Delcy Rodríguez y su hermano, Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, coaccionaron a Edmundo González, el legítimo presidente electo de Venezuela, para firmar un documento reconociendo la victoria chavista en las elecciones pasadas.
El escenario no podría ser más simbólico: la residencia del embajador español, Ramón Santos, un espacio que, en teoría, debería representar la neutralidad y el respeto al derecho internacional. Sin embargo, se convirtió en el escenario de un atropello, con Delcy Rodríguez, una figura del régimen que tiene prohibido ingresar en suelo español, actuando impunemente.
La maniobra de Delcy y Jorge Rodríguez no solo fue ilegal, sino inmoral. Obligaron a González a firmar un documento en el que reconocía la supuesta victoria de Nicolás Maduro en las elecciones. Y como si eso no fuera suficiente, humillaron al presidente electo al difundir imágenes del acto a través de los medios oficiales del régimen, intentando desacreditar su liderazgo y su victoria.
El objetivo del chavismo no era solo despojar a González de su derecho legítimo a reclamar la presidencia, sino también destruir su imagen pública. La amenaza era clara: o firmaba, o enfrentaba consecuencias aún más graves. La presión fue tal que González no tuvo más opción que firmar, aunque dejó claro que lo hizo bajo coacción, una realidad que reveló en un valiente vídeo publicado en sus redes sociales.
Lo más escandaloso, sin embargo, es la reacción del propio Jorge Rodríguez, quien no solo niega las acusaciones, sino que amenaza con hacer públicas grabaciones privadas de sus conversaciones con González. Este tipo de tácticas propias de un régimen autoritario solo subrayan el clima de represión que sufren los venezolanos y aquellos que intentan desafiar al poder establecido.
Este episodio pone de manifiesto que el chavismo ha perfeccionado el arte de la coerción como método para mantenerse en el poder. No importa cuántas veces el pueblo venezolano exprese su deseo de cambio, siempre encuentran una forma de manipular, intimidar y controlar.
A pesar de la coacción y la humillación pública, González ha dejado claro que no renunciará a su mandato ni a la lucha por la democracia. En sus palabras, la decisión de firmar fue motivada por un propósito mayor: seguir siendo útil a los millones de venezolanos que lo eligieron. Su salida del país, aunque dolorosa, es una muestra de que la lucha por la libertad no ha terminado.
La resistencia al chavismo sigue viva, y este nuevo acto de represión no hará más que fortalecer la determinación de quienes, dentro y fuera de Venezuela, siguen luchando por un cambio real. Las palabras de González resuenan como un llamado a la acción: “No me van a callar, jamás los voy a traicionar”. Y esa es la verdadera esencia de la democracia que el régimen intenta apagar.
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