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En un giro digno de las mejores telenovelas políticas, el Tío Sam ha decidido cortar el cordón umbilical financiero que mantenía con vida a a opositores de los regímenes de Cuba, Nicaragua y Venezuela.
El Departamento de Estado, en un ataque de sensatez o de locura (dependiendo de a quién le preguntes), ha cancelado de un plumazo casi todos los programas de ayuda exterior que mantenían a flote a la oposición en estos países.
Esta decisión, que ha caído como un jarro de agua fría sobre la clase política que se había acostumbrado a vivir del maná estadounidense, y también en las que realmente lcuhan contra los mencionados regímenes, plantea una pregunta incómoda: ¿Qué harán ahora todos esos «luchadores por la democracia» cuando se les acabe el combustible del dólar?
El Instituto Republicano Internacional, ese organismo moderno que quitaba dinero a los contribuyentes estadounidenses para dar a los opositores latinoamericanos, ha tenido que admitir que 95 de sus 98 programas ya no son de «interés nacional». Parece que alguien en Washington finalmente se dio cuenta de que tirar dinero al otro lado del Estrecho de Florida no estaba dando los resultados esperados.
El senador Rick Scott, en un ataque de sinceridad poco común en un político, confesó que ya no puede defender «la cantidad de dinero que gastamos en ayuda exterior». Y es que, seamos honestos, después de décadas de financiamiento, los gobiernos que tanto detestan en Washington siguen tan campantes en sus puestos. Quizás sea hora de admitir que el cambio de régimen no se compra con dólares.
La derecha de Miami, por supuesto, está que trina. Para ellos, cada dólar gastado en desestabilizar gobiernos extranjeros es un dólar bien invertido en la seguridad nacional. Uno se pregunta si alguna vez han considerado que quizás, solo quizás, la mejor manera de hacer a América más segura no es financiando golpes de estado en el extranjero.
Mientras tanto, China se frota las manos. Mientras Estados Unidos ha estado ocupado jugando al ajedrez geopolítico con peones financiados por la CIA, el gigante asiático ha estado construyendo relaciones comerciales sólidas en toda América Latina. Parece que alguien olvidó mencionar a Trump que en el siglo XXI, el poder blando es más efectivo que los golpes de estado.
La fiesta ha terminado para los opositores latinoamericanos que vivían del cuento estadounidense ( y para los que no). Ahora tendrán que enfrentarse a la dura realidad de hacer política sin un padrino rico que les pague las facturas.
Quizás sea el momento de que aprendan a ganarse el apoyo de sus compatriotas en lugar de depender de la generosidad de Uncle Sam.
Y quién sabe, tal vez este sea el comienzo de una nueva era en las relaciones interamericanas. Una era en la que Estados Unidos finalmente aprenda que no puede comprar la democracia, y en la que los países latinoamericanos resuelvan sus problemas sin injerencias externas. Aunque, conociendo la historia, no contengas la respiración esperando que eso suceda.
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