.
Sin embargo, la lista de atrocidades va mucho más allá.
En 1983, un doble atentado suicida contra los cuarteles de los Marines estadounidenses y paracaidistas franceses en Beirut resultó en la muerte de 241 soldados norteamericanos y 58 franceses.
Este ataque marcó un antes y un después en el uso del terrorismo suicida como herramienta estratégica para Teherán. Hasta el 11-S, fue el ataque más devastador contra las fuerzas armadas estadounidenses en el extranjero.
Los atentados perpetrados en Argentina son un claro ejemplo de cómo el terrorismo iraní ha extendido sus tentáculos hacia Sudamérica. En 1992, Hezbolá, con apoyo logístico iraní, hizo estallar la embajada israelí en Buenos Aires, causando la muerte a 29 personas e hiriendo a otras 252.
Dos años después, la misma táctica se utilizó contra la AMIA: el saldo fue de 95 muertos y alrededor de 200 heridos. La justicia argentina acusó formalmente a altos funcionarios iraníes por ser los responsables del diseño de ambos ataques. En 2015, el fiscal Nisman, quien luego fue hallado muerto en su hogar, denunció a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por encubrir la autoría iraní.
En París entre 1985 y 1986 se produjo una serie de atentados que dejaron un total de 13 muertos y más de 250 heridos en centros comerciales y estaciones ferroviarias. E
l secuestro del vuelo 847 de TWA también tuvo lugar en 1985, donde se retuvieron a 39 rehenes estadounidenses. La crisis de rehenes en Líbano durante casi diez años (1982-1992) vio cómo Hezbolá secuestraba a cerca de un centenar de ciudadanos extranjeros provenientes de diversas nacionalidades, sometiéndolos a torturas inhumanas.
En 1989, el ayatola Jomeini emitió una fatwa condenando a muerte a Salman Rushdie por su novela Los Versos Satánicos. En 1991, agentes iraníes asesinaron al ex primer ministro Shapur Bajtiar en París. Al año siguiente, tres agentes iraníes eliminaron a tres líderes opositores kurdos en el restaurante Mykonos en Berlín; un tribunal alemán determinó que este ataque había sido ordenado desde las altas esferas del gobierno iraní, identificando directamente al líder supremo Alí Jamenei y al entonces presidente Hashemi Rafsanyani.
Con el inicio del siglo XXI, las tácticas se transformaron hacia formas más sofisticadas como la guerra asimétrica. Irán comenzó a proporcionar explosivos avanzados a milicias en Irak y Afganistán para atacar convoyes occidentales. También lanzó ciberataques masivos contra instituciones financieras estadounidenses e infraestructuras europeas.
Entre 2019 y 2024 hostigó y secuestró petroleros en el estrecho de Ormuz, controlando así el paso del 20% del petróleo mundial. En el último año hemos visto cómo las tensiones aumentaron con ataques directos mediante misiles y drones entre Irán e Israel-Estados Unidos, lo que marca una transición clara desde una guerra encubierta hacia una confrontación abierta.
La Unión Europea tomó nota de esta situación en enero de 2026 al clasificar a la Guardia Revolucionaria Iraní como organización terrorista e imponiendo nuevas restricciones sobre la exportación de componentes tecnológicos para drones y misiles. Esta decisión institucional pone sobre la mesa lo que muchos analistas han documentado durante años: que el régimen liderado por los ayatolas no representa una entidad política convencional; es más bien una estructura fundamentada en el miedo, el islamismo radical estatal y la exportación del terror.
El colapso de este régimen no solo beneficiaría al pueblo iraní —que ha padecido las atrocidades del sistema durante más de cuatro décadas— sino también al mundo entero. Un sistema que ha priorizado extender el terror sobre mejorar las condiciones para su población; que ha saqueado su economía interna para financiar grupos terroristas; que ha llevado al país a estar constantemente enfrentado con su entorno no puede perdurar indefinidamente.
La transparencia es letal para cualquier régimen represivo. Las protestas que estallaron en diciembre de 2025 tras el desplome del rial —que perdió un asombroso 80% de su valor— reflejan un desafío existencial para este régimen. La inflación descontrolada, los cortes constantes de agua y electricidad y un desempleo juvenil superior al 30% son claros signos del agotamiento del sistema.
Para profundizar en este análisis histórico sobre las operaciones terroristas llevadas a cabo por Irán, puedes consultar el análisis detallado sobre la política terrorista estatal iraní.
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