¿CÓMO ESCRIBE UNA DÉCIMA OTRAMOTRO?
Antes de entrar de lleno en materia, en el proceso creativo específico (porque los hay diversos, numerosos —un porcentaje no menor de los cientos y aun miles de décimas/espinelas que he publicado han tenido sus primeras versiones, provisionales, algunas, ciertamente pocas, definitivas, en el trenzado mental que he hecho de ellas estando tumbado, decúbito lateral o supino, sobre la cama; luego, tras memorizarlas, he tenido que levantarme para dejarlas escritas, porque a veces he aplazado o diferido su urdidura unas horas y, tras despertarme, no las he logrado rememorar del todo por la mañana—, variopintos) del caso concreto, acaso convenga dejar constancia aquí de esta consideración previa. El primer verso de un poema, el que lo causa u origina, que dicen que lo brinda la musa y yo comparo con la arcilla informe del alfarero (que, después de dar muchas vueltas sobre el torno y poner asaz empeño y esmero el artista, deviene en botijo, cántaro, jarrón o cualquier otro tipo de vasija); primer verso que no necesariamente tiene por qué ser el que arranca el poema, porque unas veces aparece expresado en el cabal centro del mismo, otras más o menos alejado de ese susodicho punto medio, y otras lo corona, puede ser una frase o una locución que encierra una idea propia o ajena, pero siempre fugaz, que te llama poderosamente la atención por su enjundia, juego de palabras o sonoridad (aliteración) y que, o aciertas a darle cauce pronto, quiero decir, una forma provisional en un santiamén o pispás o se evapora, esfuma y pierde irremediablemente (o quizás no para siempre).
Un día leí este proverbio chino: “El sabio puede sentarse en un hormiguero, pero solo el necio se queda sentado en él”. Lo apunté, porque advertí las posibilidades que tenía de aprovecharlo para urdir algún día algo sobre él, aún no sabía qué.
Jugando con él (la literatura no carece de una faceta o vertiente lúdica), conseguí componer, a partir del citado proverbio, una redondilla, esta: “El sabio puede sentarse / encima de un hormiguero, / pero solo el tonto entero / sigue allí, sin alterarse”. A la redondilla le sumé, después del tercer verso, como cuarto, “después de ello percatarse”, y conseguí una quintilla, la primera de una espinela.
Retomé la idea y le busqué una quintilla dialogada que la completara. Pero me salió otra primera quintilla: “—Cada vez me cuesta más / distinguir a quien es culto / o erudito del estulto. // —Dios y ayuda y, además, / ingenio cuesta, Tomás”. Procedí a probar si podía convertir la primera quintilla en segunda y dio el resultado apetecido, quedando el poema, después de hacer unos retoques aquí y allí, de esta guisa:
—Cada vez me cuesta más
Distinguir a quien es culto
O erudito del estulto.
—Dios y ayuda y, además,
Ingenio cuesta, Tomás:
El sabio, tras percatarse
De que acaba de sentarse
Sobre un tronco con colmena,
Se ausenta; el sandio, qué pena,
Sigue allí, sin inmutarse.
Luego, le busqué un rótulo o título que encajara y lo encabezara: ¿Que por qué el culto se ausenta? Le coloqué la dedicatoria y, a renglón seguido, el mentado proverbio chino como cita, epígrafe o exergo, y la décima quedó como el desocupado lector (ella o él) podrá leer aquí mañana.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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