EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Los escritos escritos están. De la guisa que fueron trenzados permanecen. Ahora ya todo depende de los correctores y/o evaluadores (ellas o ellos) de tus ejercicios. Seguro que sales airoso de esos sendos trances.
Tengo para mí que una/o no demuestra todo lo que sabe de una asignatura en un examen, pero considero que es un trámite necesario, inexcusable. Entiendo que llames a esas pruebas “suplicios”. Pero mejor esos, los tales, que nada, que el aprobado general.
¿Inmortalidad? ¿Posteridad? ¿Para qué? Si yo (el menda tiene, como tú, también algo del incrédulo santo Tomás) no voy a estar allí.
Me conformo con que mis prosas y/o mis versos, si las/os lee/n hoy, mañana o cuando sea, quien/es puede/n aprender y/o aprovecharse de ellas/os, lo haga/n.
En el Parnaso estarán quienes estén. Acaso no todas/os las/os que deban estar. Dependerá de los gustos futuros y del canon vigente a la sazón. ¿De qué sirve que yo quiera figurar allí si las y los que tengan criterio y gocen de predicamento al respecto no me incluyen en él? De desasosiego, al menos. No me interesa. Lo que me importa es otra cosa. Uno ahora, aquí, mientras vive, debe escribir sobre lo que le atañe o concierne. Un poeta no puede estar instalado en su torre de marfil. Un intelectual debe criticar la situación que padece él o sufren sus congéneres. Si hay suicidios por desahucios, verbigracia, debe escribir de ello. El suicidio es un asunto crucial para un pensador. Mira cómo, con qué frase empieza “El mito de Sísifo” Albert Camus: “No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio”. No creo que sea la solución de los males, pero, seguramente, el suicida no ve otra para los suyos.
Yo sería un perfecto imbécil si me jactara ahora de haber nacido en Tudela o de que mi piadoso padre lo hiciera en Cornago y mi altruista y generosa madre en Cabretón. Yo sólo puedo sentirme en paz conmigo mismo si el grueso de los actos o hechos que he llevado a cabo a lo largo y ancho de mi existencia son dignos de honor, honra, prez. De qué me sirve haber nacido donde sea, aquí, ahí o allí, si mi comportamiento es desleal, el de una persona venal o, en su defecto, el de un impostor. De qué sirve que escriba bien, si luego, en mis ratos libres, soy un atracador de farmacias o, aún peor, un asesino en serie (que no soy, claro está, ni lo uno ni lo otro).
Ya perdonarás las precedentes extravagancias, pero, a veces, con ellas demostramos más nuestro genio o talento que con nuestros pensamientos más sesudos y mejor meditados.
No será fácil, sin duda, pero a ti te corresponde poner los medios para lograr dicha aspiración, en el supuesto de que tú, libremente, la tomes por tal.
Pido permiso a quien (me consta que te consta) es uno de mis maestros predilectos, don Miguel de Unamuno y Jugo, para traer aquí unas líneas de su obra “Amor y pedagogía” (1902) con las que pretendo persuadirte sobre el particular. Ya dirás si lo he conseguido o no.
“—Extravaga, dilecto amigo mío (cambio el precedente vocativo por el original unamuniano “hijo mío”), extravaga cuanto puedas, que más vale eso que vagar a secas. Los memos que llaman extravagante al prójimo, ¡cuánto darían por serlo! Que no te clasifiquen; haz como el zorro, que con el jopo borra sus huellas; despístales. Sé ilógico a sus ojos hasta que renunciando a clasificarte se digan: es él, Jesús (ese que tú sabes) (mudo el que antecede por el original “Apolodoro Carrascal”), especie única. Sé tú, tú mismo, único e insustituible. No haya entre tus diversos actos y palabras más que un solo principio de unidad: tú mismo”.
Espera haberte sido de alguna ayuda y aprovecha la ocasión para saludarte a ti y, en tu nombre, hacer extensivos los saludos a tus más allegados este aprendiz de ruiseñor,
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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